Por: Revistaeyn.com
Los mercados comenzaron la semana obligados a revisar una de las convicciones que más dinero movilizó durante los últimos años: que el avance acelerado de la inteligencia artificial era una apuesta prácticamente irreversible.
Las advertencias formuladas durante el fin de semana por algunos de los principales protagonistas de la industria introdujeron una duda inesperada. Si la tecnología necesita avanzar más despacio para que los mecanismos de seguridad puedan alcanzarla, ¿qué ocurrirá con las inversiones extraordinarias, las valoraciones empresariales y las expectativas de rentabilidad construidas alrededor de la IA?
El interrogante se trasladó este lunes a las bolsas. Los futuros del Nasdaq, el índice estadounidense con mayor exposición tecnológica, llegaron a retroceder 1,6%, mientras los del S&P 500 perdían 0,7%. Las acciones de Nvidia caían 2,7% en las operaciones previas a la apertura y las de Intel, cerca de 6%.
El impacto comenzó antes en Asia. SoftBank, uno de los principales inversionistas de OpenAI, sufrió una caída superior al 10% en Tokio, mientras el Kospi surcoreano —con una fuerte presencia de fabricantes de semiconductores— perdió más de 3%. En Europa, ASML, proveedor fundamental de maquinaria para fabricar chips avanzados, llegó a retroceder 5,4%.
No se trata todavía del abandono de la tesis de inversión en inteligencia artificial, pero sí de un cambio importante. El mercado empezó a incorporar el riesgo de que el desarrollo de los modelos más avanzados enfrente mayores controles, auditorías externas y plazos más largos.
La industria que aceleró, ahora pide tiempo
El detonante fue un ensayo de Dario Amodei, fundador y CEO de Anthropic, quien sostuvo que desarrollar modelos demasiado rápido se ha vuelto imprudente y pidió espaciar los grandes saltos de capacidad para permitir evaluaciones independientes y medidas de mitigación.
La posición recibió el respaldo de Sam Altman, CEO de OpenAI; Elon Musk, fundador de xAI, y Demis Hassabis, responsable científico de Alphabet y figura central de Google DeepMind.
Altman confirmó, además, que OpenAI no realizará este año la salida a bolsa que Wall Street esperaba. Según explicó, el actual escenario de seguridad no ofrece las condiciones apropiadas para colocar en el mercado una empresa a la que se atribuían valoraciones superiores al billón de dólares.
La decisión tiene una lectura que trasciende a OpenAI. Las empresas tecnológicas han comprometido cientos de miles de millones de dólares en centros de datos, chips, energía e infraestructura. Esas inversiones se justifican por una expectativa de crecimiento veloz y continuo. Cualquier ralentización, aunque sea temporal, obliga a recalcular cuándo comenzarán a producir retornos suficientes.
Sin embargo, el dilema es más complejo. Las grandes compañías pueden pedir prudencia, pero ninguna quiere frenar unilateralmente mientras sus competidores continúan avanzando. Por eso, más que una interrupción de las inversiones, el resultado podría ser una redistribución del gasto hacia seguridad, supervisión y gobernanza, sin desmontar la infraestructura tecnológica ya proyectada.
China interpreta la cautela como contención
La posibilidad de una desaceleración coordinada tropezó inmediatamente con la rivalidad entre Estados Unidos y China.
El diario oficialista chino Global Times acusó a una parte de la comunidad tecnológica estadounidense de desplegar un “manual de Guerra Fría” contra la IA china. Según el periódico, las preocupaciones sobre seguridad encubren una estrategia para ampliar primero la ventaja estadounidense y negociar después con Pekín desde una posición dominante.
La crítica se dirige especialmente a la propuesta de mantener las restricciones a la venta de chips avanzados y maquinaria para fabricar semiconductores, combatir la denominada “destilación” de modelos y reforzar la protección de los parámetros internos de los sistemas estadounidenses.
China sostiene que esas medidas no buscan proteger al mundo de los riesgos de la IA, sino preservar un monopolio tecnológico.
