Por: Norma Lezcano - Revistaeyn.com
La economía de Estados Unidos empieza a mostrar los ingredientes de una combinación que parecía improbable hace apenas unos meses: inflación en descenso, abundancia de capital privado para ampliar la capacidad productiva y una Reserva Federal que ya no necesita escoger entre apagar un incendio o alimentar una recesión.
No es todavía el comienzo certificado de un nuevo ciclo virtuoso. Pero sí podría ser su ensayo general.
Tres noticias conocidas este 12 de agosto permiten observar la posibilidad —y también su principal amenaza— desde ángulos distintos.
Primero, Bank of America anunció una iniciativa para movilizar US$250.000 millones hacia infraestructura digital, energía y proyectos esenciales en Estados Unidos.
Segundo, el índice de precios al consumidor avanzó apenas 0,1% en julio y la inflación interanual bajó de 3,5% a 3,4%.
Tercero, los inversionistas temen que el nuevo estilo de comunicación de la Reserva Federal, más escueto y con menos señales sobre el futuro, agregue una prima de incertidumbre a los bonos y al crédito.
Leídas por separado, son noticias de banca, precios y política monetaria. Juntas cuentan una historia más interesante: Estados Unidos podría cambiar crecimiento basado en demanda por crecimiento basado en oferta.
En lugar de estimular el consumo y confiar en que la producción lo alcance, el capital se dirigiría a construir más centros de datos, generación eléctrica, almacenamiento, transporte, agua y capacidad industrial. Esa infraestructura no solo añade actividad hoy; si se ejecuta bien, eleva la productividad y reduce cuellos de botella mañana.
La ironía es que la Fed puede complicar el tránsito incluso sin subir su tasa de referencia. Si comunica tan poco que los inversionistas exigen una compensación mayor para prestar a largo plazo, las tasas que importan para construir infraestructura permanecerán altas. El banco central podría ganar libertad de maniobra y, al mismo tiempo, encarecer la inversión que ayudaría a contener la inflación futura.
US$250.000 millones, pero no un cheque de ese tamaño
La iniciativa de Bank of America debe interpretarse con precisión. El banco no anunció que gastará de su balance US$250.000 millones en obras propias. Se comprometió a movilizar y desplegar capital entre el 1 de enero de 2026 y el 4 de julio de 2027 mediante préstamos, inversiones, emisiones en los mercados de capitales y servicios de banca y asesoría.
El programa atenderá tres grandes frentes: infraestructura digital, incluidos centros de datos y capacidad de cómputo; energía y electricidad, desde generación hasta almacenamiento; e infraestructura básica como transporte, agua y gas natural. Bank of America estima que el esfuerzo puede respaldar el crecimiento y crear decenas de miles de empleos.
La cifra es enorme, aunque el plazo de 18 meses y la combinación de instrumentos obligan a no confundir volumen financiero con inversión física nueva. Una colocación de deuda, un préstamo, una refinanciación y una inversión directa pueden formar parte del total sin tener idéntico efecto económico. Algunos proyectos ya estaban en preparación y otros tardarán años en operar.
Aun con esa cautela, el anuncio es relevante por lo que revela sobre la dirección del capital. Morgan Stanley informó días antes que facilitaría alrededor de US$1,5 billones durante una década para tecnología e infraestructura; JPMorgan Chase lanzó en 2025 otro plan de US$1,5 billones para sectores relacionados con seguridad económica, energía, defensa y manufactura avanzada.
Wall Street ha entendido que el auge de la inteligencia artificial no es solamente una historia de software. Es una demanda colosal de electricidad, redes, agua, chips, minerales, terrenos, fibra óptica y construcción. El mundo digital ha redescubierto su dependencia de activos muy físicos.
La desinflación abre una ventana, no una autopista
El dato de julio ofrece el segundo ingrediente. Según la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos, los precios al consumidor subieron 0,1% frente a junio y 3,4% en doce meses. La inflación subyacente —sin alimentos ni energía— aumentó 0,2% mensual y se moderó de 2,6% a 2,5% interanual.
El alivio fue bastante amplio para resultar alentador. La energía cayó 1,5% durante el mes, la gasolina bajó 2,9%, los alimentos para consumir en casa descendieron 0,1% y la vivienda avanzó solo 0,1%. Pero no fue absoluto: las tarifas aéreas aumentaron 2,2% y la inflación de servicios sin energía se mantuvo en 3% anual.
Tampoco conviene olvidar la base desde la cual se produce la moderación. La inflación general todavía está lejos del objetivo de 2% de la Fed y la energía cuesta 14,7% más que hace un año, con la gasolina 24,6% arriba. Parte del descenso reciente proviene precisamente de la corrección de precios energéticos, una variable expuesta al conflicto con Irán y a la inestabilidad del estrecho de Ormuz.
Por eso, “inflación contenida” describe mejor una trayectoria posible que una victoria consumada. Dos meses de desaceleración reducen la urgencia de subir tasas, pero no eliminan el riesgo de un nuevo choque petrolero. La Fed dispone de más espacio para observar; todavía no posee una licencia clara para relajar.
