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ANÁLISIS: ¿Sobrevive una OTAN sin EEUU? El problema real es si Europa se sostiene sola

Más allá de las amenazas de Donald Trump, Europa enfrenta una pregunta mucho más estructural: si Estados Unidos ya no quiere —o ya no puede— seguir pagando el costo de protegerla, ¿está preparada para defenderse, asegurar su energía y actuar como potencia por sus propios medios?

2026-04-03

Por: Norma Lezcano - Revistaeyn.com

La pregunta que hoy domina el debate occidental —si Donald Trump puede vaciar a la OTAN o romper el vínculo transatlántico— es, en el fondo, una pregunta demasiado superficial.

El problema real no empieza con una frase de campaña ni termina con una cumbre de emergencia. El problema real es más profundo: si Estados Unidos ya no quiere —o ya no puede— seguir pagando el costo de proteger a Europa, ¿qué queda realmente del orden estratégico europeo?

Durante décadas, el continente europeo vivió bajo una ecuación tan cómoda como inestable: gastar relativamente poco en defensa, sostener Estados de bienestar costosos, depender de energía externa y confiar en que, llegado el momento crítico, Washington pondría la disuasión, la logística y el músculo militar.

Esa arquitectura no desapareció de un día para otro, pero sí empezó a mostrar agotamiento. Y eso obliga a mirar más allá de la retórica. La verdadera pregunta ya no es si la OTAN puede seguir existiendo sin Estados Unidos, sino si Europa puede aprender a sostenerse sin excusas.

Más allá del "declaracionismo"

La OTAN puede sobrevivir en el papel; otra cosa es reemplazar su función real.

La primera aclaración importante es esta: una OTAN sin EE.UU. no equivale automáticamente a una OTAN inexistente. La alianza podría seguir funcionando institucionalmente, mantener estructuras de mando, presupuestos comunes, compromisos políticos y hasta ampliar su gasto.

El problema no es jurídico ni ceremonial. El problema es funcional. Porque Estados Unidos no solo aporta tropas o financiamiento. Aporta sistema. Aporta inteligencia estratégica, movilidad militar, reabastecimiento, defensa antimisiles, cobertura naval, capacidad de despliegue rápido, coordinación operativa y, sobre todo, credibilidad disuasiva. Una alianza no vale solo por el volumen de su gasto, sino por la convicción de que alguien efectivamente peleará si el equilibrio se rompe.

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Europa puede aumentar sus presupuestos y, de hecho, ya empezó a hacerlo. La propia UE lanzó su plan Readiness 2030, con el objetivo explícito de cerrar brechas de capacidades, reforzar la industria de defensa y acelerar compras conjuntas, dentro de un marco potencial de hasta 800.000 millones de euros, apalancado en mayor flexibilidad fiscal y nuevos instrumentos de financiamiento.

Precisamente, ese esfuerzo confirma el punto de fondo: Europa sabe que necesita rearmarse, porque también sabe que todavía no puede reemplazar el músculo integral de Estados Unidos.

Pero, la “seguridad dura” no se recompone solo con dinero. No basta con anunciar más gasto para construir en pocos años lo que Washington tardó décadas en consolidar: integración operativa, cultura estratégica común, disuasión ampliada y capacidad real de actuar bajo presión. Gestionada solo por los socios europeos, la OTAN puede seguir existiendo formalmente. Lo difícil es imaginar que siga funcionando igual si el actor que garantiza el núcleo del sistema se vuelve más selectivo o simplemente menos disponible.

Ese es el panorama exacto que hoy enfrenta Europa: la arquitectura de seguridad que sostuvo a la OTAN se fragilizó. Y aunque eso, en apariencia, la enfrenta a una Casa Blanca “errática”, en realidad la expone ante sus propios vacíos de fondo; que no solo pasan por el frente militar, sino también por el político, el fiscal y el civilizatorio.

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Durante décadas, buena parte del continente europeo pudo sostener un equilibrio muy particular: baja cultura estratégica, inversión militar insuficiente, gasto social elevado, dependencia energética externa y una política exterior más normativa que coercitiva.

