Por revistaeyn.com
En Nuuk, capital de Groenlandia, la política exterior dejó de ser un asunto de cancillerías lejanas para convertirse en algo íntimo, casi doméstico: el debate sobre soberanía es parte del día a día en su población. Y en el centro de ese torbellino está Jens-Frederik Nielsen (1991), primer ministro desde abril de 2025, líder del partido Demokraatit, y hoy —por una mezcla de geografía, minerales, seguridad y ambiciones imperiales— uno de los dirigentes más observados del planeta.
Para la audiencia latinoamericana, Groenlandia suele sonar remota, congelada, ajena. Pero en estas horas se juega allí una partida que ordena la agenda del poder mundial: Estados Unidos insiste en “adquirir” la isla; Europa y la OTAN redoblan la vigilancia ártica; Rusia observa el tablero con la respiración cerca del cuello, porque el Ártico se ha vuelto la autopista estratégica del siglo XXI.
Y Nielsen —joven, formado localmente, con biografía híbrida (padre danés, madre inuit)— aparece como un símbolo inesperado: alguien capaz de hablar con firmeza sin sonar anacrónico, con una lógica generacional más cercana a la negociación que al ultimátum.
El anorak azul y una frase que ordenó a Europa
La imagen circuló por el mundo: Nielsen, con su anorak azul (en Groenlandia, una prenda tradicional para ocasiones formales, no un gesto “fashion”) y la primera ministra danesa Mette Frederiksen, como si Nuuk fuera de pronto una cumbre de seguridad internacional.
Capitulo de la serie “Borgen”, que hace una década anticipó los conflictos geopolíticos sobre Groenlandia (Fuente: Youtube)
El mensaje de Nielsen fue más directo que la diplomacia templada que dominó a varios líderes europeos: Groenlandia “ha elegido Dinamarca, ha elegido la OTAN y ha elegido la Unión Europea”, y “no quiere ser propiedad” ni “ser gobernada” por EE.UU.
Esa claridad importa porque no es solo retórica. En Groenlandia, el rechazo a una anexión o “compra” estadounidense aparece como consenso social y político en múltiples coberturas internacionales; y, a la vez, la presión externa aceleró coaliciones internas impensables meses antes: unidad frente al ruido geopolítico.
¿Por qué Groenlandia dejó de ser un punto blanco en el mapa?
Hay tres razones que explican por qué la isla se volvió una pieza mayor:
1) Seguridad y geografía militar.Groenlandia es el gran “balcón” del Atlántico Norte y el Ártico. Para Washington, la isla se conecta con vigilancia, rutas de misiles y defensa aérea/misilística: la lógica de “escudo” y control del teatro ártico reaparece en el discurso público.
2) Recursos críticos (y la transición energética).En un discurso oficial ante instituciones europeas, Nielsen habló sin eufemismos: los minerales críticos de Groenlandia “tienen potencial de cambiar balances globales y de seguridad”, y pidió acelerar cooperación con la UE. Para Europa, la isla es una promesa de cadenas de suministro menos dependientes; para EE.UU., una ventaja estratégica; para Groenlandia, una palanca de autonomía económica.
3) El “nuevo” Ártico: rutas, tecnología, presencia.Con el deshielo y el avance tecnológico, el Ártico deja de ser frontera y pasa a ser corredor. Esa transformación empuja a Rusia a reforzar su postura regional y a denunciar la creciente presencia de la OTAN.
El creador de la serie “Borgen” habla sobre la compra de Groenlandia (Fuente: ELPAIS-Yotube)
Trump y su acuerdo... ¿acuerdo con quién?
El punto de mayor fricción reciente llegó cuando Donald Trump, desde Davos, dijo que existía un “marco” de acuerdo sobre Groenlandia tras hablar con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte. Pero el anuncio vino con un vacío explosivo: no se informaron detalles, y figuras europeas señalaron que la soberanía no estaba en discusión.
Ahí aparece la pregunta que atraviesa Nuuk: ¿acuerdo sobre qué, exactamente... y con quién?Coberturas recientes describen una inquietud adicional: la idea (o el rumor) de que se conversen fórmulas de seguridad sin Groenlandia en la mesa alimenta una sensación de “nada sobre nosotros sin nosotros”.
