Por: Jaime García (Director de Impacto & Sostenibilidad - INCAE)
El Índice de Progreso Social mide el capital social mediante una pregunta simple del Gallup World Poll aplicada en casi 170 países: “Si estuviera en problemas, ¿tiene familiares o amigos con quienes puede contar para ayudarle cuando lo necesite?”
La respuesta revela mucho sobre la salud real de una sociedad. En Islandia, el 98% responde que sí. En Afganistán, apenas el 30%. Esa brecha no refleja solo diferencias culturales, sino décadas de estabilidad institucional frente a conflicto y fragmentación social. El ingreso importa, pero no explica todo.
El capital social: un activo invisible
Desde hace más de un siglo, las ciencias sociales intentan explicar aquello que los indicadores económicos no capturan: la capacidad de cooperar y confiar.
Putnam lo llamó capital social: redes de participación y reciprocidad que facilitan la acción colectiva. Hirschman añadió una idea clave: a diferencia del capital físico, el capital social crece cuando se usa y se erosiona cuando se abandona. No todo capital social es positivo. Las mismas redes que generan cohesión pueden también excluir.
Por eso importa distinguir entre los lazos de cercanía como la familia, los vecinos, o la comunidad y los lazos puente, que conectan a las personas con instituciones, oportunidades y grupos distintos. Una sociedad con solo los primeros resiste; una que construye ambos, progresa.
América Latina: fortaleza relativa, señales de alerta
Los datos del IPS 2026 muestran que América Latina tiene, en comparación con muchas otras regiones del mundo, resultados relativamente sólidos en este indicador.
Uruguay lidera con un 91.5% de personas que sienten que pueden contar con ayuda; le siguen Argentina (90.5%), Paraguay (90%), Panamá (89%) y Costa Rica (88.5%). Incluso países con desafíos económicos importantes mantienen niveles altos de apoyo social y familiar.
Esto refleja algo histórico, en América Latina, la familia extendida, los vecinos, las amistades cercanas, las iglesias y las organizaciones locales han funcionado durante décadas como mecanismos informales de protección social cuando el Estado o el mercado no logran responder.
Es capital social de cohesión en estado puro. Imprescindible, pero insuficiente: la región necesita también construir las redes que cruzan fronteras sociales y conectan a los ciudadanos con instituciones que funcionan.
Hay señales de alerta. Honduras y El Salvador registran apenas un 74% más de 15 puntos por debajo de los líderes regionales, mientras Perú (79%) y Bolivia (78%) se ubican por debajo del promedio latinoamericano.
Más allá de los números, muchas de estas redes operan bajo presión creciente. La urbanización acelerada, la inseguridad, la migración, o la polarización política erosionan gradualmente los vínculos sociales. Tener miles de conexiones en redes sociales no es lo mismo que tener a alguien que responda el teléfono en una emergencia.
Por qué este indicador importa más allá del bienestar
La capacidad de contar con apoyo tiene efectos concretos sobre el desarrollo: mejora la salud mental, reduce la vulnerabilidad ante crisis, fortalece la resiliencia económica y facilita la movilidad social.
Durante la pandemia quedó claro que muchas personas sobrevivieron gracias al apoyo informal de familiares, vecinos y comunidades, no a la intervención del Estado.
Desde una perspectiva económica, el capital social reduce los costos de transacción, genera normas de reciprocidad que hacen innecesarios contratos costosos y fomenta la cooperación donde de otro modo reinaría la desconfianza.
Una sociedad donde las personas saben que no están solas ante una pérdida de empleo, una emergencia médica o una crisis emocional es más resiliente, más cooperativa y, en términos medibles, más productiva.
Reconstruir lo que no se ve
El capital social no aparece en el PIB ni en los presupuestos públicos. Su valor suele notarse cuando desaparece: cae la confianza, se fragmenta el tejido social y se pierden oportunidades de colaboración e innovación.
Sin embargo, aunque no existe una política pública capaz de crear capital social de la noche a la mañana, sí hay condiciones que lo fortalecen: ciudades caminables, espacios comunitarios, experiencias compartidas, confianza institucional y acceso a oportunidades.
Finalmente, la meta no es solo preservar las redes de apoyo que ya existen, sino construir también aquellas que conectan a personas diversas con instituciones que funcionan. Porque, en un mundo cada vez más incierto, quizá el verdadero indicador de resiliencia sea este: cuántas personas sienten que alguien estará ahí cuando más lo necesiten.