Todo eso fue posible porque existía un actor que, al final, cerraba la cuenta de seguridad. Ese actor era Estados Unidos. Dicho de otro modo: el Estado del Bienestar europeo también descansó, en parte, sobre un subsidio estratégico estadounidense.

Eso no invalida los logros europeos ni convierte al continente en un mero “free rider”. Pero sí obliga a reconocer una asimetría histórica real. Europa pudo especializarse en regulación, bienestar y sofisticación institucional porque alguien más absorbía una porción central del costo geopolítico de sostener el orden. El problema es que ese subsidio ya no parece políticamente infinito ni fiscalmente sostenible para Washington.

Estados Unidos enfrenta hoy demasiados frentes simultáneos —China, Indo-Pacífico, Ucrania, Medio Oriente, presión industrial, polarización doméstica— como para seguir actuando sin costo político interno como gendarme permanente de aliados ricos. Y ahí aparece la pregunta más dura de todas: ¿puede Europa seguir siendo “Europa” si tiene que rearmarse de verdad?

Porque una Europa más autónoma no solo requeriría más gasto militar. Requeriría aceptar menos margen fiscal, más tensión presupuestaria, más presión industrial y una redefinición de prioridades políticas.

No es casual que, incluso antes de que se consolide un nuevo esquema de defensa, algunos gobiernos europeos ya empiecen a admitir que la combinación entre energía cara, bajo crecimiento y exigencias estratégicas puede chocar de frente con las reglas fiscales que estructuraron el proyecto europeo durante años. Reuters reportó este viernes que Italia ya anticipa que la UE podría verse forzada a relajar sus reglas de déficit si la crisis de Medio Oriente se prolonga y el shock energético persiste. Esto sugiere que Europa no solo necesita aprender a defenderse; necesita aprender a pagarse a sí misma como potencia.

Vectores de una autonomía realizable

Sin energía administrable, no existe autonomía estratégica europea.

Si la discusión se detuviera en la OTAN, el análisis quedaría incompleto. Porque el verdadero talón de Aquiles europeo no es solo militar. También es energético.

No puede existir autonomía estratégica seria si la base material que sostiene la economía del continente sigue siendo frágil, cara y geopolíticamente vulnerable. Y hoy esa ecuación se está agravando por dos razones al mismo tiempo.

La primera es que Europa ya tomó una decisión estructural: salir del gas ruso. El Consejo de la Unión Europea aprobó en enero la eliminación gradual de las importaciones de gas ruso por gasoducto y LNG, con un calendario que lleva a una prohibición total del LNG desde comienzos de 2027 y del gas por gasoducto desde el otoño de 2027.

La decisión es coherente con la lógica estratégica posterior a Ucrania, pero también tiene una consecuencia evidente: el continente renuncia, por razones políticas, a una fuente de suministro que había sido materialmente central.

La segunda razón es todavía más delicada. Si Europa se aleja del aprovisionamiento de Rusia y, al mismo tiempo, no puede depender indefinidamente de la tutela naval estadounidense, entonces su seguridad energética vuelve a jugarse cada vez más en el ecosistema ampliado de Medio Oriente.

Eso significa que el Golfo, el Estrecho de Ormuz, el Mediterráneo ampliado, el Norte de África y las rutas del LNG dejan de ser “temas externos” y pasan a ser variables internas de la estabilidad europea.

El comisario europeo de Energía advirtió este viernes que Europa debe prepararse para un “shock energético prolongado” por la guerra en Medio Oriente, incluyendo medidas de emergencia como racionamiento o uso adicional de reservas estratégicas. En paralelo, Reuters reportó días atrás que un escenario de disrupción sostenida en Ormuz podría sacar del mercado entre 13 y 14 millones de barriles diarios, según estimaciones de Barclays, mientras la propia oferta de la OPEP ya viene acusando el golpe del conflicto.

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La conclusión genera escozor, pero es difícil de esquivar: la autonomía estratégica europea no se decide solo en Bruselas, también se decide en Ormuz. Sin energía estable, asequible y políticamente administrable, la autonomía europea será apenas una fórmula diplomática.

