Finanzas

ANÁLISIS/ ¿Bonos del Tesoro o Tech Stocks? La deuda de EE.UU. reabre el dilema

La deuda federal estadounidense superó los US$40 billones, mientras los rendimientos de los bonos de largo plazo alcanzaron máximos de casi dos décadas. Al mismo tiempo, las grandes tecnológicas necesitan financiar inversiones récord en inteligencia artificial. Cómo debe analizar esto el inversionista regional.

2026-08-20

Por: Revistaeyn.com

La deuda federal bruta de Estados Unidos superó por primera vez los US$40 billones y convirtió una preocupación fiscal de largo plazo en un factor inmediato para los mercados.

La cifra coincidió con una fuerte venta de bonos soberanos, que llevó el rendimiento de los títulos del Tesoro a 30 años hasta 5,34%, su nivel más alto desde 2007. El rendimiento de la nota a diez años se situaba este jueves alrededor de 4,71%, según datos recogidos por Reuters.

Para el inversionista, estos movimientos plantean una aparente contradicción. Los bonos del Tesoro ofrecen ahora rendimientos que no eran habituales durante la etapa de tasas cercanas a cero, pero su precio puede continuar cayendo si el mercado exige intereses todavía mayores.

Las acciones tecnológicas, por su parte, conservan la promesa de crecimiento asociada con la inteligencia artificial, aunque también enfrentan mayores costos de financiación y dudas sobre el retorno de sus inversiones.

La pregunta, entonces, no es únicamente si Estados Unidos puede pagar su deuda. También importa cuánto rendimiento exigirán los inversionistas para financiarla y qué efecto tendrá ese costo del dinero sobre las empresas que aspiran a liderar la próxima etapa de crecimiento económico.

Qué significan realmente los US$40 billones

El dato corresponde a la deuda federal bruta y comprende tanto los valores colocados entre inversionistas como obligaciones mantenidas entre entidades del propio Gobierno. No debe confundirse con el tamaño del mercado de bonos negociables ni interpretarse como una factura que vence de una sola vez. Estados Unidos refinancia continuamente los títulos que llegan a su vencimiento y emite nueva deuda para cubrir sus déficits.

El problema para el mercado no es un pago inmediato de US$40 billones, sino la trayectoria: cuánto deberá emitir el Tesoro, a qué tasas podrá hacerlo y qué proporción del presupuesto será absorbida por los intereses.

La Oficina de Presupuesto del Congreso proyectó en febrero un déficit federal de US$1,9 billones para el año fiscal 2026, equivalente a 5,8% del producto interno bruto. Bajo las políticas vigentes al elaborar la estimación, la deuda en manos del público pasaría de 101% del PIB en 2026 a 120% en 2036.

El organismo señaló que el aumento del costo neto de los intereses será uno de los principales motores de ese deterioro.

Una economía puede sostener una deuda nominal creciente si sus ingresos y su producción también se expanden. Sin embargo, cuando la deuda crece más rápido que la economía y las tasas permanecen elevadas, aumenta la proporción de recursos necesaria para pagar intereses. Esto reduce el margen fiscal y puede hacer que los compradores de bonos reclamen una prima mayor por prestar a plazos largos.

Por qué el Tesoro recompró sus propios bonos

Ante la presión del mercado, el Departamento del Tesoro anunció que duplicará, como mínimo, el tamaño de sus operaciones de recompra en los segmentos de diez a 30 años. El máximo pasará de US$2.000 millones a por lo menos US$4.000 millones por operación entre el 9 de septiembre y el 4 de noviembre.

La medida produjo inicialmente una recuperación de los precios y una caída de los rendimientos. El alivio fue breve: el rendimiento del bono a 30 años volvió posteriormente a aproximadamente 5,25%. Es importante comprender que una recompra de este tipo no equivale a pagar la deuda nacional con un excedente presupuestario. El Tesoro compra determinados títulos antiguos para mejorar la liquidez y el funcionamiento del mercado, mientras continúa financiando las necesidades generales del Gobierno mediante emisiones.