La Fed puede endurecer sin mover la tasa
Aquí aparece la tercera noticia y la menos intuitiva. Desde que Kevin Warsh asumió la presidencia de la Reserva Federal en 2026, el banco central ha reducido la orientación futura, acortado sus comunicados y concentrado su mensaje en las condiciones presentes. Warsh sostiene que los mercados se volvieron demasiado dependientes de las palabras de la Fed y deberían prestar más atención a los fundamentos.
La intención tiene lógica. Una guía excesiva puede producir complacencia, alentar posiciones apalancadas y convertir cada matiz de un discurso en una señal negociable. Un banco central tampoco debería prometer una ruta que los datos pueden obligarlo a abandonar.
Pero retirar información tiene un precio. Los inversionistas deben estimar no solo qué ocurrirá con la inflación y el empleo, sino también cómo reaccionará la Fed. Cuando esa función de reacción se vuelve menos visible, exigen una prima por el riesgo de equivocarse.
Ese costo ya asoma en el mercado. Reuters reportó que el rendimiento del bono del Tesoro a 30 años alcanzó su máximo en 19 años y el de referencia a diez años llegó a su nivel más alto en 20 meses. Los inversionistas consultados por la agencia advirtieron que menos orientación puede traducirse en rendimientos y costos de endeudamiento mayores, al menos durante la transición.
Esto importa porque los proyectos que Bank of America pretende financiar viven en el extremo largo de la curva. Los préstamos de construcción de infraestructura suelen extenderse entre cinco y siete años; cuando el activo empieza a operar, puede refinanciarse a diez, 15 o 20 años. Un cuarto o medio punto adicional durante esos plazos puede volver inviables proyectos marginales, elevar tarifas futuras o retrasar obras.
La “sanidad” de las tasas, por tanto, no consiste necesariamente en que sean bajas. Consiste en que reflejen la inflación, el crecimiento y el riesgo sin cargar un sobreprecio evitable por incertidumbre institucional. Una Fed más silenciosa puede ser menos paternalista; peo no debería ser menos legible.
Posible círculo virtuoso
Si las piezas encajan, el mecanismo sería poderoso.
Una inflación que converge de manera sostenida permitiría estabilizar y, llegado el momento, reducir el costo monetario. Tasas reales más previsibles facilitarían inversión de largo plazo. La nueva infraestructura ampliaría la oferta de energía, cómputo y transporte, elevaría la productividad y aliviaría restricciones que hoy encarecen la expansión. Más capacidad reduciría, a su vez, la probabilidad de que el crecimiento vuelva a convertirse rápidamente en inflación.
Ese es el crecimiento “genuino” al que apunta la combinación: no una aceleración comprada mediante dinero barato, sino una expansión de la capacidad de producir. El gasto en infraestructura agrega demanda en el corto plazo —y puede incluso presionar salarios, materiales y electricidad—, pero su promesa reside en la oferta que deja instalada.
El círculo, sin embargo, puede romperse en varios puntos. Los US$250.000 millones pueden quedarse en transacciones que refinancien activos existentes más que en obras adicionales. La demanda de centros de datos puede concentrar recursos y electricidad sin que las ganancias de productividad de la IA se difundan al resto de la economía. Los permisos, las redes eléctricas y la disponibilidad de equipos pueden retrasar los proyectos. Un nuevo salto del petróleo puede devolver la inflación al primer plano. Y la incertidumbre fiscal —con una deuda pública elevada— puede mantener altos los rendimientos largos aunque la Fed logre moderar los precios.
Por eso, el escenario más plausible no es un boom limpio, sino una estabilización disputada: crecimiento apoyado por inversión, inflación que cede con sobresaltos y tasas que permanecen más altas que en la década posterior a la crisis financiera.
Qué de esto interesa a Centroamérica
La región no observa este debate desde la tribuna.
Una economía estadounidense que crece sin reavivar la inflación sostiene exportaciones, turismo y remesas; una Fed previsible reduce episodios bruscos de fortalecimiento del dólar y salida de capitales.
En cambio, rendimientos largos persistentemente altos elevan el costo al que gobiernos y empresas latinoamericanas refinancian deuda, incluso si la tasa oficial estadounidense no cambia.
La inversión en infraestructura también reorganizará cadenas de suministro. Centros de datos, equipos eléctricos, semiconductores, minerales y manufactura avanzada demandarán proveedores, logística y talento.
México puede capturar una parte importante por escala y proximidad, pero Centroamérica y el Caribe pueden encontrar espacios en servicios digitales, componentes, dispositivos médicos, energía y operaciones de apoyo. Para aprovecharlos necesitarán justamente aquello que Estados Unidos intenta ampliar: electricidad confiable, conectividad, infraestructura y capital de largo plazo.
La señal estadounidense, por tanto, no es simplemente que hay dinero disponible. Es que la competencia económica de la próxima década se librará alrededor de la capacidad física que hace posible la economía digital.
Estados Unidos tiene ahora una oportunidad poco común: utilizar el capital atraído por la carrera tecnológica para corregir restricciones de oferta justo cuando la inflación empieza a conceder espacio a la política monetaria. Si la inversión se materializa y la Fed recupera claridad sin prometer de más, la economía podría pasar de resistir shocks a construir capacidad.