Por revistaeyn.com
La infraestructura del siglo XXI dejó de ser únicamente concreto y acero. Hoy abarca desde carreteras y sistemas de alcantarillado hasta redes de fibra óptica, centros de datos, energías renovables y tecnología para vehículos eléctricos. En este nuevo escenario, la inversión privada se perfila como un actor determinante para cerrar una brecha global estimada en US$106 billones hacia 2040, según un análisis de McKinsey & Company.
De acuerdo con Alastair Green, socio senior de McKinsey & Company, el desafío no solo es financiero, sino también conceptual. “La infraestructura ya no se limita a puentes y caminos; ahora incluye tecnología para vehículos eléctricos e inteligencia artificial”, plantea el experto. En ese sentido, advierte que los países que no logren desarrollar una base sólida de infraestructura digital quedarán rezagados en competitividad.
El informe señala que la mayor demanda de inversión se concentrará en transporte y logística (US$36 billones), seguido de energía y electricidad (US$23 billones) y el sector digital (US$19 billones). Asia liderará el gasto con cerca del 65%, mientras que América y Europa representarán aproximadamente el 15 % y 10 %, respectivamente.
Más allá de las cifras, el reto radica en la creciente interconexión entre sectores. Un ejemplo claro son los centros de datos, que dependen tanto de redes digitales como de suministro energético. De igual forma, el auge de los vehículos eléctricos exige infraestructura de carga, generación eléctrica y plataformas digitales de pago. “Todo proyecto, desde una red de alcantarillado hasta una torre de telefonía, debe ser seguro, confiable, accesible y adaptable”, subraya Green.
En este contexto, la colaboración entre los sectores público y privado resulta esencial. La inversión privada ha mostrado dinamismo: los activos bajo gestión en fondos de infraestructura se han triplicado desde 2016, alcanzando los US$1,5 billones.
Además, un 46 % de los inversionistas consultados por McKinsey en 2024 planea aumentar su exposición al sector, atraídos por ingresos estables y protección frente a la inflación.
Sin embargo, el entorno presenta desafíos. Factores como tasas de interés elevadas, mayores costos laborales y una competencia más intensa podrían ralentizar el flujo de capital. Ante esto, los inversionistas están explorando nuevas estrategias, incluyendo la reutilización de activos subutilizados y el desarrollo de infraestructura de doble uso, especialmente en sectores críticos como el aeroespacial y defensa.
La innovación tecnológica también juega un papel central. El uso de inteligencia artificial permite optimizar la construcción, reducir plazos y mejorar el mantenimiento predictivo, incrementando así la eficiencia del capital invertido.
En última instancia, el futuro de la infraestructura dependerá de la capacidad de los inversionistas para adaptarse a un entorno más complejo e interconectado.
Con información del Foro Económico Mundial