El Ministerio de Relaciones Exteriores chino elevó este lunes la respuesta al terreno diplomático. Su portavoz, Guo Jiakun, afirmó que el alarmismo, la confrontación y la competencia perjudicial pueden entorpecer la gobernanza global de la tecnología. Pekín insiste en que la seguridad requiere cooperación internacional y no la exclusión de sus empresas.
La reacción prolonga la estrategia presentada por Xi Jinping ante los BRICS: promover una arquitectura de inteligencia artificial apoyada en modelos abiertos, cooperación tecnológica y mayor acceso para los países del Sur Global.
La propuesta no es únicamente colaborativa. También ofrece a China una vía para ampliar su influencia en mercados emergentes, especialmente entre países que no pueden afrontar los costos de los sistemas estadounidenses o que buscan reducir su dependencia de Washington.
Washington tampoco quiere levantar el pie
El presidente Donald Trump rechazó los llamados a ralentizar la industria. Su razonamiento es estratégico: Estados Unidos no puede introducir limitaciones que entreguen a China la oportunidad de tomar la delantera.
“Quien gane la carrera de la IA, gana”, afirmó Trump durante el fin de semana.
La declaración revela la contradicción central del debate. Los ejecutivos que construyen los modelos más potentes advierten que su velocidad entraña riesgos difíciles de controlar; pero los gobiernos consideran que desacelerar puede equivaler a perder una competencia decisiva para la seguridad nacional, la productividad y el poder económico.
El conflicto se vuelve todavía más difícil de resolver porque las empresas chinas han comenzado a ganar espacio con modelos menos costosos. Pekín ya no aparece solamente como un competidor futuro, sino como una alternativa concreta en precio, código abierto y adopción para economías emergentes.
Las tasas completan el cuadro de tensión
La inquietud tecnológica encuentra a los mercados ante otra semana determinante para el costo del dinero. La Reserva Federal estadounidense deberá decidir si eleva nuevamente su tasa ante una inflación que continúa por encima de su objetivo y un mercado laboral más resistente de lo previsto.
Las decisiones del Banco de Inglaterra y del Banco de Japón también estarán bajo observación. Los inversionistas intentarán determinar si el encarecimiento de la energía obliga a prolongar —o incluso reforzar— las políticas monetarias restrictivas.
El rendimiento de los bonos del Tesoro estadounidense a diez años se situaba alrededor de 4,97%, reflejo de la persistencia inflacionaria, las necesidades de financiamiento del Gobierno y el enorme volumen de capital requerido para construir la infraestructura de IA.
Este último elemento conecta los dos grandes asuntos de la semana. La carrera tecnológica exige centros de datos, generación eléctrica, redes y semiconductores financiados con capital cada vez más caro. Tasas elevadas reducen el valor presente de las ganancias futuras y vuelven más exigente la evaluación de proyectos que todavía no demuestran retornos proporcionales a su costo.
A la ecuación se suma el petróleo. El Brent superó este lunes los US$107 por barril, afectado por nuevos riesgos para el suministro en Medio Oriente. Un crudo persistentemente caro presiona la inflación, limita el margen de los bancos centrales y eleva los costos energéticos de los propios centros de datos.
Una semana para poner precio a la incertidumbre
La corrección inicial no significa que los mercados hayan dejado de creer en la inteligencia artificial. Significa que empiezan a distinguir entre su potencial tecnológico y las valoraciones financieras construidas alrededor de ese potencial.
Ahora, los inversionistas deberán calcular qué compañías pueden sostener sus inversiones con tasas altas, absorber costos energéticos crecientes y responder a normas de seguridad más estrictas.
La IA seguirá siendo una de las grandes fuerzas económicas de la década. Pero esta semana comenzó con una señal nueva: su avance ya no puede separarse del costo del capital, la geopolítica de los semiconductores ni la rivalidad entre Estados Unidos y China.
Lo que nació como una carrera empresarial se ha convertido en una disputa por poder tecnológico. Y los mercados comienzan a ponerle precio.
Con información de Reuters, EFE, FT , DW y The Guardian.