Por Julio Giraut - Socio Senior de McKinsey para E&N*
En América Latina solemos pensar que el CEO es un estratega incansable cuya misión es resolver problemas complejos con visión e intuición empresarial. Sin embargo, la realidad es más profunda; ningún periodo en la vida de un líder se experimenta de la misma manera y todo trayecto está marcado por transiciones que moldean carácter y decisiones.
Mis colegas de McKinsey publicaron A CEO for All Seasons (disponible en las principales librerías online) que analiza la trayectoria de los principales líderes empresariales y define las cuatro etapas que atraviesan.
Es un ciclo que exige ambición, equilibrio emocional, humildad intelectual y una visión única.
Llegar a la cima con dudas
El primer estado del CEO es la preparación. Aquí se busca “hacerse el mejor candidato posible” construyendo las bases que definirán la forma en que ejercerá el cargo. Implica desarrollar una mentalidad abierta y un aprendizaje continuo.
Los mejores CEOs destacan por la humildad: llegan a la cima con preguntas, curiosidad y disposición a desafiar sus propias creencias. Esta mentalidad se convierte en un activo estratégico en un mundo donde la información cambia más rápido que las estructuras corporativas.
Etapa inicial
Tras la preparación, el CEO enfrenta la etapa inicial, marcada por un cambio de identidad personal y profesional; ahora dirige al equipo, en lugar de solo formar parte de él.
Gail Boudreaux, de Elevance Health, reconoce que este periodo se vuelve más solitario: se es parte del equipo y a la vez el entrenador. Ese doble rol exige fortaleza emocional, que rara vez se discute con la misma intensidad que los planes estratégicos.
Todas las lentes para decisiones óptimas
La tercera estación es la permanencia: cómo sostener el éxito a lo largo del tiempo. Los CEOs excepcionales dominan sesgos cognitivos y cómo la percepción de otros puede afectar la ejecución.
Por ejemplo, el 88 % de los conductores de automóviles se consideran “buenos”, lo que muestra cómo la autopercepción distorsiona la realidad.
Michael Fisher, ex CEO del Cincinnati Children’s Hospital, propone enfocarse en ser aspiracional, auténtico, humilde e inspirador, más que en una lista de tareas.
Permanecer al frente exige construir una identidad consciente capaz de sostener al equipo, incluso cuando el entorno amenaza con quebrar las certezas.
Transición
La cuarta estación es la transición y saber entregar el bastón de mando.
Los CEOs destacados logran obtener una perspectiva clara del rol y de sus límites, distinguiendo lo que deben ejecutar personalmente de lo que puede delegarse.
Solo el CEO ve todas las piezas internas y externas, la lente del inversionista y la del empleado, las necesidades duras y suaves. Integrar esos mundos implica lidiar con contradicciones permanentes y consecuencias de segundo y tercer orden, que rara vez son visibles para el resto de la organización. Es aquí cuando comprende que su trabajo consiste en sostener narrativas que permitan a la compañía avanzar incluso en la incertidumbre.
Preparación y resiliencia
El aprendizaje final es la importancia del equilibrio emocional. Ningún CEO es tan bueno como parece cuando todo va bien ni tan malo cuando todo va mal. Mantenerse centrado diferencia entre reaccionar impulsivamente y liderar con consciencia. Además, la gestión del tiempo también es liderazgo: un calendario saturado reduce la claridad al tomar decisiones.
En América Latina, los ciclos de volatilidad ponen a prueba a todos los líderes empresariales. La grandeza directiva surge de vivir cada estación con conciencia, curiosidad y humanidad.
El CEO que se prepara con humildad, inicia con autenticidad, se sostiene con inteligencia emocional y entrega el mando con perspectiva, deja una huella que trasciende resultados trimestrales. Las organizaciones necesitan ese tipo de liderazgo para crecer.
*El autor es Socio Seniorde McKinsey Panamá y Líder de la práctica de Desempeño Organizacional y Personas para Latinoamérica.