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Filantropía estratégica: por qué el impacto real exige rigor gerencial

La filantropía enfrenta un nuevo desafío: pasar de la buena intención a la construcción de impacto sostenible. El caso de la Fundación Gloria Kriete muestra cómo la gestión, la medición y el acompañamiento pueden convertir recursos en capacidades y resultados verificables. Una mirada a las claves que Centroamérica necesita para avanzar hacia una filantropía más estratégica y efectiva.

2026-09-07

Por: Francisco Pérez (Director del Centro de Emprendimiento de INCAE)

La reciente Copa Mundial de Fútbol 2026 concentró la atención pública en los resultados alcanzados en escenarios de máxima exigencia, especialmente en las victorias.

Sin embargo, detrás de cualquier desempeño sobresaliente rara vez hay improvisación. Lo que normalmente existe es un proceso a largo plazo, disciplina, revisión constante y capacidad de adaptación.

Esa misma lógica, aunque a veces se discute menos, también se aplica a la gestión del desarrollo social.

Recientemente, la Fundación Gloria Kriete (FGK), de El Salvador, fue galardonada en los premios internacionales The Money Awareness and Inclusion Awards 2026 (MAIA).

Obtuvo el primer lugar mundial en la categoría Best Entrepreneurship Education por su programa de incubación de emprendimiento social, superando en la terna final a la Universidad Tecnológica de Dublín y a la corporación financiera global Fidelity International.

Más allá del reconocimiento en sí mismo, el caso permite discutir un tema importante para Centroamérica: la necesidad de avanzar hacia una filantropía más estratégica, más rigurosa y más orientada a resultados.

Durante muchos años, una parte importante de la inversión social en la región ha sido evaluada principalmente por la intención de ayudar, la magnitud de los recursos entregados o la visibilidad de las iniciativas apoyadas.

Todo eso sigue siendo relevante, pero insuficiente.

El programa reconocido por MAIA nació en 2018, pero su evaluación reciente se centró en los resultados obtenidos desde 2023. En esta etapa, la iniciativa apoyó a más de 120 emprendedores sociales en El Salvador, con un 47% de participación femenina.

Estos emprendedores trabajan en la solución de desafíos críticos en salud, educación, seguridad alimentaria y energía limpia. En la mayoría de los casos, tenían una comprensión profunda de la necesidad social que buscaban atender.

Sin embargo, como suele ocurrir entre los emprendedores, también enfrentaban brechas importantes en gestión, validación comercial, sostenibilidad financiera y capacidad de ejecución. Aquí es donde el diseño del acompañamiento marca la diferencia.

Además de un componente de capital no reembolsable, se creó un programa de formación, seguimiento, evaluación y apoyo técnico. En esta fase, el programa asignó US$230.000 a 18 empresas sociales, tras evaluar la viabilidad de sus modelos de negocio y su capacidad de implementación.

Ese proceso ha generado un efecto multiplicador con un impacto indirecto en más de 5.000 salvadoreños.

Estos resultados muestran que la filantropía puede alcanzar una mayor efectividad cuando se gestiona con una lógica gerencial. Es decir, cuando se reconoce que la buena voluntad requiere estructuras adecuadas para convertirse en resultados sostenibles.

La medición, la gobernanza, el aprendizaje continuo y la capacidad de ajustar la metodología son elementos centrales de cualquier intervención que aspire a perdurar.

En este sentido, el caso de la Fundación Gloria Kriete también refleja una conversación más amplia sobre el papel de las fundaciones, los donantes y los inversionistas sociales en Centroamérica.

La pregunta va más allá de qué proyectos financiar: hay que cuestionar cuáles organizaciones tienen la capacidad de convertir esos recursos en aprendizajes, capacidades e impacto verificable. Dicho en otras palabras, ya no basta apoyar actividades; la apuesta consiste en construir sistemas que funcionen mejor con el tiempo.

El reconocimiento internacional obtenido por FGK demuestra que desde Centroamérica es posible estructurar programas sociales con estándares globales de calidad. Pero su importancia va más allá del premio.

Lo verdaderamente relevante es la señal que envía sobre el tipo de capacidades que la región necesita fortalecer: instituciones con visión de largo plazo, juntas directivas comprometidas, metodologías adaptables, equipos capaces de medir resultados y una cultura que valore el aprendizaje constante.

La filantropía tradicional seguirá desempeñando un papel importante, especialmente en la atención de necesidades urgentes. Pero si la región aspira a resolver problemas estructurales, necesita avanzar con mayor decisión hacia modelos de filantropía estratégica.

Modelos que no se conformen con financiar proyectos, sino que busquen construir capacidades, validar soluciones y escalar lo que realmente funciona.

Es claro que el impacto social no depende únicamente de la nobleza de una causa. También depende de la calidad con la que se diseña, se administra y se mejora.

La buena voluntad sigue siendo indispensable. Pero para transformar realidades de manera sostenible, debe ir acompañada de rigor gerencial, disciplina en la ejecución y una convicción profunda de que el impacto también se construye aprendiendo.

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