Por: Revistaeyn.com
Estados Unidos llega este 30 de septiembre al final de uno de los capítulos militares más largos de su historia reciente y, casi simultáneamente, vuelve a cerrar espacios económicos y financieros alrededor de Cuba.
Las últimas fuerzas estadounidenses abandonan Irak después de una presencia iniciada con la invasión de 2003 y reconfigurada desde 2014 alrededor de la lucha contra el Estado Islámico.
El repliegue había sido acordado entre Washington y Bagdad en 2024 y pone fin a una misión que en sus últimos años mantenía unos 2.500 efectivos, principalmente en funciones de asesoramiento y entrenamiento.
A miles de kilómetros, en el Caribe, la señal estadounidense va en sentido inverso.
El Departamento del Tesoro acaba de ampliar nuevamente las restricciones contra Cuba. Desde este 30 de septiembre quedan eliminadas determinadas operaciones financieras en dólares conocidas como “U-Turn”, se reducen posibilidades bancarias para empresarios privados cubanos y se restringen categorías de viajes educativos y profesionales hacia la isla.
Vistas aisladamente, son dos noticias diferentes. Observadas dentro de la política exterior que Washington viene definiendo, muestran una modificación más profunda de prioridades: menos exposición militar permanente en algunos escenarios de Medio Oriente y una atención creciente sobre el hemisferio occidental.
Irak: una retirada que estaba prevista
El repliegue de Irak no comenzó esta semana ni puede interpretarse como consecuencia de los acontecimientos en América Latina. Washington y Bagdad habían acordado en 2024 el calendario para finalizar la misión de la coalición encabezada por Estados Unidos.
Además, la misión de combate estadounidense contra el Estado Islámico había terminado formalmente en 2021 y las tropas restantes cumplían fundamentalmente tareas de apoyo, capacitación y asesoramiento.
La salida, sin embargo, posee un enorme valor simbólico. Estados Unidos invadió Irak en 2003, derrocó a Saddam Hussein y mantuvo durante años una extensa presencia militar.
Después de retirar sus fuerzas en 2011, regresó en 2014 ante la expansión del Estado Islámico. Su nueva partida deja interrogantes sobre la capacidad iraquí para controlar las milicias armadas, el riesgo de una eventual reactivación yihadista y el peso que conservará Irán en la política y la seguridad del país.
Por eso, hablar de una retirada estadounidense de Medio Oriente en términos absolutos sería excesivo: Estados Unidos mantiene intereses, alianzas, instalaciones y capacidad militar en la región.
Lo que sí puede observarse es una reducción de determinados compromisos permanentes y una reconsideración sobre dónde Washington considera necesario desplegar directamente sus recursos militares.
América vuelve al centro de la doctrina estadounidense
Aquí aparece la conexión más relevante con lo que está ocurriendo mucho más cerca de las fronteras estadounidenses.
La propia estrategia de seguridad nacional de Washington establece que Estados Unidos debe reconsiderar su presencia militar mundial y realizar un reajuste hacia las amenazas que considera prioritarias en el hemisferio occidental.
El documento habla de reforzar socios regionales, controlar rutas marítimas, combatir organizaciones criminales, contener los flujos de drogas y migración irregular y ampliar la presencia estadounidense en puntos considerados estratégicos.
También plantea desplazar recursos desde escenarios cuya relevancia relativa para la seguridad nacional de Estados Unidos haya disminuido.
La Administración Trump ha llevado esa definición también al discurso público. La Casa Blanca destaca entre sus prioridades el incremento de fuerzas estadounidenses en el Caribe y las operaciones de seguridad desarrolladas en el hemisferio.
Dentro de esa mirada, Cuba ocupa nuevamente un lugar central. Cuba ofrece diálogo; Washington responde con más presión Lo ocurrido durante los últimos días resulta especialmente significativo porque parecía haberse abierto una pequeña ventana diplomática.
El 26 de septiembre, el presidente Donald Trump afirmó que creía posible alcanzar un acuerdo con Cuba y dijo que, a su juicio, no sería necesaria una intervención militar. Ese mismo día, ante la Asamblea General de Naciones Unidas, el canciller cubano Bruno Rodríguez declaró que La Habana estaba dispuesta al diálogo con Washington y abierta a mantener relaciones comerciales y de negocios con compañías estadounidenses.
La respuesta estadounidense de esta semana indica, sin embargo, que una eventual negociación no implica una disminución previa de la presión. Por el contrario, Washington está endureciendo precisamente algunas de las vías que podían favorecer una mayor integración económica.
Entre los cambios figura la eliminación de la autorización que permitía a bancos sujetos a jurisdicción estadounidense procesar determinadas operaciones en dólares cuyo origen y destino estaban fuera de Estados Unidos.
También desaparecen facilidades que habían sido concedidas durante la Administración de Joe Biden para que emprendedores privados cubanos accedieran a determinados servicios bancarios estadounidenses.
El mensaje es relevante: Washington no parece estar preparando una distensión como condición previa para negociar con La Habana. Si existe una negociación, la actual estrategia apunta a llegar a ella conservando —e incluso aumentando— la capacidad de presión.
El Gobierno cubano interpreta las nuevas disposiciones como parte de una política destinada a asfixiar económicamente a la isla. Washington, en cambio, sostiene que sus sanciones responden a cuestiones de seguridad nacional, política exterior y actuación del Gobierno cubano.
De las “guerras eternas” al vecindario estratégico
La coincidencia entre Irak y Cuba, por tanto, no significa que Estados Unidos esté intercambiando un frente por otro. Sí ofrece una fotografía bastante precisa del momento de su política exterior.
Washington busca clausurar algunos compromisos militares heredados de las últimas dos décadas mientras refuerza la importancia estratégica de su espacio geográfico inmediato.
Medio Oriente seguirá siendo una región crítica para Estados Unidos por su seguridad, sus alianzas, el petróleo, Israel, Irán y las rutas comerciales. Pero el hemisferio occidental ha ganado una dimensión que excede ampliamente la tradicional agenda latinoamericana.
Migración, narcotráfico, minerales críticos, energía, infraestructura, presencia china y rusa, rutas marítimas, cadenas de suministro y control de activos estratégicos forman ahora parte de una misma discusión de seguridad.
Cuba se inserta en ese tablero. Y quizá allí esté la señal más importante de esta semana: mientras Estados Unidos cierra en Irak una presencia militar que comenzó hace más de veinte años, en América parece menos dispuesto que antes a convivir con espacios que considera contrarios a sus intereses estratégicos.
La salida de Irak y la presión sobre Cuba no son causa y efecto. Pero juntas permiten observar hacia dónde está desplazándose una parte del centro de gravedad de la política exterior estadounidense.