Un nuevo juego de alianzas

Europa tendrá que revisar alianzas, pero no como un giro romántico.

Si el paraguas estadounidense se vuelve más caro, más errático o menos confiable, Europa no solo tendrá que gastar más. También tendrá que pensar distinto.

Eso no significa que vaya a “irse” con Rusia o “alinearse” con China de manera lineal. Ese tipo de lecturas binariza demasiado una realidad que será mucho más gris. Lo que sí significa es que Europa probablemente tendrá que volverse más pragmática con actores que hoy preferiría mantener a distancia.

El primer reajuste será con Medio Oriente. Durante demasiado tiempo, gran parte de Europa trató a la región como una combinación de crisis humanitaria, agenda diplomática y problema ajeno administrado por Washington. Esa mirada ya no alcanza.

Si Europa quiere autonomía real, tendrá que hacer real politik también en el Mediterráneo ampliado y en el Golfo: no solo comprar energía, sino ayudar a estabilizar rutas, diversificar relaciones y construir un diálogo menos ideológico y más funcional con los productores que sostienen parte de su ecuación material.

El segundo reajuste será con Rusia, aunque hoy resulte políticamente tóxico formularlo así. Eso no implica una reconciliación sentimental ni una vuelta automática al viejo gas barato. Implica reconocer algo mucho más frío: Europa no podrá construir una arquitectura de seguridad estable si su única relación imaginable con Rusia es una confrontación indefinida, cara y estratégicamente subsidiada por EE.UU. Una Europa más autónoma necesitará no solo disuasión frente a Moscú, sino también alguna forma de gestión estable del problema ruso.

El tercer reajuste será con China. Beijing no va a convertirse en el protector de Europa. Pero sí puede volverse un actor con el que el continente necesite una relación más instrumental y menos moralizante, sobre todo en cadenas industriales, comercio, tecnología y margen geopolítico.

El desafío para Europa es superar ver a China como un rival sistémico cuando necesita construir grados adicionales de autonomía frente a Washington. En todos los casos, la lógica es la misma: menos comodidad principista y más realismo geopolítico.

¿Puede Europa hacerlo?

Sí, en teoría. No, todavía de forma creíble y rápida.

Los países europeos tienen a favor: escala económica, base tecnológica, industria, capital humano, instituciones y masa crítica suficiente como para convertirse en una potencia más autónoma.

Sin embargo, Europa todavía no puede hacerlo sola de forma creíble en el corto plazo. ¿Por qué? Porque carece de voluntad política sostenida, velocidad de ejecución, cultura estratégica común, una integración militar real, resiliencia energética barata y disposición social a pagar el costo de ser algo más que un mercado sofisticado.

Ese es el punto decisivo. El problema europeo no es de recursos absolutos. Es de prioridades. Europa tiene medios para fortalecer su autonomía. Lo que todavía no está claro es si tiene consenso interno para aceptar lo que eso implica: más gasto, más riesgo, más fricción y menos ilusión de "excepcionalismo posthistórico".

Así las cosas, la inquietud sobre el futuro de una virtual "OTAN sin EE.UU." termina siendo apenas la puerta de entrada a una pregunta mucho más grande: ¿Europa está preparada para autogestionar su equilibrio en medio de un mundo convulsionado, con o sin el paraguas de Washington?

Norma Lezcano
Norma Lezcano
Editora adjunta

Periodista especializada en economía y negocios. Consultora experta en Comunicación y Gestión del Cambio en Entornos Digitales. Lideró equipos en medios gráficos de Argentina y Centroamérica. Se desempeñó como investigadora para medios de México. A lo largo de su carrera, trabajó en La Voz del Interior y Perfil Córdoba (Argentina); Expansión, CNNExpansión y BizNews (México), entre otros. También ha sido docente universitaria en temas de Gestión de Contenidos Digitales. Su formación incluye becas y especializaciones en instituciones como el Tecnológico de Monterrey, la Universidad de Columbia y la Fundación Reuters.

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