Por: Sandeep Wasnik (*)
América Latina está entrando en una nueva etapa de su inserción internacional. Ya no se trata únicamente de negociar dentro de bloques tradicionales ni de profundizar acuerdos heredados, sino de repensar cómo y desde dónde se construyen las alianzas estratégicas. La participación regional en el World Governments Summit de Dubái es una señal clara de ese giro: la región busca flexibilidad, visibilidad global y acceso a nuevos flujos de capital y tecnología.
El caso de República Dominicana es ilustrativo. Tras su protagonismo en Dubái, el país anunció que será sede de un diálogo regional del WGS durante este año, posicionándose como puente entre Latinoamérica y Medio Oriente.
No se trata sólo de diplomacia simbólica: la apuesta es atraer inversión, conocimiento en gobernanza y cooperación en áreas como sostenibilidad y transformación digital. En un contexto en el que la inversión extranjera directa hacia la región podría alcanzar los US$2,5 billones hacia 2030, según estimaciones regionales, este tipo de plataformas adquiere un valor estratégico creciente.
Este movimiento también refleja un cambio más profundo: el desgaste del modelo de integración rígida. El Mercosur sigue siendo un actor central, pero su comercio intrabloque se mantiene estancado en torno al 20%.
Aún después del acuerdo con la Unión Europea, que elimina el 91% de los aranceles, el bloque enfrenta tensiones internas y una presión creciente por mayor flexibilidad. Uruguay, Paraguay y Brasil ya exploran acuerdos bilaterales o plurilaterales fuera del marco tradicional, evidenciando que la lógica de “todo o nada” perdió vigencia.
En este nuevo escenario, Medio Oriente emerge como un socio cada vez más relevante. Emiratos Árabes Unidos, por ejemplo, ya invierte más de US$12.000 millones en Brasil y avanza en proyectos de energía, logística y puertos en distintos países de la región.
No es una relación basada únicamente en comercio de bienes, sino en una convergencia de intereses: capital, tecnología, transición energética y cadenas de suministro más diversificadas. Dubái, en particular, funciona como hub global donde se cruzan política pública, negocios e innovación, algo que América Latina busca replicar y aprovechar.
La diversificación de socios no es solo una opción, sino una necesidad. En 2025, los destinos no tradicionales ya representaron cerca del 45% de las exportaciones latinoamericanas, frente al 35% en 2020.
Este dato confirma que la región dejó de mirar exclusivamente al eje Estados Unidos–Europa y comenzó a construir una red más amplia de relaciones, que incluye Asia-Pacífico, Medio Oriente y acuerdos bilaterales selectivos. Foros globales, cumbres temáticas y alianzas “a medida” se vuelven tan relevantes como los tratados comerciales clásicos.
Para los gobiernos, el desafío es claro: combinar la estabilidad de los bloques existentes con una diplomacia económica más ágil, capaz de aprovechar oportunidades sin quedar atrapada en vetos internos. Para las empresas, la pregunta ya no es solo dónde invertir, sino desde dónde operar para ganar credibilidad, acceso y escala. Entrar a América Latina a través de hubs como Dubái puede ser tan estratégico como hacerlo directamente desde capitales regionales.
América Latina no está abandonando el Mercosur ni sus acuerdos históricos; está ampliando el tablero. En un mundo fragmentado y competitivo, quienes entiendan que el poder hoy se construye articulando múltiples alianzas, y no apostando a una sola, serán los que definan el próximo ciclo de crecimiento regional.
La verdadera decisión ya no es elegir un socio, sino aprender a jugar en varios frentes al mismo tiempo.
(*) Consultor en Negocios Internacionales, LatAm Intersect