En paralelo, Trump bajó el tono respecto al uso de la fuerza, pero mantuvo la presión política y discursiva sobre la “necesidad” estadounidense.
La respuesta europea: blindaje político y ejercicios en el hielo
Europa y aliados respondieron con un mensaje doble: solidaridad y presencia. Un comunicado conjunto divulgado por el gobierno alemán —con Dinamarca, Finlandia, Francia, Alemania, Países Bajos, Noruega, Suecia y Reino Unido— respaldó el ejercicio danés “Arctic Endurance” con aliados, insistiendo en que busca reforzar la seguridad ártica y “no amenaza a nadie”, y expresando solidaridad con el Reino de Dinamarca y el pueblo groenlandés.
Desde Francia, además, hubo señales políticas explícitas de apoyo a la postura groenlandesa.
El cuadro es nítido: para Europa, Groenlandia es frontera estratégica; para Dinamarca, una línea roja de soberanía; para la OTAN, un flanco donde demostrar cohesión; para Nielsen, el lugar donde esas narrativas chocan en su propio territorio.
Rusia “respira en la nuca”: el Ártico como teatro de poder
Moscú evita presentarse como parte de una pulseada directa por la “propiedad” de Groenlandia, pero su preocupación por la militarización ártica y el rol de la OTAN está documentada en declaraciones y coberturas internacionales. Putin ha señalado que la ambición estadounidense por Groenlandia tiene antecedentes históricos y, al mismo tiempo, criticó el uso del “Lejano Norte” como plataforma de potencial conflicto.
En otras palabras: aunque el foco mediático sea Trump vs. Dinamarca/Europa, la tercera sombra del tablero es Rusia, por presencia, capacidades y por la centralidad del Ártico en su doctrina estratégica.
El dilema Nielsen: soberanía hoy, desarrollo mañana
A Nielsen lo define una paradoja: representa un territorio con apenas decenas de miles de habitantes, pero se sienta sobre una ecuación de poder que incluye defensa transatlántica, minerales críticos, rutas y disuasión nuclear.
Sus decisiones “clave” en las próximas semanas (y meses) se agrupan en cuatro frentes:
Cómo decir “no” a la anexión sin cerrar la puerta a cooperación práctica (inversión, seguridad, infraestructura).Cómo mantener la unidad interna: independencia a futuro vs. pragmatismo de corto plazo bajo el paraguas danés. Cómo convertir recursos en soberanía real: acuerdos con la UE para minerales y energía, acelerando proyectos sin perder control político. Cómo no quedar atrapado en una negociación de grandes potencias donde la voz local se vuelva decorativa.
¿Y por qué debería importarle a América Latina?
Porque lo que se ensaya en Groenlandia se parece más de lo que creemos a dilemas latinoamericanos:
Soberanía vs. inversión: cómo atraer capital y tecnología sin que el país/territorio termine “administrado” desde afuera.
Recursos estratégicos: minerales críticos, energía, cadenas de valor; el debate sobre quién captura renta y quién define reglas.
Seguridad como argumento: cuando la defensa se vuelve llave para intervenir en decisiones económicas y políticas.
Narrativa global: cómo una sociedad pequeña puede construir legitimidad internacional si su liderazgo comunica con claridad.
Un milennial en el vértice
Hay líderes que llegan al centro del mundo por ambición. Nielsen llegó por colisión: un territorio convertido en trofeo simbólico de la política global. Su ventaja —y su desafío— es que su generación entiende algo que el siglo XX olvidó: que el poder duro existe, pero que la legitimidad se construye hablando y siendo escuchado.
Si lo escucharán, dependerá de una regla simple de la geopolítica moderna: cuanto más valiosa se vuelve una frontera, más difícil es que la frontera decida por sí misma. Ahí es donde la historia de Groenlandia deja de ser exótica y se vuelve universal.
Con información de: The New York Times, Vanity Fair, Reuters, AFP y fuentes oficiales de Dinamarca, la OTAN y el gobierno de Groenlandia.