Por revistaeyn.com / Agencias
La escena fue reveladora incluso antes de que Donald Trump tomara la palabra. El auditorio principal del Centro de Congresos de Davos, completamente desbordado; la escalera central colmada de delegados, ejecutivos y diplomáticos intentando escuchar aunque fuera desde afuera. Trump volvía al Foro Económico Mundial y Europa —y el mundo— quería saber hasta dónde llegaría esta vez.
No decepcionó. En poco más de una hora, el presidente de Estados Unidos condensó una visión del orden global que desconcierta a las élites europeas, pero que resulta familiar para los mercados: la política exterior como una operación de negocios, la seguridad como un activo transable y la geopolítica como una ecuación de costos y beneficios.
El foco de su intervención, sin embargo, quedó grabado en una frase: “No usaré la fuerza. Quiero comprar Groenlandia”.
Groenlandia: soberanía vs. balance de activos
Trump fue explícito. Estados Unidos —dijo— es el único país capaz de garantizar la seguridad de Groenlandia. Recordó que Washington defendió ese territorio durante la Segunda Guerra Mundial “en nombre de Dinamarca” y planteó que el statu quo ya no es sostenible en un Ártico cada vez más estratégico.
Pero, lo verdaderamente llamativo no fue el contenido, sino el encuadre. Trump no habló de autodeterminación ni de derecho internacional. Habló de negociación, de compra, de racionalidad económica. Incluso subrayó —con tono calculadamente dramático— que podría usar una “fuerza excesiva” con la que EE.UU. sería “imparable”, pero que no lo hará. No por límites morales, sino porque no lo necesita.
Para una Europa acostumbrada a pensar la geopolítica desde los principios, la escena fue incómoda. Para Trump, en cambio, Groenlandia aparece como un activo estratégico subvaluado: ubicación clave, recursos naturales, control de rutas árticas y una creciente competencia con Rusia y China. En lenguaje empresarial, una oportunidad.
La OTAN: una factura impaga
En Davos, Trump también volvió a cargar contra la OTAN, una constante de su repertorio. Aseguró que Estados Unidos “no ha obtenido nada” de la alianza y que durante décadas solo ha pagado para defender a Europa, primero de la Unión Soviética y luego de Rusia.
El mensaje no fue nuevo, pero sí reforzado ante una audiencia global de líderes políticos y CEOs. La seguridad colectiva, bajo la lógica trumpista, dejó de ser un compromiso histórico para convertirse en un servicio que debe pagarse. Para América Latina, donde el debate sobre alianzas estratégicas y dependencia de Washington nunca desaparece, el subtexto es claro: la protección estadounidense no es automática ni gratuita.
Venezuela y energía: pragmatismo sin épica
Uno de los pasajes más observados por la audiencia latinoamericana fue el referido a Venezuela. Trump aseguró que el país sudamericano ganará más dinero con su petróleo “en los últimos seis meses” que en los últimos veinte años. Elogió al nuevo liderazgo —encabezado por Delcy Rodríguez— como “bueno e inteligente” y destacó la rapidez con la que aceptó acuerdos tras la captura de Nicolás Maduro.
No hubo discurso democrático ni retórica de derechos humanos. Hubo petróleo, ingresos y cooperación. Un enfoque que, guste o no, marca un giro pragmático con impacto directo en los mercados energéticos de la región y en la relación de Washington con gobiernos tradicionalmente problemáticos.
Europa “no va en la buena dirección”
Trump cerró su intervención con un mensaje tan duro como directo hacia el Viejo Continente. Criticó la migración masiva, la política energética y la pérdida de identidad en algunas regiones europeas. “Amo Europa, quiero que le vaya bien, pero no va en la buena dirección”, sentenció.
La frase resonó en Davos como algo más que una provocación. En el trasfondo, Trump plantea que el modelo europeo —más regulado, más normativo, más idealista— está perdiendo competitividad frente a una lógica estadounidense centrada en crecimiento, energía barata y poder duro.
Un mensaje que América Latina no puede ignorar
Para América Latina, el discurso de Trump en Davos deja varias conclusiones incómodas pero claras. Primero, que la Casa Blanca seguirá privilegiando el pragmatismo económico por sobre las afinidades ideológicas. Segundo, que los recursos naturales —energía, minerales, territorios estratégicos— vuelven al centro de la política global. Y tercero, que la relación con Estados Unidos será cada vez más transaccional.
En Davos, Trump no habló como un estadista clásico. Habló como un CEO con poder militar. Y en ese gesto —tan trumpiano como eficaz— dejó claro que, para él, el mundo no se organiza en torno a principios, sino a oportunidades. Groenlandia incluida.