Por: Norma Lezcano - Revistaeyn.com
A horas de una reunión que todavía no está plenamente confirmada, Estados Unidos e Irán se encaminan a una negociación marcada más por sus límites que por sus posibilidades.
El vicepresidente estadounidense, JD Vance, ya está en viaje hacia Islamabad, mientras Teherán mantiene en duda su participación, atada al cumplimiento de condiciones previas que, por ahora, no se verifican.
El dato sintetiza el momento: hay voluntad de negociar, pero no hay condiciones consolidadas para que esa negociación produzca resultados de fondo.
Negociar en medio de la guerra
La reunión —si finalmente ocurre— no se desarrollará en un escenario de distensión, sino en plena continuidad del conflicto. Ese es el primer límite estructural.
Estados Unidos, bajo la conducción de Donald Trump, llega con una lógica pragmática: abrir un canal que permita estabilizar la situación y evitar una escalada mayor. Pero, ese objetivo convive con una restricción clave: la dificultad para alinear completamente a Israel.
El gobierno de Benjamín Netanyahu ha dejado en claro que no está dispuesto a frenar su ofensiva sobre el Líbano en los términos que exige Teherán. Esa divergencia introduce una tensión central: Washington negocia, pero no controla del todo el ritmo del conflicto en el terreno.
Del lado iraní, la estrategia es inversa pero, a la vez, complementaria. Teherán no rechaza la negociación, pero eleva el umbral de entrada antes de sentarse a la mesa, ya que exige un alto el fuego efectivo en territorio libanés, la liberación de activos congelados y amenaza con establecer peajes en el tránsito por el Estrecho de Ormuz. Son condiciones que, más que facilitar el diálogo, funcionan como herramientas de presión.
Los actores que no están en la mesa
El segundo límite —y probablemente el más determinante— es que los principales factores de desestabilización no participan directamente de la negociación.
Hezbollah, actor central en el frente libanés, no forma parte de las conversaciones, pero sí condiciona su viabilidad. Lo mismo ocurre con Israel, que, sin estar en la mesa, define el contexto con sus operaciones militares.
El resultado es una negociación parcialmente desacoplada de la dinámica real del conflicto. Mientras en Islamabad se discuten condiciones de distensión, sobre el terreno continúan los ataques, las represalias y la acumulación de costos humanos y políticos.
Europa, por su parte, intenta ampliar el marco. La jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, ha pedido incluir explícitamente al Líbano dentro del esquema de alto el fuego. Pero, la falta de una posición unificada (España es claramente pro-iraní, mientras el resto mantiene una ambigua neutralidad) y de capacidad de presión efectiva limita el impacto de esa iniciativa.
Qué puede salir (y qué no)
En este contexto, las expectativas deben ser calibradas con precisión.
En el escenario más favorable, la reunión podría producir avances acotados pero relevantes: consolidar el canal diplomático, establecer mecanismos de verificación del alto el fuego entre Estados Unidos e Irán y abrir la puerta a acuerdos puntuales, como una apertura consensuada del Estrecho de Ormuz y medidas económicas limitadas que satisfagan algunas aspiraciones del régimen iraní.
Pero incluso ese escenario positivo tendría un alcance limitado. No implicaría el fin del conflicto ni resolvería sus causas estructurales.
En el escenario contrario, el fracaso puede tomar varias formas: desde la no participación de Irán en la reunión en Islamabad hasta una ruptura temprana de las conversaciones, alimentada por la continuidad de los ataques en el Líbano o por nuevas exigencias cruzadas. En ese caso, la negociación no solo quedaría vaciada de contenido, sino que podría acelerar la dinámica de confrontación.
Sin duda, a Pakistán se llega luego de horas de una tregua imperfecta. Lo que está en juego en Islamabad no es una paz duradera, sino la posibilidad de administrar una crisis que sigue abierta.
La negociación se mueve en un margen estrecho. Suficiente para evitar un desborde inmediato, pero insuficiente para reordenar el tablero regional. En ese sentido, más que un punto de inflexión, la reunión aparece como un intento de ganar tiempo. Un mecanismo de contención en un conflicto que, lejos de cerrarse, sigue sumando actores, frentes y niveles de complejidad.