Centroamérica & Mundo

ANÁLISIS /El Niño 2026-2027, más allá del clima

El Niño 2026-2027 podría convertirse en uno de los fenómenos climáticos más intensos de las últimas décadas, con impactos que van mucho más allá del clima: agua, agricultura, energía, empleo, inflación y actividad económica estarán bajo presión, especialmente en Centroamérica.

2026-08-17

Por: Jaime García (Director de Impacto y Sostenibilidad de INCAE Business School)

El Niño no es solo un evento del clima, es también un evento económico y social. Cuando las aguas del Pacífico ecuatorial se calientan por encima de lo normal, lo que cambia no es solo el pronóstico del tiempo, sino la disponibilidad de agua para el riego, la pesca y la generación eléctrica y, con ello, el ingreso de millones de hogares.

Reducir estos fenómenos a una noticia meteorológica es no entender su verdadera naturaleza: son fuerzas capaces de mover el empleo, los precios y el bienestar social mucho antes de que caiga la primera gota de lluvia.

Un fenómeno conocido, una intensidad inédita

El Niño es la fase cálida del ENOS, un ciclo natural en el que las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial central y oriental se calientan por encima de lo normal, debilitando los vientos alisios y desplazando hacia el centro y el este del océano la actividad de lluvias que normalmente se concentra sobre Indonesia. Ocurre cada dos a siete años y suele durar entre nueve y doce meses.

Lo que determina el tamaño del daño es su intensidad. Para este año la señal térmica de El Niño ha ido subiendo de tono. En mayo, la Organización Meteorológica Mundial estimaba 80% de probabilidad de que el fenómeno se estableciera entre junio y agosto y casi 90% de persistencia hasta fin de año.

En julio, el CIIFEN (Centro Internacional para la Investigación del Fenómeno de El Niño) fue más lejos: 100% de probabilidad de condiciones cálidas para el trimestre agosto-octubre, con 8% de probabilidad de un pico de intensidad muy fuerte entre octubre y diciembre.

Mientras que el 13 de agosto, la Discusión Diagnóstica del ENOS del Centro de Predicciones Climáticas de la NOAA (Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos) confirmó un mayor fortalecimiento: las anomalías de temperatura superficial superan los 2,0 °C en el Pacífico ecuatorial este y la probabilidad de un evento “muy fuerte” para el otoño e invierno boreal 2026-2027 supera 90%.

Para octubre-diciembre calcula 69% de probabilidad de un evento histórico, superior a todos los registrados desde 1950, incluidos los periodos 1982-83, 1997-98 y 2015-16.

No parece un pico aislado, la probabilidad de un evento “muy fuerte” se mantiene en 90% o más entre septiembre-noviembre y noviembre-enero, y para marzo-mayo de 2027 la probabilidad de volver a condiciones neutrales sigue por debajo de 20%. El Niño 2026-2027 podría ser el más intenso en más de siete décadas.

El Foro Económico Mundial ya lo había descrito como un “shock sistémico”. Con la actualización de la NOAA, la pregunta no es solo cuánta lluvia va a caer o faltar, sino qué tan preparadas están las instituciones de la región para absorber un golpe de esta magnitud, en un contexto de tensiones geopolíticas, incertidumbre económica, y petróleo al alza.

No es un cisne negro: es un cisne verde

Nassim Taleb llamó “cisne negro” a los eventos raros, imprevisibles y de gran impacto. El Banco de Pagos Internacionales (BIS) y el Banco de Francia proponen otra categoría para el riesgo climático, el “cisne verde”.

A diferencia del cisne negro, sabemos con alta certeza que alguna combinación de riesgos climáticos va a materializarse, la pregunta no es si, sino cuándo y con qué forma, pero esa forma sigue siendo radicalmente incierta, porque involucra reacciones en cadena no lineales entre sistemas ecológicos, sociales, económicos y geopolíticos.

El informe distingue riesgos físicos, daño sobre personas, cosechas e infraestructura, y riesgos de transición, derivados de adaptar la economía a un mundo con menos carbono. Ambos pueden volverse sistémicos.

