Por: Paola Amador (Desde República Dominicana) - Estrategia & Negocios
América Latina y el Caribe están recibiendo más inversión extranjera directa, pero una proporción menor de ese capital está creando nuevas plantas, infraestructura y capacidad productiva. Esa divergencia es la señal que mejor resume el momento de la región: el interés de los inversionistas se recupera, aunque todavía no se traduce con la misma fuerza en activos capaces de diversificar las economías, elevar la productividad y generar mayor valor agregado.
De acuerdo con el Informe sobre las Inversiones en el Mundo 2026 de ONU Comercio y Desarrollo (UNCTAD), los flujos de inversión extranjera directa (IED) hacia América Latina y el Caribe —excluidos los centros financieros extraterritoriales del Caribe— aumentaron 14% en 2025, hasta US$188.000 millones. La cifra equivalió aproximadamente a una quinta parte de toda la IED dirigida a las economías en desarrollo.
El contrapunto está en los proyectos greenfield, es decir, aquellos que levantan nuevas operaciones. Su valor cayó cerca de 33% y se ubicó por debajo de US$120.000 millones. Para una región que busca utilizar la inversión como palanca de transformación, el dato importa tanto como el crecimiento del flujo total: atraer capital no basta si ese capital no amplía la base productiva.
“El desafío es transformar la inversión en capacidad productiva”, sostiene Amelia Santos Paulino, jefa de la Sección de Investigación sobre Inversiones de ONU Comercio y Desarrollo. La experta conversó en exclusiva con Estrategia & Negocios durante el Americas Investment Forum 2026, celebrado en Santo Domingo, República Dominicana, a principios de julio.
Una recuperación moderada y mucho más selectiva
La recuperación de la IED avanza bajo condiciones menos favorables que en ciclos anteriores. Las tensiones comerciales, la incertidumbre económica, las presiones inflacionarias, las tasas de interés elevadas y un entorno financiero más complejo siguen afectando las decisiones de inversión.
A esa combinación se suma la exposición de las cadenas globales de valor a riesgos geopolíticos distintos en cada eslabón. El resultado, explica Santos Paulino, es una inversión más selectiva y concentrada. Las multinacionales privilegian países que ya disponen de infraestructura, capital humano y ecosistemas capaces de sostener actividades de alto valor.
La competencia, por tanto, ya no se resuelve únicamente con incentivos fiscales. “Los países de la región que desarrollen talento, infraestructura, innovación y reglas claras serán los que atraigan el capital del futuro”, afirma la especialista de UNCTAD.
Ese cambio de criterio eleva el umbral para los gobiernos. La política de atracción debe conectarse con formación técnica, conectividad, sistemas de innovación, seguridad jurídica y una estrategia nacional de competitividad. La visión de largo plazo deja de ser un complemento: se vuelve una condición de entrada.
La nueva economía concentra más de la mitad de los proyectos
Las mayores oportunidades están en la economía digital, la inteligencia artificial, los centros de datos, los semiconductores, las tecnologías para la transición energética y los minerales críticos. En conjunto, estos sectores concentran más de la mitad de los nuevos proyectos de inversión anunciados a escala mundial.
El mapa favorece a los países que pueden combinar recursos estratégicos con capacidades institucionales y tecnológicas. América Latina dispone de energías renovables, biodiversidad, agua, minerales críticos, tierras productivas y una población joven. Pero la ventaja natural solo adquiere valor económico cuando puede convertirse en proyectos bancables, escalables y conectados con cadenas globales.
El capital humano aparece como la restricción central para las inversiones tecnológicas. La inteligencia artificial, los semiconductores y la economía digital requieren talento altamente especializado. Santos Paulino remite a las experiencias de India y China, que construyeron posiciones competitivas mediante inversiones sostenidas en educación, innovación y desarrollo tecnológico. Su conclusión es sistémica: la innovación no puede tratarse como un tema aislado, sino como parte de una estrategia nacional de competitividad.
Centroamérica: complementariedad antes que competencia aislada
Centroamérica y el Caribe compiten por inversiones similares, pero también reúnen capacidades complementarias.
Para Santos Paulino, existe espacio para una estrategia más integrada. República Dominicana y Costa Rica muestran ventajas relevantes en infraestructura, costos de producción y calidad del capital humano.
La oportunidad consiste en convertir esas fortalezas en corredores regionales de inversión y en mecanismos conjuntos de facilitación capaces de atraer proyectos de mayor escala.
Bajo esta lectura, la integración regional deja de ser un argumento político general y se convierte en una herramienta de competitividad: agricultura sostenible, logística, transición energética y transformación digital pueden estructurarse como plataformas regionales, no como ofertas nacionales desconectadas.
La misma lógica alcanza a las pequeñas y medianas empresas. Integrarlas en las cadenas globales de valor es una de las prioridades para que la IED tenga efectos más amplios sobre empleo, proveedores locales y sofisticación productiva.
Brasil y México dominan; el mapa comienza a diversificarse
La concentración sigue siendo alta: 95% de la IED regional se dirigió a los diez principales países receptores en 2025.
Brasil elevó sus flujos de US$63.000 millones a US$77.000 millones y se ubicó entre los cinco mayores destinos de inversión extranjera del mundo. Su liderazgo combina recursos minerales con proyectos de economía digital y transición energética.
México captó US$41.000 millones, apoyado en la manufactura, los servicios y su integración en las cadenas regionales de producción. Brasil y México reciben, en conjunto, alrededor de dos terceras partes de la inversión que llega a América Latina.
Sin embargo, el panorama empieza a abrir espacio a otras economías. República Dominicana destaca por el dinamismo de sus flujos y la diversificación de proyectos en logística, centros de datos, turismo y servicios. El país ha definido una estrategia para atraer capital hacia dispositivos médicos, inteligencia artificial, centros de datos y manufactura avanzada.
Aunque mantiene desafíos en formación técnica y desarrollo de talento, Santos Paulino observa avances en la modernización de su ecosistema de inversión y en el fortalecimiento de su competitividad.
Cinco condiciones para que la inversión cambie la economía
El mensaje que emerge del Americas Investment Forum 2026 puede condensarse en cinco prioridades:
1- Fortalecer la infraestructura física y digital.
2- Desarrollar capital humano altamente especializado.
3- Impulsar ecosistemas nacionales de innovación.
4- Ofrecer estabilidad jurídica y regulatoria.
5- Integrar a las pymes en las cadenas globales de valor.
La sostenibilidad atraviesa esas cinco condiciones. Ya no funciona solo como atributo reputacional: el capital internacional evalúa la capacidad de un proyecto para generar valor económico, social y ambiental.
La resiliencia climática, la innovación y la gobernanza pesan junto con la rentabilidad financiera.
También cambia la noción de infraestructura. La conectividad digital es tan determinante como la infraestructura física: redes resilientes, digitalización e inteligencia artificial pueden cerrar brechas sociales, fortalecer la productividad y elevar el atractivo de un territorio para nuevas inversiones.
La prueba decisiva, sin embargo, estará en la escala local. Economía circular, reciclaje, inclusión laboral y desarrollo territorial muestran cómo la inversión puede convertirse en empleo, emprendimiento y bienestar, siempre que existan políticas públicas y marcos regulatorios adecuados.
América Latina no parte de una escasez de activos ni de falta de interés internacional. Su desafío es de conversión: transformar recursos naturales, conectividad, talento y capital en proyectos de largo plazo que amplíen la capacidad productiva.
El aumento de la IED en 2025 confirma que el capital está mirando a la región; la caída de los proyectos greenfield recuerda que todavía falta construir las condiciones para que esa mirada se vuelva transformación económica.