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Washington corta oxígeno energético y acelera presión final sobre La Habana

Donald Trump endurece su ofensiva contra Cuba y lanza un ultimátum directo al gobierno de Miguel Díaz-Canel. Sin petróleo venezolano y bajo una crisis energética sin precedentes, la isla enfrenta su momento más crítico desde el colapso de la Unión Soviética.

2026-01-12

Por revistaeyn.com / Agencias

Las recientes declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sobre Cuba deben leerse menos como una amenaza inmediata y más como la formalización de una estrategia de presión acumulativa.

El llamado a que La Habana alcance “un acuerdo antes de que sea demasiado tarde” se inscribe en un contexto regional profundamente alterado tras la caída del gobierno de Nicolás Maduro, principal sostén externo del régimen cubano durante más de dos décadas.

El mensaje central de Washington es claro: la ecuación que permitió la supervivencia económica de Cuba ha sido desarticulada. La alianza energética y política con Venezuela, que garantizaba petróleo subsidiado a cambio de apoyo estratégico, ya no existe. La Casa Blanca asume que, sin ese respaldo, la capacidad de resistencia del sistema cubano se reduce drásticamente.

El petróleo como variable estructural

Más allá del tono confrontativo, la apuesta estadounidense se apoya en un diagnóstico técnico preciso. Cuba necesita alrededor de 110.000 barriles diarios para sostener su funcionamiento básico, pero su producción nacional cubre menos de la mitad. El resto depende de importaciones cada vez más frágiles, condicionadas por sanciones, falta de divisas y una infraestructura energética obsoleta.

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En ese marco, la advertencia de Trump de que no habrá más petróleo ni dinero procedente de Venezuela no constituye solo una sanción política, sino un factor de presión sistémica. La llegada puntual de cargamentos desde México, aunque relevante en términos simbólicos y humanitarios, resulta insuficiente para compensar la pérdida estructural del suministro venezolano.

Desde Washington se parte de una premisa: la crisis energética es el talón de Aquiles del modelo cubano. Sin electricidad estable no hay producción, ni servicios, ni control social pleno. La presión, por tanto, no busca un colapso inmediato, sino erosionar gradualmente la capacidad del Estado para administrar la escasez.

La narrativa de resistencia y sus límites

La respuesta del gobierno cubano, centrada en la soberanía, la resistencia y la disposición a defender la patria “hasta la última gota de sangre”, cumple una función interna clara: cerrar filas y desactivar cualquier percepción de debilidad. Sin embargo, ese discurso convive con una realidad material cada vez más restrictiva.

La dirigencia cubana enfrenta un dilema clásico de regímenes bajo presión externa: resistir para preservar la legitimidad ideológica o flexibilizar para garantizar gobernabilidad. Hasta ahora, La Habana ha optado por la primera opción, pero el margen de maniobra se achica en un contexto de fatiga social prolongada y deterioro de las condiciones de vida.

Estados Unidos y el rediseño del Caribe

Las declaraciones del secretario de Estado, Marco Rubio, refuerzan la idea de que Cuba es vista como un problema estratégico regional, no solo como una anomalía ideológica. El énfasis en que Estados Unidos no permitirá que el hemisferio occidental sea “base de operaciones para adversarios” apunta a un objetivo más amplio: cerrar espacios de influencia extrahemisférica en el Caribe, particularmente de Rusia y, en menor medida, de China.

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En este esquema, Cuba deja de ser un caso aislado y pasa a integrarse en una estrategia de control geopolítico del entorno inmediato de Estados Unidos, donde la energía, la seguridad y la estabilidad política aparecen como variables inseparables.

¿Negociación o prolongación del desgaste?

Trump ha descartado, al menos públicamente, una intervención militar directa en Cuba. La estrategia parece orientada a forzar una negociación desde una posición de superioridad, confiando en que el deterioro económico termine imponiendo costos políticos insostenibles para el gobierno cubano.

La incógnita es si La Habana interpretará esta presión como una oportunidad para redefinir su relación con Washington o si, por el contrario, optará por prolongar el desgaste, apostando a cambios futuros en el escenario internacional.

En cualquier caso, el mensaje estadounidense introduce una variable nueva: el tiempo ya no juega a favor de Cuba. Y esa percepción, más que las amenazas explícitas, es el verdadero núcleo de la ofensiva actual.

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