Reuters señaló que el mercado de bonos del Tesoro ronda los US$32 billones, por lo que operaciones de US$4.000 millones representan una fracción reducida. Pueden contener una dislocación y facilitar las transacciones, pero no corrigen por sí mismas los déficits, la inflación o el volumen futuro de emisiones.

Para quien ya posee bonos de largo plazo, esa diferencia es fundamental. La intervención puede moderar episodios de volatilidad, pero no garantiza que los precios hayan tocado fondo.

El riesgo que esconde un rendimiento atractivo

Cuando sube el rendimiento de un bono, su precio baja. Quien compra un título y lo conserva hasta el vencimiento puede recibir los intereses pactados y recuperar el principal, siempre que el emisor cumpla. Pero quien necesita venderlo antes podría registrar una pérdida si las tasas del mercado han aumentado.

Ese riesgo es mayor cuanto más largo sea el plazo del bono. Por ello, decir que un Treasury a 30 años “paga más de 5%” no describe toda la inversión. También implica aceptar una elevada sensibilidad frente a la inflación, las decisiones de la Reserva Federal, la situación fiscal y la prima que el mercado demanda por inmovilizar el dinero durante varias décadas.

Los bonos de corto plazo ofrecen menor exposición a esas fluctuaciones, aunque obligan al inversionista a reinvertir más pronto y posiblemente a una tasa inferior. Los de largo plazo pueden generar ganancias de capital si las tasas bajan, pero sufrirán más si continúan subiendo.

En otras palabras, el bono soberano estadounidense conserva un riesgo crediticio distinto y generalmente menor al de una acción corporativa, pero eso no convierte su precio en estable.

La otra cara: el crecimiento prometido por la IA

Una interpretación que circuló tras conocerse el nuevo récord de deuda sostiene que, ante la falta de disposición política para reducir el gasto, Estados Unidos necesita crecer y que la principal fuente potencial de ese crecimiento es la inversión en inteligencia artificial realizada por las grandes compañías tecnológicas.

El argumento contiene una intuición relevante: si la IA eleva la productividad, expande la economía y genera nuevos ingresos, el peso de la deuda podría disminuir en relación con el PIB. La propia Oficina de Presupuesto del Congreso incorpora una mayor productividad por la adopción de inteligencia artificial en sus proyecciones económicas.

Deuda soberana de EE.UU. supera los US$40 billones

Pero transformar esa posibilidad en una tesis de inversión requiere varios supuestos. La infraestructura debe producir ingresos suficientes; las mejoras de productividad deben difundirse a otros sectores; y parte de ese crecimiento debe convertirse en recaudación fiscal. Nada de ello ocurre de manera automática ni necesariamente dentro del mismo plazo.

Además, el crecimiento no es la única herramienta posible para estabilizar las finanzas públicas. Los gobiernos también pueden modificar impuestos y gastos. La dificultad es política: cualquier combinación genera costos y encuentra resistencia.

Big Tech también está recurriendo a la deuda

Alphabet, Amazon, Meta, Microsoft y Oracle están realizando inversiones extraordinarias en centros de datos, procesadores, redes y energía. FactSet estima que su gasto de capital agregado podría superar los US$690.000 millones en sus respectivos ejercicios fiscales de 2026.

La escala del desembolso está cambiando incluso el modelo financiero de compañías conocidas por sus enormes reservas de efectivo. Según FactSet, el endeudamiento incremental pasó de equivaler a 9% del gasto de capital en 2024 a 32% en los doce meses terminados a mediados de 2026.

También están adquiriendo compromisos mediante arrendamientos y estructuras externas de financiación. Esto crea lo que podría denominarse la paradoja de los bonos tecnológicos. Estados Unidos necesita crecimiento para que su deuda resulte más manejable, y buena parte de la expectativa de crecimiento descansa sobre la IA. Pero las empresas encargadas de construir esa infraestructura necesitan cada vez más capital y deben financiarse en un mercado donde el propio Gobierno absorbe grandes cantidades de recursos.