El clima golpea la demanda, mediante incertidumbre, consumo y comercio; y la oferta, mediante horas de trabajo pérdidas por calor, menor productividad agrícola y capital destinado a adaptación. Y ese golpe no se reparte parejo, los riesgos físicos afectan desproporcionadamente a los países de bajo y medio ingreso, mientras que el horizonte de planificación de la mayoría de los actores económicos y financieros, entre tres y cinco años, es mucho más corto que el horizonte en el que el daño climático realmente se manifiesta.

Mark Carney lo llamó "la tragedia del horizonte", el costo lo termina pagando mañana, quien no lo decidió hoy.

Una cadena de eventos, no un evento

Ahí está la clave de lectura, El Niño no golpea el empleo directamente. Golpea el agua, y el agua golpea todo lo demás. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) distingue dos niveles de efecto.

El primero es directo, la alteración del régimen de lluvias afecta la disponibilidad de agua y los servicios ecosistémicos de los que depende buena parte de la actividad productiva regional.

El segundo es indirecto, y es donde el fenómeno se convierte en un problema de empleo, esa afectación al agua repercute en seguridad alimentaria, salud pública, riesgo de desastres y actividad económica en sectores como agricultura, pesca, energía y logística, generando presiones inflacionarias que erosionan primero el poder adquisitivo de quienes menos margen tienen para absorberlas.

Un mapa desigual

Pero además hay que considerar que la región no enfrenta un mismo riesgo.

Centroamérica, el norte de Suramérica y el Caribe tienden a enfrentar sequía y calor, mientras el sur de Brasil, Paraguay, Uruguay y el norte de Argentina esperan lluvias por encima del promedio e inundaciones.

Costa Rica, junto con el sur de México y Panamá, queda del lado seco: déficit de lluvias y mayor actividad ciclónica en el Pacífico, con agricultura estacional, turismo costero y pesca entre los sectores más expuestos y más informales.

Por supuesto, el nivel de impacto que produce una fenómeno como estos depende del nivel de vulnerabilidad que se tenga. Y en el caso del empleo en la región la vulnerabilidad es alta, pues la mitad de los trabajadores de América Latina y el Caribe son informales, sin seguro de desempleo, sin salud contributiva, sin pensión.

Son ellos quienes están en la primera línea, agricultura estacional, pesca, construcción, comercio callejero, y desde ahí el fenómeno se vuelve multidimensional en el sentido más literal, porque no se detiene en el ingreso del hogar.

La evidencia de la OIT muestra que, cuando ese ingreso se erosiona, el trabajo infantil puede aparecer como mecanismo de supervivencia y las niñas pueden asumir más trabajo doméstico y de cuidado cuando escasea el agua o se interrumpen servicios básicos. A ello se suma el estrés térmico: para quienes trabajan al aire libre, las olas de calor asociadas a El Niño son un riesgo ocupacional inmediato, mientras muchos marcos regulatorios aún carecen de umbrales de temperatura que activen protocolos de protección.

Lo que sí podemos elegir

Finalmente, la región no puede decidir si El Niño llega, pero sí cuánto le cuesta.

La experiencia de 1982-83, 1997-98, 2015-16 y 2023-24 muestra que prepararse antes reduce pérdidas y es más costo-efectivo que responder después.

Eso exige protocolos escritos y coordinación entre trabajo, salud, protección social y meteorología; entre gobiernos centrales y locales; y entre el sector público y las empresas.

Ningún actor puede mitigar El Niño por sí solo. En ese sentido, la pregunta no es si la región está lista, sino con quién y con qué información se está preparando.

Fuentes: Bertranou, F. (2026). El Niño 2026–2027 and the world of work in Latin America and the Caribbean. ILO Policy Brief, 27 de julio de 2026. NOAA/Centro de Predicciones Climáticas (2026). Discusión Diagnóstica del ENOS, 13 de agosto de 2026. Bolton, P., Despres, M., Pereira da Silva, L. A., Samama, F. & Svartzman, R. (2020). The green swan: Central banking and financial stability in the age of climate change. BIS / Banco de Francia.

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