Por: Norma Lezcano - Revistaeyn.com
Colombia llega este domingo 31 de mayo a una de las elecciones presidenciales más trascendentes de las últimas décadas.
No solo porque definirá si el proyecto político inaugurado por Gustavo Petro logra continuidad tras el primer gobierno de izquierda en la historia del país, sino porque el resultado tendrá impacto directo sobre la seguridad regional, la inversión extranjera, la relación con Washington y la estabilidad de uno de los principales mercados de América Latina.
El proceso electoral se desarrolla en un contexto de fuerte polarización política, persistencia de economías ilegales vinculadas al narcotráfico, deterioro de la seguridad en algunas regiones y una sociedad que todavía no logra consolidar una paz interna duradera pese al acuerdo firmado con las FARC en 2016.
La elección también es seguida con atención desde Centroamérica. En los últimos años, grupos empresariales centroamericanos aceleraron su expansión hacia Colombia, particularmente en sectores como banca, retail, alimentos, infraestructura, salud y servicios financieros. Para muchos conglomerados regionales, Colombia se convirtió en un mercado estratégico por tamaño, sofisticación y potencial de crecimiento, aunque acompañado de riesgos políticos y regulatorios crecientes.
Qué se vota y cuándo se conocerán los resultados
Los colombianos elegirán presidente y vicepresidente para el período 2026-2030. Para ganar en primera vuelta, un candidato necesita obtener la mitad más uno de los votos válidos.
Las urnas abrirán el domingo 31 de mayo y los primeros resultados oficiales comenzarán a conocerse pocas horas después del cierre de la votación. Sin embargo, todo indica que ningún candidato alcanzará el umbral necesario para evitar una segunda vuelta, prevista para el 21 de junio.
Las encuestas muestran un escenario fragmentado, aunque con dos polos claramente definidos: el oficialismo de izquierda representado por Iván Cepeda y una derecha que intenta reagruparse alrededor de Abelardo de la Espriella.
Cepeda, apuesta por la continuidad del petrismo
El senador Iván Cepeda llega como favorito en la mayoría de los sondeos y representa la continuidad política del proyecto de Gustavo Petro y del Pacto Histórico.
Su candidatura capitaliza varios factores. Por un lado, el oficialismo conserva una base social sólida en sectores populares urbanos y rurales que respaldan las políticas de redistribución, justicia social y reforma agraria impulsadas por Petro. Por otro, parte del electorado progresista interpreta esta elección como una disputa para evitar el regreso de sectores conservadores tradicionales o de una derecha más radicalizada.
Cepeda construyó su perfil político desde la defensa de derechos humanos, la negociación de paz y la denuncia de estructuras paramilitares. Su discurso electoral profundiza esa línea: propone ampliar políticas sociales, avanzar en la redistribución de tierras, fortalecer la presencia estatal en regiones históricamente abandonadas y mantener una agenda de transición energética.
Sin embargo, el oficialismo enfrenta cuestionamientos relevantes desde sectores empresariales y de oposición. Las críticas se concentran en tres áreas sensibles: seguridad, salud y clima de inversión.
En materia de seguridad, el Gobierno Petro no logró contener completamente el avance de grupos armados ilegales, disidencias guerrilleras y redes del narcotráfico en varias regiones estratégicas. El deterioro de la situación en departamentos fronterizos y corredores logísticos volvió a instalar dudas sobre la capacidad estatal para consolidar el control territorial.
A eso se suma la percepción de incertidumbre regulatoria en sectores energéticos y extractivos, clave para la economía colombiana y para los flujos de inversión extranjera.
Para los mercados, una eventual presidencia de Cepeda implicaría previsibilidad respecto a la continuidad del actual modelo político, aunque también la persistencia de tensiones con sectores empresariales vinculados a hidrocarburos, minería y grandes patrimonios rurales.
Espriella: el outsider que capitaliza el voto antipetrista
El gran fenómeno político de esta elección es Abelardo de la Espriella, abogado penalista, empresario y figura mediática que irrumpe como representante de una nueva derecha de perfil duro, nacionalista y altamente personalista.