Cuando aumenta el rendimiento de los bonos soberanos, también sube la referencia utilizada para valorar el crédito corporativo y las acciones. Las tecnológicas deben pagar más para endeudarse y sus beneficios futuros valen menos al descontarlos a una tasa superior. Por eso, los aumentos de los rendimientos suelen golpear especialmente a las acciones cuyo precio depende de ganancias esperadas a muchos años.

No todas las tecnológicas presentan el mismo riesgo

Hablar de “las Tech” como un solo activo puede llevar a conclusiones engañosas. Algunas compañías conservan grandes posiciones de caja, bajo endeudamiento neto y negocios capaces de financiar una proporción considerable de sus inversiones. Otras enfrentan menor flujo de caja libre, más obligaciones y una mayor concentración de clientes.

El inversionista debe observar cuánto invierte cada empresa, cómo financia ese gasto y con qué rapidez la IA comienza a generar ingresos.

También importan los compromisos de arrendamiento, la vida útil asignada a los procesadores y centros de datos, y el efecto que la inversión tendrá sobre dividendos y recompras de acciones.

La gran pregunta no es si la inteligencia artificial tendrá usos económicos. Es si los ingresos llegarán con suficiente rapidez para superar el costo del capital y la depreciación de una infraestructura que puede quedar tecnológicamente rezagada en pocos años.

¿Qué debe mirar el inversionista latinoamericano?

Para un inversionista de América Latina, la comparación incorpora una variable adicional: el dólar.

Tanto un Treasury como una acción tecnológica estadounidense pueden ofrecer exposición a esa moneda, pero el resultado medido en moneda local dependerá también de la evolución cambiaria.

Un fortalecimiento del dólar puede aumentar el rendimiento expresado en moneda local; una apreciación de la moneda del país del inversionista puede reducirlo. También deben considerarse comisiones, acceso a los instrumentos, tratamiento tributario y retenciones, que varían según la jurisdicción y el vehículo utilizado.

A partir de allí, la decisión depende principalmente del objetivo:

• Un inversionista que prioriza preservar capital y recibir ingresos previsibles puede encontrar valor en los bonos del Tesoro, especialmente en vencimientos cortos o intermedios. Debe evitar confundir seguridad crediticia con ausencia de volatilidad.

• Quien tiene un horizonte largo y puede tolerar caídas importantes podría mantener exposición a acciones tecnológicas. En ese caso, deberá analizar valoraciones, generación de efectivo y retorno sobre la inversión en IA, no solamente el crecimiento esperado del sector.

• Quien compre bonos largos está haciendo, además, una apuesta sobre inflación y tasas: puede beneficiarse ampliamente si los rendimientos retroceden, pero asumir pérdidas de mercado si siguen aumentando.

• Una cartera diversificada puede combinar renta fija y acciones en proporciones acordes con el horizonte y la tolerancia al riesgo. El nuevo escenario no obliga necesariamente a elegir un único ganador.

Seguridad y crecimiento ya no son mundos separados

Los US$40 billones de deuda no anuncian por sí solos una crisis de solvencia, pero sí refuerzan la presión para que los inversionistas exijan más rendimiento.

Ese ajuste hace más atractivos los ingresos ofrecidos por los bonos y, al mismo tiempo, eleva el riesgo de mantener títulos de larga duración.

En las tecnológicas, la inteligencia artificial abre una oportunidad de crecimiento, pero viene acompañada de un ciclo de inversión y financiación sin precedentes. El mercado deberá comprobar si ese capital genera productividad e ingresos antes de que sus costos erosionen los retornos.

Por eso, el dilema no se resuelve preguntando simplemente si son mejores los bonos del Gobierno o las acciones de Big Tech. La pregunta correcta es qué riesgo está dispuesto a asumir el inversionista: la sensibilidad de los bonos largos ante nuevas alzas de tasas o la incertidumbre de que las tecnológicas moneticen a tiempo su gigantesca apuesta por la IA.

En el mercado actual, el rendimiento de los bonos y la promesa tecnológica forman parte de una misma historia: la competencia por el capital que financiará tanto al Gobierno estadounidense como a su principal motor potencial de crecimiento.

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