Por: Norma Lezcano- Revistaeyn.com
Mientras las negociaciones entre Estados Unidos e Irán siguen sin avances concretos, los mercados globales sostienen una narrativa cada vez más frágil: la de una resolución posible —o al menos, de una escalada contenida. Sin embargo, los hechos cuentan otra historia.
El Estrecho de Ormuz vuelve a abrirse y cerrarse según la conveniencia táctica de Teherán. Washington mantiene su presión militar y el alto el fuego vigente tiene fecha de vencimiento. A eso se suma un ingrediente adicional: declaraciones disruptivas desde la Casa Blanca, que van desde amenazas explícitas hasta propuestas inéditas de gestión conjunta del uranio iraní.
En ese contexto, los mercados no están apostando a la paz, aunque así pareció lucir en el cierre del viernes último. Antes bien, están apostando a ganar tiempo.
Interpretan una suerte de "ficción necesaria", para evitar derrumbes mayores. De hecho, cada un par de días BlackRock asegura que vuelve a una "toma de riesgo moderado", que fundamenta en supuestas "desescaladas del conflicto en Medio Oriente", que se debilitan en apenas horas.
Este comportamiento es consistente con escenarios de alta incertidumbre geopolítica como la actual, que los lleva a operar sobre lo que podría definirse como una “ficción funcional”: construir un escenario base suficientemente estable como para sostener decisiones de inversión. Hoy, ese escenario es un equilibrio precario: ni acuerdo, ni ruptura.
Aunque es una estrategia de puro pragmatismo y autodefensa, a medida que corren los días y no aparece la "hoja de ruta que lleva a la paz", empieza a mostrar fisuras. Las señales son demasiado contradictorias y la dinámica del conflicto demasiado volátil como para sostener indefinidamente una expectativa positiva.
En muchos análisis del contexto que enfrentan los mercados por estas horas aparece una referencia que es muy relevante: "Ormuz comenzó a manipularse como arma, ya no como escenario de riesgo". Para Irán es el arma que gatilla "cierres" de tráfico. Para Estados Unidos es el arma que le permite responder con "bloqueos navales".
Durante años, el estrecho de Ormuz fue considerado un punto crítico susceptible de generar shocks puntuales en el precio del petróleo. Claramente, hoy, esa lógica cambió.
El control —o la amenaza de control— del paso marítimo se ha convertido en una herramienta táctica recurrente. Esto transforma el riesgo: ya no se trata de un evento excepcional, sino de una condición persistente.
Para la economía global, esa diferencia es determinante. Implica incorporar una prima de incertidumbre estructural en cadenas de suministro energéticas que alimentan a gran parte del sistema productivo mundial.
La consecuencia inmediata es un mercado energético errático.
Cada anuncio de apertura del estrecho dispara caídas en el precio del crudo. Cada amenaza de cierre genera rebotes. A esto se suma la reciente flexibilización, de parte de Estados Unidos, de las sanciones al petróleo ruso, lo cual agrega oferta en momentos de aparente distensión. El resultado de todo ello no es estabilidad, sino volatilidad.
Y para empresas y gobiernos, la volatilidad es más difícil de gestionar que un precio alto pero previsible. Complica coberturas, distorsiona costos y amplifica presiones inflacionarias.
Más allá de las alegrías puntuales que se puedan vivir en los parquet bursátiles cuando las promesas de la diplomacia global anticipan avances en las negociaciones, lo cierto es que las grandes casas de análisis globales ya trazan tres escenarios probables para los próximos diez días:
1. Optimismo táctico (el escenario actual). Extensión de la tregua, negociaciones abiertas y funcionamiento intermitente de Ormuz. Es el escenario que hoy sostienen los activos financieros, más por necesidad que por convicción.
2. Tensión administrada (el más probable). Sin acuerdo formal, pero sin ruptura total. Incidentes puntuales, presión militar contenida y disrupciones intermitentes en el flujo energético. Un escenario incómodo, pero manejable.
3. Ruptura (baja probabilidad, alto impacto). Fin del alto el fuego y escalada directa de Estados Unidos. Aquí el mercado enfrentaría un shock abrupto, con impacto inmediato en precios, inflación y actividad global.
Hoy, el tercer escenario no está plenamente incorporado en los precios.
Sin duda, a estas alturas, Trump es la variable impredecible que va digitando el juego, ante una Guardia Republicana replegada en el radicalismo como postura base de negociación.
Trump combinación presión militar, retórica confrontativa y propuestas no convencionales —como la posibilidad de gestionar conjuntamente el uranio iraní—, con lo cual rompe con los marcos tradicionales de negociación. Para los mercados, esto se traduce en riesgo de decisiones abruptas, difíciles de anticipar bajo modelos convencionales.
Del lado iraní, la señal dominante no es la ruptura del diálogo, sino su transformación. Con un mayor peso del componente militar en la toma de decisiones, la negociación aparece menos como un camino hacia la resolución y más como una herramienta dentro del conflicto. Esto reduce previsibilidad y aumenta el riesgo de errores de cálculo en un entorno ya de por sí inestable.
Con estos dos actores impactando con sus decisiones, hora tras hora, sobre el devenir de la economía global, el mayor riesgo que hoy visualizan los mercados ya no es una virtual escalada (que de uno u otro modo movería sustancialmente los ejes de poder), sino el riesgo de una normalización del conflicto.
Cuando la volatilidad energética, las disrupciones logísticas y la incertidumbre geopolítica dejan de ser excepciones y pasan a formar parte del escenario base, el impacto económico se amplifica y se dispersa. Afecta precios, inversión, comercio y expectativas.
Por ello, hoy el optimismo tiene un techo. Por ello, hoy el comportamiento del mercado es menos una apuesta por la paz y más un intento de evitar el peor escenario en el corto plazo. Es una estrategia defensiva.
La pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse. Porque en un entorno donde las señales contradictorias se acumulan y las decisiones clave se postergan, el margen para seguir “ganando tiempo” tiende, inevitablemente, a reducirse.