Por Norma Lezcano. revistaeyn.com
Por primera vez en la historia moderna del Reino Unido, un miembro de la familia real fue fichado como cualquier sospechoso común. Huellas dactilares. Muestras de ADN. Fotografía policial. Once horas de interrogatorio. Comida recalentada en microondas. Ningún protocolo aristocrático. Ninguna deferencia simbólica.
Andrew Mountbatten-Windsor, hermano del rey Carlos III, exduque de York, fue detenido el día de su cumpleaños número 66.
La imagen que recorrió el mundo no fue la de una ceremonia real ni la de una gala diplomática, sino la de un hombre reclinado, exhausto, en el asiento trasero de un vehículo policial a la salida de una comisaría rural en Norfolk. Para una parte de la sociedad británica fue un shock institucional. Para los centros de poder global, un mensaje inequívoco: el blindaje no es eterno.
El nuevo paradigma: todos iguales ante la ley
La investigación, derivada de documentación divulgada por el Departamento de Justicia de Estados Unidos dentro del expediente Epstein, apunta a presunta mala conducta en cargo público cuando Andrés ejercía como representante especial de Comercio en los años 2000. Correos electrónicos indicarían que habría compartido informes sensibles de visitas oficiales a Asia con el financiero estadounidense, hoy símbolo mundial de una red de abuso y tráfico sexual con ramificaciones transnacionales.
Andrés niega cualquier irregularidad. Pero el hecho político ya está consumado.
El rey Carlos III lo despojó de títulos y honores. La Policía del Valle del Támesis lo arrestó. Varias fuerzas británicas investigan vuelos, aterrizajes y posibles traslados de menores en territorio del Reino Unido vinculados a la red Epstein.
El mensaje institucional es contundente: ni la sangre azul ni la cercanía al trono garantizan inmunidad. “Todos iguales ante la ley” dejó de ser una consigna abstracta para convertirse en una escena concreta.
Más allá de Andrés: la red que conecta a la élite global
Pero el temblor no se limita a Buckingham ni a Sandringham.
El caso Epstein nunca fue únicamente un expediente judicial sobre abuso sexual. Es, cada vez más, una radiografía del funcionamiento de una élite global que durante décadas operó en un ecosistema de privilegio, influencia y opacidad.
En los archivos judiciales han aparecido nombres que atraviesan política, finanzas y corporaciones multinacionales. Bill Gates reconoció que fue “un insensato” al mantener contacto con Epstein. Bill Clinton y Hillary Clinton han sido llamados a testificar. Ejecutivos de grandes firmas —desde banca de inversión hasta cadenas hoteleras— han enfrentado renuncias y procesos internos tras revelaciones vinculadas al caso.
No todos están acusados de delitos. Pero todos orbitaban en un mismo círculo de poder. La pregunta ya no es solo quién sabía qué. La pregunta es cómo funcionaba ese ecosistema.
El poder como blindaje
Durante años, Epstein se movió entre presidentes, príncipes, magnates tecnológicos y ejecutivos financieros. No era solo un financista. Era un conector. Un facilitador. Un anfitrión de encuentros en mansiones, isla privada y foros internacionales.
Su red operaba en un espacio ambiguo donde filantropía, diplomacia informal, inversión privada y relaciones personales se entrelazaban.
Organismos internacionales de derechos humanos han advertido que la magnitud y sistematicidad de los abusos denunciados podrían encuadrarse en figuras penales de extrema gravedad si se comprobara una estructura organizada de explotación transnacional.
Eso eleva el caso de escándalo a posible trama criminal de alcance estructural. Y allí radica la conmoción en los centros de poder mundial.
Un terremoto silencioso en las cúpulas
En Londres, la escena es histórica: un miembro de la realeza bajo arresto. Pero en Washington, Nueva York, Bruselas y Davos, el impacto es más profundo.
Porque el arresto de Andrés rompe una suposición tácita que durante décadas acompañó a la élite global: que ciertos círculos operaban bajo un paradigma distinto. La detención del expríncipe marca un punto de inflexión simbólico. Si la Corona puede ser investigada, nadie puede descartar quedar expuesto.
No se trata de morbo. Se trata de arquitectura de poder. ¿Quiénes se reunían? ¿Bajo qué coberturas institucionales? ¿Qué negocios se facilitaron en esos entornos? ¿Qué información sensible circuló en espacios privados fuera de los canales formales del Estado? Las preguntas se multiplican.
El costo para Occidente
Para la monarquía británica, el daño reputacional es profundo, pero también puede transformarse en un acto de supervivencia institucional: permitir que la justicia avance sin interferencias. Para el Reino Unido, es una prueba de Estado de derecho.
Para Occidente, es algo más complejo: un examen sobre la coherencia entre discurso y práctica cuando se trata de derechos humanos, transparencia y responsabilidad en las más altas esferas.
Durante años, la red Epstein fue tratada como un escándalo sórdido. Hoy se perfila como un caso que expone las zonas grises donde poder político, corporativo y financiero convergieron sin suficiente escrutinio.
El principio del fin del privilegio intocable
En 1649, Carlos I fue decapitado y la monarquía aprendió que el poder no es absoluto. En 2026, la imagen de Andrés en una comisaría recuerda otra lección: la legitimidad depende de la ley. El arresto no es una condena. Es el inicio de una fase judicial. Pero ya es, también, un hecho histórico.
El verdadero impacto no está en la caída de un príncipe. Está en la señal enviada a una élite global que durante años creyó operar en un mundo paralelo.
Ese mundo no desaparecerá de la noche a la mañana. El poder rara vez se disuelve; se reconfigura. Pero la escena de un Windsor fichado como cualquier ciudadano introduce una grieta en la idea de inmunidad permanente.