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ANÁLISIS: Trump busca bajar el costo de la guerra con Irán sin admitir repliegue

La Casa Blanca deja entrever que quiere evitar una guerra larga, mientras mantiene la amenaza de nuevas acciones militares. Pero Irán conserva capacidad de desordenar la salida; el estrecho de Ormuz sigue sin solución clara y la región aún carece de una arquitectura confiable de estabilización.

2026-03-31

Por Norma Lezcano - revistaeyn.com

Trump quiere mover la guerra a una fase menos costosa, pero todavía no encuentra una salida limpia.

La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán parece haber entrado en una nueva fase: Washington no está exactamente saliendo del conflicto, pero sí intenta empujarlo hacia una etapa menos costosa y más administrable. El problema es que esa transición todavía no tiene una arquitectura clara de salida. Y ese vacío —más que cualquier declaración aislada— es hoy el dato más importante.

A un mes del inicio de la ofensiva, el cuadro estratégico se ha vuelto más ambiguo. Por un lado, Donald Trump deja trascender que quiere evitar una guerra prolongada, mientras funcionarios estadounidenses hablan de negociaciones “reales” con Irán.

Por otro, el Pentágono insiste en que “ninguna opción” está descartada, incluida la posibilidad de operaciones terrestres, y la Guardia Revolucionaria mantiene una retórica de expansión de blancos contra intereses estadounidenses y aliados.

En otras palabras: todos parecen querer evitar el peor escenario, pero nadie ha construido todavía una arquitectura confiable para salir.

Casa Blanca ya empieza a medir costos internos

El principal cambio de las últimas horas no es militar, sino político. Según reportó el Wall Street Journal, Trump ha dicho en privado que quiere evitar una guerra larga y que preferiría llevar el conflicto a un cierre relativamente rápido, una señal que encaja con el desgaste que la guerra empieza a producir en mercados, aliados y opinión pública estadounidense.

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Ese cálculo no es menor. La Casa Blanca todavía puede exhibir avances tácticos —como la degradación de capacidades iraníes o la caída parcial del ritmo de ataques con drones y misiles—, pero una cosa es acumular golpes militares y otra muy distinta es convertirlos en una salida política estable y vendible. Ese es el nudo que empieza a aparecer.

Por eso, el discurso oficial estadounidense se ha vuelto más dual: presiona como si aún quisiera escalar, pero habla como si ya estuviera buscando una rampa de salida.

La ambigüedad de Washington no parece accidental. Este martes, el secretario de Defensa Pete Hegseth sostuvo que los próximos días serán “decisivos”, afirmó que las conversaciones con Irán están “activas” y “ganando fuerza”, pero al mismo tiempo evitó cerrar la puerta a un despliegue terrestre. Su argumento fue directo: la clave es que Teherán no sepa hasta dónde está dispuesto a llegar Estados Unidos.

El problema es que esa fórmula tiene límites. La “imprevisibilidad” puede servir como instrumento de coerción, pero también dificulta construir una salida diplomática consistente si el adversario percibe que el objetivo final de Washington sigue siendo inestable o cambiante.

Ormuz: el verdadero termómetro de la guerra

Más allá de los bombardeos, el conflicto tiene hoy un centro gravitacional claro: el estrecho de Ormuz.

No se trata de un detalle técnico ni de una derivación energética secundaria. Ormuz se ha convertido en el punto donde se cruzan la presión militar, el costo económico global, la ansiedad de los mercados y la discusión sobre cuánto más está dispuesto a involucrarse Estados Unidos.

En ese marco, Trump dejó una señal especialmente reveladora. Este martes pidió que los países que no se sumaron a la ofensiva militar —pero dependen del flujo energético del Golfo— “tomen” el estrecho de Ormuz por su cuenta si quieren asegurar su abastecimiento.

El mensaje fue provocador, pero su lectura estratégica es bastante clara: Washington no quiere seguir cargando solo con el costo de estabilizar el principal cuello de botella energético del planeta.

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Dicho de otra manera: Trump no solo busca una salida militar; también busca externalizar la factura geopolítica, naval y energética de la posguerra. Y eso abre una pregunta más profunda: si EE.UU. baja exposición, ¿quién ordena después el tablero regional?

Irán aún tiene capacidad de desestabilización

La otra mitad de la ecuación es Teherán. Aunque Irán ha sufrido un deterioro militar evidente, todavía conserva suficiente capacidad política y operativa para impedir que Washington declare una victoria limpia y se retire sin costos.

Ese margen no depende necesariamente de grandes operaciones convencionales. Puede expresarse de otras formas: presión sobre rutas y tráfico marítimo, ataques indirectos o asimétricos, amenazas a infraestructura crítica, hostigamiento a intereses corporativos y aliados, o una prolongación controlada del conflicto que mantenga viva la percepción de riesgo.

Eso ayuda a entender por qué la Guardia Revolucionaria ha ampliado en los últimos días el tipo de blancos que menciona públicamente, incluyendo intereses económicos y empresariales occidentales. Más que una simple escalada retórica, eso sugiere que Irán está dispuesto a ensanchar el campo de presión si siente que la guerra se le está cerrando en el plano militar.

La negociación existe, pero todavía no equivale a una salida

En paralelo, se multiplican las señales de diplomacia. Trump dijo la semana pasada que había conversaciones “muy productivas” con Irán y medios estadounidenses reportaron propuestas de cese del fuego y canales indirectos abiertos.

La lectura más seria hoy no es que la paz esté cerca, sino que ya existe una búsqueda activa de una fórmula de congelamiento o salida parcial.

Eso también explica por qué China y Pakistán presentaron este martes una iniciativa de cinco puntos que incluye un alto el fuego inmediato, el inicio de negociaciones, la protección de objetivos no militares, ayuda humanitaria y restauración de la estabilidad regional.

El peso real de esa propuesta todavía es incierto. Pero su sola aparición ya dice algo importante: otros actores detectaron que Washington quiere reducir costos y que existe un vacío diplomático que puede ser ocupado. En términos geopolíticos, eso importa porque sugiere que la discusión ya no gira solo en torno a cómo se pelea esta guerra, sino también a quién diseña —o intenta diseñar— el día después.

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Eso implica de parte de la Casa Blanca tres movimientos simultáneos: mantener la coerción sobre Irán, preservar la apariencia de fuerza y reducir la exposición política, militar y energética de EE.UU.

El problema es que ese tránsito no depende solo de la voluntad de Washington. Depende también de la capacidad de Irán para seguir desordenando el tablero, de la falta de un esquema robusto para asegurar Ormuz, de la fragilidad de los aliados y de la ausencia de un liderazgo regional o multilateral con autoridad suficiente para administrar una desescalada creíble.

Y ahí está el riesgo de fondo. Ante ello, ¿estamos ante una Semana Santa de desescalada o de choque frontal?

Probablemente, la definición más atinada no es que la guerra esté terminando, sino que ha entrado en una zona intermedia de máxima fragilidad.

Norma Lezcano
Norma Lezcano
Editora adjunta

Periodista especializada en economía y negocios. Consultora experta en Comunicación y Gestión del Cambio en Entornos Digitales. Lideró equipos en medios gráficos de Argentina y Centroamérica. Se desempeñó como investigadora para medios de México. A lo largo de su carrera, trabajó en La Voz del Interior y Perfil Córdoba (Argentina); Expansión, CNNExpansión y BizNews (México), entre otros. También ha sido docente universitaria en temas de Gestión de Contenidos Digitales. Su formación incluye becas y especializaciones en instituciones como el Tecnológico de Monterrey, la Universidad de Columbia y la Fundación Reuters.

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