Por: Norma Lezcano / revistaeyn.com
Las dos primeras jornadas del Foro Económico Mundial de Davos 2026 dejaron una sensación difícil de disimular incluso en el escenario que, desde hace décadas, se propone como el gran santuario del consenso global.
Esta vez, el “espíritu de diálogo” invocado por los organizadores convivió con una constatación compartida —aunque expresada en tonos distintos—: el viejo orden mundial no está en crisis, está terminado.
Desde la advertencia del primer ministro canadiense Mark Carney —“la geopolítica de las grandes potencias no tiene freno”—hasta la frase del presidente francés Emmanuel Macron —“nos dirigimos hacia un mundo sin ley”—, pasando por las provocaciones unilaterales que fue anticipando el presidente Donald Trump (quien dará este miércoles un esperado discurso), Davos funcionó hasta ahora más como un espejo del desorden que como un laboratorio de soluciones.
A partir de los hechos y declaraciones registrados en las dos primeras jornadas de Davos 2026, emergen cinco ejes que ayudan a leer este nuevo tiempo incierto:
La muerte del orden basado en normas (y la dificultad de nombrar lo que viene)
El presidente Mark Carney fue el político que puso palabras al clima general: “El viejo orden mundial no va a ser recompuesto”. No habló de transición, sino de ruptura. La diferencia no es semántica: una transición supone dirección; una ruptura, vacío.
La idea de un mundo gobernado por reglas compartidas —comercio, seguridad, instituciones multilaterales— aparece erosionada no por actores marginales, sino por las grandes potencias que lo construyeron. La integración económica, dijo Carney, dejó de ser un beneficio mutuo para convertirse en un instrumento de subordinación.
Aquí surge la primera gran pregunta: ¿Puede existir estabilidad sin un marco normativo común o estamos entrando en una etapa de improvisación permanente?
2. El regreso explícito de la ley del más fuerte
Si el multilateralismo se debilita, lo que emerge no es el vacío, sino la fuerza desnuda. Macron lo expresó sin rodeos: “No debemos aceptar pasivamente la ley del más fuerte”. Pero el problema es que esa ley ya opera.
Las amenazas de aranceles de EE.UU. a países aliados por maniobras militares en Groenlandia, la presión territorial sobre un territorio autónomo de Dinamarca y la utilización del comercio como arma configuran un escenario que muchos creían superado.
El dato más inquietante no es solo el conflicto, sino su naturalización: sanciones, represalias y coerción se presentan como herramientas normales de política exterior entre aliados históricos.
La pregunta que flota en Davos es incómoda: ¿Qué frena hoy a una potencia cuando el costo de violar reglas es menor que el beneficio inmediato?
3. Las potencias medias ante el dilema: aislamiento o coaliciones
Canadá aparece como un caso paradigmático. Por primera vez en más de un siglo, sus Fuerzas Armadas analizaron un escenario teórico de invasión desde Estados Unidos. Aunque se considere improbable, el solo hecho de modelizarlo es un síntoma del momento.
Carney planteó el dilema central de las potencias medias: levantar muros y aislarse —un “mundo de fortalezas” más pobre y frágil— o construir coaliciones funcionales, temáticas, densas, que sustituyan a los grandes consensos perdidos.
Europa parece transitar la misma encrucijada, debatiendo si activar su “bazuca comercial” (como lo definió el presidente Macron) mientras insiste en la cooperación. La cuestión es si estas coaliciones pueden compensar la ausencia de un árbitro global creíble.
La duda persiste: ¿Las alianzas flexibles son una solución duradera o apenas un parche frente al desorden estructural?
4. La erosión —y la competencia— de las instituciones multilaterales
La creación por parte de Trump de una Junta de la Paz para Gaza que compite abiertamente con la ONU es, quizá, uno de los gestos más reveladores del fin del multilateralismo. No se trata solo de una señal de desconfianza hacia Naciones Unidas, sino de sustituirla por un mecanismo personalista, con poder de veto concentrado y acceso condicionado por aportes financieros.
Paradójicamente, Trump afirma querer que la ONU continúe existiendo, mientras construye una alternativa que vacía su sentido. Macron, por el contrario, insiste en defender el multilateralismo aun reconociendo su debilitamiento.
El Foro de Davos, concebido como espacio de diálogo global, queda atrapado en esa tensión: promover conversaciones mientras las estructuras que las sostenían se fragmentan.
La pregunta es inevitable: ¿Estamos ante la reforma del multilateralismo o ante su lenta irrelevancia?
5. El poder simbólico, la provocación y la política como espectáculo
Las imágenes generadas por inteligencia artificial de Trump plantando la bandera estadounidense en Groenlandia o expandiendo el mapa de EE.UU. hacia Canadá y Venezuela no son simples provocaciones digitales. Funcionan como mensajes políticos en un mundo donde el símbolo precede al hecho.
La referencia al Premio Nobel de la Paz, la personalización de conflictos globales y la mezcla de decisiones estratégicas con gestos performáticos reflejan un cambio más profundo: la política internacional ya no solo se negocia en mesas cerradas, sino que se escenifica en tiempo real.
Esto plantea un último interrogante inquietante: ¿Cómo se gestiona la estabilidad global cuando la imprevisibilidad se convierte en herramienta de poder?
Un foro de diálogo en un mundo que ya no dialoga
“El diálogo no es un lujo en tiempos de incertidumbre; es una necesidad urgente”, dijo el presidente del Foro Económico Mundial. Davos parece aferrarse a esa premisa mientras el contexto la pone a prueba.
Las dos primeras jornadas no ofrecieron respuestas claras ni consensos nuevos. Sí dejó algo evidente: el mundo posterior al viejo orden ya está aquí, pero todavía no tiene nombre, reglas ni arquitectura definida.