Por: Norma Lezcano - Revistaeyn.com
La guerra contra Irán ya tiene consecuencias sobre el poder de quienes la impulsaron. En Estados Unidos, la derrota republicana abrió una discusión dentro del Ejecutivo sobre el costo de la intervención. En Israel, las elecciones dejaron al bloque de Benjamín Netanyahu sin mayoría parlamentaria y al país ante una difícil negociación para formar gobierno. Ambos resultados modifican las condiciones políticas del conflicto, aunque ninguno establece, por sí mismo, cómo terminarlo.
La primera tentación es interpretar el castigo electoral como el comienzo inevitable de una retirada: dirigentes debilitados, sociedades fatigadas y una guerra económicamente costosa deberían favorecer una salida. Existe esa posibilidad. Sin embargo, entre la necesidad de cerrar un conflicto y la capacidad de acordar sus condiciones hay una distancia que las urnas no resuelven.
Un gobierno con menos respaldo puede tener mayores incentivos para negociar y, simultáneamente, menos margen para aceptar concesiones. Su adversario puede aprovechar esa presión para buscar un entendimiento o para exigir más. Y los aliados pueden descubrir que sus urgencias políticas ya no coinciden.
Ese es el escenario que empieza a dibujarse en Medio Oriente: una guerra cuyo costo doméstico aumenta, mientras sus protagonistas siguen sin compartir una definición de salida.
Trump admite el costo, pero mantiene la justificación de la guerra
La reacción de Donald Trump permite identificar la primera tensión. El presidente reconoció que la guerra contribuyó a la derrota republicana y aceptó parcialmente el diagnóstico de su vicepresidente, JD Vance, sobre sus consecuencias electorales. Al mismo tiempo, sostuvo que volvería a ordenar los ataques para impedir que Irán disponga de un arma nuclear.
En esa respuesta conviven dos planos: el conflicto perjudicó políticamente a su administración, pero el mandatario continúa defendiendo la decisión estratégica que lo originó. Reconocer el precio de una política no implica haber decidido abandonarla.
A partir de ahora Trump puede buscar reducir el costo económico de la guerra, acelerar las conversaciones o modificar su presentación pública sin renunciar a las exigencias que considera indispensables. Para que eso produzca un acuerdo, Teherán tendría que aceptar condiciones compatibles con las suyas.
El castigo electoral eleva la urgencia de mostrar resultados. Todavía queda por establecer qué resultado estaría dispuesto a aceptar el presidente y qué concesiones podría defender ante sus propios seguidores.
Vance convierte la derrota en una disputa por las prioridades republicanas
Vance atribuyó el revés a la guerra y vinculó el descontento con el costo de vida, las prioridades nacionales y la relación con Israel. Su intervención abre una discusión sobre qué compromisos debe sostener el republicanismo después de las elecciones.
El alcance de esa discusión excede la evaluación de una campaña. Si una intervención exterior termina perjudicando el bienestar económico que el gobierno prometió proteger, surge una pregunta incómoda para el partido: cuánto puede prolongarse ese esfuerzo y cómo justificarlo ante el electorado.
Sin embargo, tampoco conviene reemplazar una explicación lineal por otra. La guerra no basta para explicar toda la derrota. La encuesta electoral de Associated Press situó el costo de vida y la corrupción gubernamental entre las principales motivaciones del voto, por encima del conflicto para muchos electores.
La fractura que aparece es, por ahora, una disputa sobre el balance de la intervención y las prioridades futuras.
Israel y Estados Unidos pueden necesitar salidas diferentes
En Israel, el resultado electoral agrega otra fuente de incertidumbre. El bloque de Netanyahu obtuvo 53 escaños de los 120 del Parlamento, frente a 48 del bloque opositor y 19 de los partidos árabes. Ninguno de los dos grandes bloques dispone por sí solo de una mayoría. La formación del gobierno sigue abierta.
