Por: Jaime García (Director de Impacto & Sostenibilidada-INCAE)
Cuando pensamos en los retos nutricionales de América Latina, solemos imaginar hambre o desnutrición infantil. Son problemas reales, pero hay otro riesgo más silencioso y presente en cada supermercado y mesa familiar: comemos, en promedio, muy pocas frutas y verduras.
El Índice de Progreso Social captura este riesgo con un indicador del Institute for Health Metrics and Evaluation, que mide qué tan expuesta está una población a dietas bajas en frutas y verduras.
No es un juicio sobre fuerza de voluntad: la OMS recomienda un mínimo de 400 gramos (cinco porciones) diarias, y el consumo insuficiente se asocia a 2,6 millones de muertes globales en 2021, principalmente por enfermedad cardiovascular.
Entre 194 países, Albania lidera, seguida de Turquía y Uzbekistán, gracias a dietas tradicionales ricas en vegetales; Chad ocupa el último lugar, reflejo de las limitaciones agrícolas del África subsahariana. El patrón confirma algo que se repite en el IPS: el ingreso importa, pero no lo explica todo.
América Latina se ubica, en promedio, mejor que el resto del mundo, aunque el promedio mundial ha mejorado desde 2011 mientras el regional retrocede.
Ese promedio esconde brechas enormes: República Dominicana (puesto 13) rivaliza con economías europeas, mientras Nicaragua (166) es el peor posicionado de la región.
Centroamérica se mueve, en general, en un rango intermedio-bajo: El Salvador (107) roza el promedio mundial; Costa Rica (116) queda apenas por debajo —un dato que sorprende, pues es el país con mejor desempeño regional en Nutrición y Cuidados Médicos gracias a su cobertura de salud casi universal, prueba de que un buen sistema sanitario no garantiza una buena dieta—; Guatemala (131), Panamá (133) y Honduras (146) cierran el grupo, cada uno arrastrando su propio nudo estructural, desde la desnutrición infantil hasta las brechas urbano-rurales y la pobreza rural.
El costo no es abstracto. Según la Organización Panamericana de la Salud, las enfermedades no transmisibles causaron 6 millones de muertes en las Américas en 2021, equivalentes al 65% del total, y representaron 254 millones de años de vida ajustados por discapacidad, una medida que combina muerte prematura y años vividos con enfermedad.
Casi 40% de esas muertes ocurre antes de los 70 años: las enfermedades cardiovasculares causaron 2,16 millones de muertes en la región, el cáncer 1,37 millones, la diabetes más de 420.000 y las enfermedades respiratorias crónicas más de 416.000.
Una mala dieta no solo llena hospitales, reduce años de vida productiva, genera ausentismo, incapacidad prolongada, gasto de bolsillo para los hogares y presión fiscal sobre los sistemas de salud.
El Banco Mundial advierte que estas enfermedades generan costos por necesidades prolongadas de atención médica, pérdidas de productividad por ausentismo y discapacidad, y gasto de bolsillo en servicios y medicamentos, y estima que podrían costarle a la economía mundial unos US$30.000 millones en las próximas dos décadas.
Hay una ironía que vale la pena señalar: Costa Rica es uno de los mayores exportadores de piña del mundo; México, Honduras y Guatemala son referentes en frutas y hortalizas. Y aun así, buena parte de sus propias poblaciones no come lo suficiente de lo que la región produce.
El bajo consumo de frutas y verduras es una señal temprana de presión futura sobre la salud, la productividad y las finanzas públicas: golpea sobre todo a la población en edad productiva, reduce la fuerza laboral disponible y compromete la competitividad de países que ya enfrentan brechas frente al resto del mundo.