Por Norma Lezcano / Revistaeyn.com
Durante más de una década, Nicaragua y Venezuela estuvieron unidas por algo más que afinidad ideológica. Bajo el paraguas del ALBA y del liderazgo compartido de Hugo Chávez y Daniel Ortega, ambos países construyeron una relación que combinó petróleo subsidiado, financiamiento opaco y respaldo político mutuo.
Hoy, con Venezuela sumida en una transición de evolución impredecible como consecuencia de la caída del régimen de Nicolás Maduro, surge una pregunta clave para la región: ¿qué ocurriría con el poder de Daniel Ortega ante el colapso de su socio?
El interrogante se vuelve aún más inquietante si se suman las declaraciones de última hora del presidente Donald Trump, quien aseguró: “estar listo para gobernar Venezuela” y que “la detención de Maduro es un aviso y muestra el dominio de EE.UU. sobre Latinoamérica”.
¿A qué tipo de escenarios se enfrenta ahora la dictadura nicaragüense? ¿A complejidades comerciales, financieras, energéticas, de legalidad o de vulnerabilidad geopolítica?
La respuesta no está en el comercio visible ni en los flujos actuales de petróleo, sino en una arquitectura financiera paralela construida durante años y en los riesgos de exposición que esa arquitectura implica.
AQUÍ LO EXPLICAMOS
A diferencia de lo que suele suponerse, Venezuela no es hoy un socio comercial relevante para Nicaragua. Los intercambios bilaterales de bienes son mínimos en comparación con otros mercados y no representan una dependencia estructural para la economía nicaragüense.
Las exportaciones nicaragüenses hacia Venezuela apenas alcanzan unos pocos millones de dólares anuales, y las importaciones desde Caracas son casi inexistentes. No hay sectores productivos claves que dependan de ese mercado ni cadenas de suministro críticas atadas al comercio bilateral.
Entonces, ¿por qué Venezuela fue tan importante para Ortega?
Entre 2007 y 2016, Nicaragua recibió miles de millones de dólares en petróleo y derivados venezolanos bajo condiciones concesionales a través de Petrocaribe y ALBA. El mecanismo permitía pagar solo una parte del crudo al contado y financiar el resto a largo plazo, con tasas bajas y escasa supervisión.
Este esquema no solo alivió la balanza energética del país. Creó liquidez política. El dinero que no se pagaba inmediatamente no ingresaba al presupuesto nacional, sino que era administrado a través de una empresa mixta: ALBANISA.
ALBANISA fue mucho más que una empresa energética. Funcionó como un Estado paralelo, fuera del control parlamentario y del escrutinio público.
Cuando las sanciones internacionales contra PDVSA comenzaron a endurecerse en 2019, el circuito financiero asociado a ALBANISA quedó contaminado: bancos vinculados, activos bloqueados y operaciones cerradas abruptamente. En ese marco, las preguntas clave siguen abiertas: ¿Dónde terminó el dinero? ¿Quiénes fueron los beneficiarios finales? ¿Qué pasó con la deuda?
OPACIDAD COMPARTIDA
Tanto el régimen chavista como el orteguista se han construido como sistemas donde la falta de transparencia es funcional al poder.
En esa esencia radica el escenario más peligroso que se abre a futuro para Ortega. ¿Por qué? Porque una transición en Venezuela que implique apertura de archivos estatales y petroleros, cooperación judicial internacional, auditorías a PDVSA y a los mecanismos del ALBA, podría exponer redes financieras regionales que hasta ahora han permanecido en la sombra. ALBANISA dejaría de ser solo un recuerdo incómodo y pasaría a ser un objeto de investigación transnacional.
Aquí el impacto no sería económico inmediato para Nicaragua, sino político y judicial para Daniel Ortega y su familia.
JUGADA DE RIESGO
Ante el colapso venezolano (que se veía venir desde años) Nicaragua ha profundizado, en todo este tiempo, sus relaciones con China y Rusia, apostando por nuevos flujos de inversión, cooperación tecnológica y respaldo político de esos dos países, abiertamente enfrentados con Estados Unidos.
Así, Nicaragua acentuó su dependencia de actores extrarregionales y se expone hoy a una confrontación más directa con Estados Unidos.
Ya se conoce que la estrategia transaccional de Trump apela a presionar a los países hostiles a sus intereses con sanciones financieras, restricciones comerciales o medidas que afecten a los flujos de remesas. Toda esta gama de acciones de parte de la Casa Blanca tendría un impacto muy contundente sobre la economía nicaragüense.
Además, la advertencia que el presidente de los Estados Unidos deslizó sobre Cuba, en el marco de la conferencia de prensa que ofreció este sábado, anticipa que Nicaragua podría quedar en un absoluto aislacionismo.
"Obviamente, tendremos que hablar de Cuba", dijo Trump; a lo que el ministro de Asuntos Exteriores, Marco Rubio, enfatizó: "A decir verdad, si yo fuera un estadista cubano hoy, estaría un poco preocupado".
¿Le alcanzará a Daniel Ortega alguna suerte de protección de parte de los presidentes de Brasil y México? ¿Lula da Silva y Sheinbaum están listos y con margen de maniobra para enfrentar a Trump más allá de la retórica?
Probablemente, Nicaragua sea un próximo escenario de novedades geopolíticas. Pero, allí no se jugará un enfrentamiento entre Washington y Managua, sino una pelea mayor que Trump quiere terminar de dirimir con Xi Jinping y Putin por la hegemonía en el hemisferio Occidental.