El debilitamiento de Netanyahu, por lo tanto, no garantiza su reemplazo ni permite anticipar automáticamente la política de seguridad de una eventual nueva coalición. Primero debe resolverse quién puede gobernar y con qué apoyos.
Mientras tanto, Trump anunció que pretende interrumpir a finales de año unos US$4.000 millones anuales de asistencia a Israel. Presentó la decisión como conversada con Netanyahu y mantuvo su respaldo al aliado.
La cuestión decisiva será si Washington e Israel coinciden en los términos y los tiempos para cerrar el conflicto. Una mayor urgencia estadounidense por reducir sus costos puede chocar con exigencias israelíes sobre seguridad. A su vez, un gobierno israelí en negociación puede enfrentar dificultades para comprometerse con decisiones que condicionen a su sucesor.
Dos dirigentes debilitados no necesariamente avanzan en la misma dirección.
Irán también decide cuánto vale esperar
La respuesta iraní introduce un límite adicional a las expectativas de una rápida distensión. El líder supremo, Mojtaba Jameneí, rechazó que los cambios partidarios en Estados Unidos permitan confiar en una modificación de su política hacia Teherán y advirtió contra las concesiones a Washington.
Ese discurso fija una posición pública exigente. No demuestra que Irán descarte cualquier negociación, pero sí dificulta presentar el resultado electoral estadounidense como una oportunidad suficiente para pasar de página.
Desde la perspectiva iraní, el desgaste político de sus adversarios podría ofrecer incentivos contrapuestos. Podría facilitar un acuerdo que antes parecía inalcanzable. También podría alimentar el cálculo de que prolongar la presión permitirá obtener mejores condiciones.
Este último escenario es una posibilidad analítica, no una intención comprobada. Su relevancia reside en que la urgencia por terminar una guerra rara vez se distribuye de manera uniforme. Si una parte cree que el tiempo juega a su favor, la necesidad de acuerdo de la otra puede convertirse en motivo para esperar.
El nuevo riesgo está en la coordinación y los errores de cálculo
El debilitamiento político puede favorecer la moderación, pero. también puede volver más difíciles de interpretar las señales que intercambian los gobiernos.
Ahora que Trump necesita agudizar sus señales hacia el electorado doméstico y ampliar sus habilidades de negociación con la oposición de su país, no siempre podrá articular acciones contundentes con Israel. Mientras que el propio esquema de poder interno de Israel está lo suficientemente tensionado como para hacer predecible sus movimientos.
¿Cómo van a leer y aprovechar geopolíticamente este nuevo escenario los diferentes actores de un mundo, cada día, más convulso y fragmentado?
Por eso, el resultado de las elecciones en EE.UU. no garantizan ningún cambio de rumbo certero en el conflicto de Medio Oriente.
Un indicador de distensión real sólo podría llegar de la convergencia entre decisiones concretas: condiciones negociadoras compatibles, compromisos verificables, coordinación entre Washington e Israel y una reducción sostenida de los ataques y de las interrupciones al comercio. Por otro lado, ¿estará listo el régimen iraní para avanzar hacia esa convergencia?
Para las empresas y las economías importadoras de energía de Centroamérica y el Caribe, es esencial comprender esta complejidades.
El resultado electoral, sí modifica las expectativas; pero, la normalización del abastecimiento y del transporte requiere cambios efectivos sobre el terreno. La continuidad del conflicto y sus efectos sobre el estrecho de Ormuz siguen siendo parte del problema. Y eso se traduce en un precio del combustible inestable, para no decir insostenible.
Las urnas elevaron el costo político de la guerra. Ahora falta comprobar si quienes necesitan terminarla pueden acordar cómo hacerlo y sostener lo acordado. Hasta entonces, un poder doméstico menguado puede abrir una oportunidad diplomática y, al mismo tiempo, volver más incierto el camino para aprovecharla.
Lleno de paradojas, es el clima de época que nos toca atravesar.