Con un discurso centrado en orden, autoridad y combate frontal contra el crimen organizado, De la Espriella logró captar buena parte del voto antipetrista y desplazar parcialmente al uribismo tradicional como principal referencia de la derecha colombiana.
Su narrativa combina elementos ya vistos en otros liderazgos regionales: fuerte impronta personal, comunicación confrontativa, exaltación patriótica y promesas de mano dura contra delincuencia, guerrillas y corrupción. Analistas colombianos encuentran similitudes tanto con Nayib Bukele como con Javier Milei, aunque adaptadas al escenario colombiano.
El candidato, que se autodefine como “el Tigre”, financió gran parte de su campaña con recursos propios y construyó una imagen de empresario exitoso ajeno a la política tradicional. Ese perfil outsider le permitió conectar con sectores desencantados con los partidos históricos y con votantes preocupados por el deterioro de la seguridad.
Su propuesta económica combina mensajes favorables al mercado, defensa del sector minero-energético y promesas de estímulo a la inversión privada. En seguridad, impulsa un endurecimiento radical de la política criminal y cuestiona los enfoques de negociación con grupos armados ilegales.
Para inversores y empresarios, una eventual victoria de De la Espriella podría interpretarse como un giro hacia políticas más promercado y una relación más alineada con Washington en temas de seguridad hemisférica. Sin embargo, también genera interrogantes por su estilo confrontativo, su escasa experiencia en gestión pública y el riesgo de una mayor polarización institucional.
Derecha dividida y centro sin liderazgo
Otro dato clave de la elección es la fragmentación opositora.
La senadora uribista Paloma Valencia, candidata del Centro Democrático, representa una derecha más institucional y moderada, pero no logró consolidarse como principal figura opositora. Parte de su electorado migró hacia De la Espriella, atraído por un discurso más duro y emocionalmente movilizador.
Mientras tanto, el centro político vuelve a exhibir dificultades para construir una candidatura competitiva. Figuras como Sergio Fajardo o Claudia López mantienen visibilidad pública, pero sin capacidad de romper la polarización dominante entre izquierda y derecha dura.
Ese vacío favorece justamente a los candidatos que mejor expresan identidades ideológicas fuertes en un contexto de cansancio social y creciente demanda de respuestas rápidas frente a inseguridad, corrupción y deterioro económico.
Seguridad, narcotráfico y la mirada de Estados Unidos
Más allá de la disputa ideológica, la principal preocupación estructural de Colombia sigue siendo la seguridad.
El país continúa siendo un actor central en las rutas regionales del narcotráfico y enfrenta la reconfiguración de múltiples organizaciones criminales que combinan economías ilegales, minería clandestina, control territorial y violencia armada.
La situación adquiere relevancia geopolítica adicional porque Colombia todavía no se integró plenamente al llamado “Escudo de las Américas”, la estrategia de seguridad promovida por Estados Unidos para reforzar cooperación regional frente al crimen organizado transnacional.
Washington observa con atención el resultado electoral. Para Estados Unidos, Colombia sigue siendo un socio estratégico en Sudamérica tanto en materia de seguridad como de estabilidad democrática y energética.
Una administración alineada con políticas más duras contra el narcotráfico probablemente aceleraría los mecanismos de cooperación hemisférica. En cambio, un nuevo gobierno de izquierda podría priorizar enfoques más orientados a negociación territorial, desarrollo social y revisión de estrategias tradicionales de combate antidrogas.
La elección colombiana trasciende las fronteras nacionales porque el país se consolidó como uno de los principales polos económicos de América Latina y un mercado prioritario para capitales regionales.
Empresas centroamericanas vienen expandiendo posiciones en Colombia mediante adquisiciones, asociaciones y crecimiento orgánico. La estabilidad institucional, la política tributaria, la regulación financiera y la seguridad jurídica serán variables observadas de cerca por el sector privado.
El próximo presidente también deberá administrar un equilibrio delicado entre demandas sociales crecientes, presión fiscal, necesidades de inversión en infraestructura y recuperación de confianza empresarial.
En ese marco, el resultado electoral no solo definirá la orientación política de Colombia, sino también el tipo de inserción regional y global que tendrá una de las economías más relevantes del continente durante los próximos años.