Por: Revistaeyn.com
La primera dificultad del G20 en Atlanta apareció antes de que sus ministros de Exteriores comenzaran a discutir cómo responder a las crisis internacionales: no pudieron hacerse la tradicional foto de familia.
Los representantes europeos rechazaron posar junto al canciller ruso, Serguéi Lavrov, por la guerra en Ucrania. La imagen fue retirada de la agenda, aunque las delegaciones mantuvieron su participación en las conversaciones. La distinción es relevante: Europa acepta compartir la mesa de negociación con Rusia, pero se resiste a que esa participación se convierta en una señal de normalidad diplomática.
“No puede haber normalidad con Rusia”, sostuvo el ministro alemán de Exteriores, Johann Wadephul, al explicar la posición europea.
El episodio condensa el desafío de Estados Unidos como anfitrión: reunir a las principales potencias permite abrir conversaciones, pero no garantiza que compartan el diagnóstico de los conflictos ni las condiciones para resolverlos.
Washington pide cooperación ante crisis interconectadas
En la apertura del encuentro, este viernes 30 de octubre, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, describió un “momento crítico” para el mundo.
Advirtió que las crisis económicas y geopolíticas se entrelazan y amenazan los fundamentos del orden económico internacional.
Su llamado se concentró en la necesidad de coordinar respuestas, proteger los mercados y fortalecer la resiliencia económica. Destacó la libertad de navegación y el suministro mundial de alimentos, con el bloqueo del estrecho de Ormuz como uno de los principales problemas de fondo, de acuerdo con EFE.
Ese planteamiento busca llevar la discusión hacia intereses que atraviesan las diferencias políticas: mantener abiertas las rutas comerciales, asegurar abastecimientos y contener las perturbaciones económicas. Sin embargo, las guerras que amenazan esos objetivos también dividen a quienes deben acordar cómo protegerlos.
La dificultad del G20 consiste precisamente en esa superposición. Sus integrantes pueden reconocer el costo de una interrupción del comercio sin coincidir en sus responsables, en las medidas para evitarla o en las concesiones necesarias para terminar un conflicto.
Negociar con Moscú, sin normalizar la relación
La presencia de Lavrov pone a prueba el equilibrio entre interlocución y reconocimiento político. Para Washington, el encuentro ofrece un espacio de contacto en medio de sus renovados esfuerzos diplomáticos sobre Ucrania. Para los europeos, el diálogo debe conservar señales visibles de desacuerdo con Moscú.
La negativa a la foto puede leerse como una forma de establecer ese límite sin abandonar las conversaciones. Permite sostener una posición política y, al mismo tiempo, preservar el canal diplomático. Tampoco equivale a un fracaso de toda la reunión: el balance dependerá de lo que los ministros consigan acordar y de si esos compromisos pueden ejecutarse.
Pero sí revela una dificultad previa a cualquier negociación sustantiva. Antes de discutir una salida a la guerra, las potencias siguen discrepando sobre el trato que debe recibir Rusia mientras continúan los combates.
Ucrania, fuera de la sala
Otra tensión es la ausencia de Ucrania. El país no pertenece al G20 y no fue invitado a esta reunión, aunque había participado como invitado en citas anteriores. Su exclusión adquiere relevancia porque la guerra forma parte del trasfondo de las conversaciones.
Según El País, Vladímir Putin también está invitado a la cumbre de líderes de diciembre en Florida, aunque todavía no ha confirmado su asistencia. La reunión ministerial de Atlanta prepara ese encuentro, previsto para el 14 y 15 de diciembre en Doral.
La cuestión que emerge es de representación: conversar sobre las condiciones de una salida requiere interlocución con Rusia, pero cualquier entendimiento que afecte a Ucrania plantea también el lugar que tendrá Kiev en su elaboración.
Una mesa más reducida puede facilitar contactos; por sí sola, no asegura un acuerdo aceptable para quienes deberán cumplirlo.
El alcance real de la cita
La reunión llega mientras la Casa Blanca intenta reactivar las gestiones sobre Ucrania. La semana anterior, el emisario estadounidense Steve Witkoff mantuvo encuentros separados con Putin y Volodímir Zelenski.
Atlanta ofrece otro escenario diplomático, aunque reunir a sus participantes no supone que exista ya una fórmula compartida para la paz.
Para las economías de Centroamérica y el Caribe, la relevancia del encuentro también pasa por su agenda económica. La seguridad de las rutas marítimas y la continuidad del suministro de alimentos y energía conectan estas disputas con los costos de importar, transportar y producir.
El G20 enfrenta así una prueba concreta: convertir la disposición a conversar en acuerdos útiles, aun cuando persistan desacuerdos profundos. La ausencia de una foto conjunta muestra hasta dónde llega hoy la distancia política. Las conversaciones deberán demostrar cuánto puede hacerse a pesar de ella.