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Ormuz como tablero global: Europa, China y Rusia comienzan a mover sus fichas

Con la guerra aún activa, Europa proyecta controlar Ormuz en la posguerra, China y Rusia refuerzan su eje estratégico y Estados Unidos apuesta a destrabar negociaciones con Irán. El mapa de poder empieza a reordenarse.

2026-04-15

Por: revistaeyn.com - Agencias

En medio de la guerra en Medio Oriente, el estrecho de Ormuz dejó de ser solo un punto crítico para el comercio energético global y se convirtió en el epicentro de una disputa mayor: la reconfiguración del equilibrio de poder entre las principales potencias.

Tres movimientos recientes —protagonizados por Europa, China y Rusia— empiezan a delinear un escenario que trasciende el conflicto regional y abre interrogantes sobre un posible nuevo esquema global.

Europa ensaya autonomía estratégica

Francia y el Reino Unido avanzan en un plan para garantizar la seguridad en el estrecho de Ormuz una vez finalizada la guerra, con el objetivo de restablecer la libre navegación sin participación directa de Estados Unidos.

La iniciativa, impulsada por Emmanuel Macron y Keir Starmer, contempla una misión defensiva que incluiría tareas de desminado, escolta de buques comerciales y vigilancia marítima.

El dato más relevante no es operativo, sino político: Europa busca posicionarse como actor de seguridad autónomo en un punto crítico del sistema energético global.

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El proyecto podría canalizarse a través de la misión europea “Aspides” o mediante un nuevo mandato internacional, aunque enfrenta obstáculos internos —especialmente en Alemania— y tensiones externas, dado que dejaría fuera a Washington.

China y Rusia refuerzan su eje

En paralelo, el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, y el presidente chino Xi Jinping escenificaron en Pekín una señal de alto impacto geopolítico: ambos países se presentan como “garantes de estabilidad” en un contexto global crecientemente militarizado.

En concreto, se reunieron en las últimas horas en Beijing, para avanzar en lo que definieron "una coordinación más estrecha y fuerte" entre China y Rusia, para "defender firmemente intereses legítimos y salvaguardar la unidad de los países del Sur Global".

El mensaje es doble. Por un lado, refuerza la narrativa de un orden alternativo al liderazgo occidental. Por otro, legitima un rol activo en la resolución de conflictos, incluido el frente iraní.

Moscú, además, respaldó explícitamente el derecho de Irán a desarrollar energía nuclear con fines pacíficos, posicionándose como potencial mediador técnico en un eventual acuerdo.

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Según trascendió, Moscú busca posicionarse como país depositario y garante de cuidado del uranio enriquecido de Irán. Esto siempre que Irán admita suspender su programa nuclear. Teherán lo quiere hacer por cinco años y Washington le pide un lapso de 20 años.

Estados Unidos juega en dos frentes

Mientras tanto, Estados Unidos mantiene una estrategia dual. Por un lado, intensifica los controles en Ormuz para limitar el flujo de recursos hacia Irán, especialmente en lo que respecta a posibles suministros bélicos desde China.

Por otro, apuesta a una salida diplomática. La administración de Donald Trump confía en lograr avances en las negociaciones con Teherán en los próximos días, aunque el margen es estrecho.

En paralelo, Marco Rubio trabaja en Washington para contener la expansión del conflicto, presionando a Israel para que reduzca sus operaciones en el Líbano.

El tablero geopolítico está en recomposición. Los movimientos no son aislados. Europa busca relevancia estratégica, China y Rusia consolidan un eje de poder alternativo y Estados Unidos intenta sostener su centralidad en medio de múltiples frentes abiertos.

El resultado es un sistema más fragmentado, donde la coordinación global se debilita y las potencias comienzan a operar con mayor autonomía —y, en algunos casos, en competencia directa.

Ormuz, en este contexto, deja de ser solo un cuello de botella energético para convertirse en el primer gran laboratorio de ese nuevo orden en construcción.

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