Por: Hugo Díaz (Director de UFM Acton MBA)
Una de las partes que más disfruto de mi trabajo en el mundo académico es el diseño de currículum. Me gusta observar cosas que no han cambiado en décadas pero que necesitan cambiar urgentemente, como es el caso de las tareas.
Es muy fácil asignar a los estudiantes una tarea, un ensayo o un problema para resolver en casa, asumiendo que aprenderán mientras lo hacen. Sin embargo, hacer eso hoy es estar ciego a un cambio que ya es realidad.
Cualquier estudiante puede pedirle a una inteligencia artificial que le escriba el ensayo, le resuelva el problema o le resuma la lectura, y lo hará excepcionalmente bien. Y ya lo están haciendo.
Ethan Mollick, profesor de Wharton, llama a esto el “apocalipsis de la tarea”. Mollick resalta que copiar ya era común mucho antes de la IA. Un estudio de once años en cursos universitarios encontró que en 2008 hacer la tarea mejoraba las notas del 86% de los estudiantes, y para 2017 solo del 45%, porque la mayoría buscaba las respuestas en Internet.
La IA no inventó este problema; solo lo volvió imposible de seguir ignorando. Hace poco tomé un curso sobre enseñanza con IA en el que el profesor nos puso un ejercicio basado en una investigación de Harvard sobre lo que llaman la “frontera irregular” de la inteligencia artificial.
La idea es sencilla y poderosa: hay tareas que la IA hace mejor que nosotros y otras, de apariencia igual de difícil, en las que falla de forma sorprendente.
En el estudio original, quienes la usaron en tareas creativas produjeron resultados con más del 40% de calidad adicional; pero en una tarea analítica mal delimitada resultaron 19 puntos porcentuales menos certeros que quienes trabajaron sin ella.
El problema es que esa frontera es invisible y se mueve: lo que ayer quedaba fuera de su alcance, hoy lo resuelve sin esfuerzo. La lección que me llevé fue que mapear dónde está esa frontera no se hace una sola vez. Hay que repetirlo constantemente, porque no deja de avanzar.
Si la frontera se mueve tan rápido, ningún educador puede mapearla solo. Esa es, para mí, la mejor manera de enfrentar el reto: mantener la conversación abierta entre quienes enseñamos, tanto en el aula universitaria como en la capacitación empresarial.
La docencia ante el cambio tecnológico
Hace unas semanas, un conversatorio facilitado por TeamLogiQ reunió a líderes de universidades de Guatemala, México, Bolivia, Honduras y El Salvador para hablar con franqueza de lo que están viviendo con la IA. Por transparencia, quiero agregar que TeamLogiQ es una empresa dedicada a acelerar la innovación en el aprendizaje, de la que soy socio fundador.
El hallazgo que más me llamó la atención tiene poco de tecnológico: el freno más grande suele ser el aislamiento. Cada institución experimenta por su cuenta, sin enterarse de que la de al lado ya recorrió el mismo camino.
En una de ellas, fue un rector con décadas de trayectoria quien se atrevió primero, y con su ejemplo desarmó la resistencia de profesores que temían quedar expuestos frente a sus alumnos. Entre las cosas que he estado explorando personalmente está cómo convertir los estudios de caso en experiencias interactivas.
En lugar de leer un caso y discutirlo, el estudiante conversa con los personajes: les hace preguntas y, según lo que pregunte, obtiene la información que necesita.
Resolver el caso depende entonces de saber qué preguntar, y la calidad de esas preguntas se convierte en la habilidad que de verdad estamos evaluando.
En esa misma línea, estoy profundizando en el uso de simulaciones y dinámicas de juego, recursos que ya se utilizan en el Acton MBA y han demostrado su efectividad cuando son aplicadas en el momento adecuado y en la dosis correcta.
La oportunidad para innovar en educación en esta era de la IA es enorme. Por primera vez, cada estudiante puede contar con un tutor personalizado que entienda en qué punto de su aprendizaje se encuentra y cuál es su siguiente paso lógico, eso que los pedagogos llaman la zona de desarrollo próximo.
Redefiniendo el valor del tiempo en el aula
Si una explicación se puede aprender viendo un video o conversando con una IA, hagámoslo así, y reservemos el tiempo de clase para lo más valioso: el análisis, la discusión y el desafío entre personas.
En ese esquema, el profesor deja de ser quien tiene todas las respuestas y pasa a ser un guía de la discusión, alguien que pone a los estudiantes a cuestionar lo que investigaron o lo que generaron con la IA.
El momento de la clase se vuelve profundamente humano, una oportunidad de pensar juntos que ninguna pantalla reemplaza.
Bien hecho, esto acelera el aprendizaje y compromete más al estudiante, en vez de empujarlo a cumplir requisitos para conseguir un diploma. Y conviene decirlo con énfasis y claridad: los diplomas pesan cada vez menos. Lo que contará es poder demostrar el dominio de habilidades cada vez más humanas, como el pensamiento crítico.
Una cultura de libertad y responsabilidad
Sobre todo, quiero subrayar que cualquier innovación educativa que hagamos tiene que respetar una filosofía de libertad y responsabilidad.
La tentación fácil es asumir que el estudiante va a hacer trampa y montar sistemas de control y detección cada vez más burocráticos. Mollick es claro en un punto: hoy no existe una forma confiable de detectar un texto escrito con IA, y los detectores terminan acusando a inocentes, sobre todo a quienes no escriben en su idioma materno.
Es una carrera difícil de ganar y, peor todavía, que envenena la confianza. Algunos controles sanos siguen valiendo la pena.
Pero, lo esencial es construir una cultura donde el estudiante entienda que, si no desarrolla pensamiento crítico y capacidad de adaptarse, no está engañando a su profesor: está firmando su propia condena, porque esas serán las habilidades que decidan quién prospera y quién se queda atrás.
La información ya es gratis y abundante. Saber qué hacer con ella es la llave del éxito futuro.