Por: Norma Lezcano - Revistaeyn.com
La Asamblea General de Naciones Unidas volverá a producir esta semana una de las imágenes más contradictorias de la política internacional: casi todos los gobiernos del mundo reunidos bajo un mismo techo, precisamente cuando el multilateralismo muestra menos capacidad para contener las guerras, hacer cumplir sus decisiones y ordenar la competencia entre las grandes potencias.
El debate general de la 81ª Asamblea, previsto del 22 al 28 de septiembre en Nueva York, congregará a cerca de 130 jefes de Estado y de Gobierno.
Donald Trump, Luiz Inácio Lula da Silva, Volodímir Zelenski, el iraní Masud Pezeshkian y la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, figuran entre las presencias de mayor peso político. No estarán, en cambio, Vladímir Putin ni Xi Jinping. Rusia será representada por su canciller, Serguéi Lavrov, y China por el vicepresidente Han Zheng.
La ausencia de Xi contiene una señal relevante: mientras los líderes pronuncian sus discursos en Naciones Unidas, el presidente chino viajará a Washington para reunirse con Trump el 24 de septiembre.
La ONU conserva, por tanto, su extraordinaria capacidad de convocatoria, pero ya no monopoliza la negociación del poder. Nueva York será al mismo tiempo escenario, termómetro y sala de espera de acuerdos que se cocinan en otros ámbitos.
Agenda visible: guerras sin salida y riesgos sin reglas
La agenda formal estará dominada por dos conflictos con efectos globales. La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán continúa tensionando Oriente Medio, las rutas marítimas y el mercado energético. Pezeshkian llegará a Nueva York en medio de versiones sobre una eventual vía de diálogo con Washington. Teherán niega que exista una reunión programada con funcionarios estadounidenses, aunque Trump ha dicho que estaría dispuesto a encontrarse con el mandatario iraní.
La sola presencia de ambos en la misma ciudad convertirá cada movimiento diplomático en una señal. Una conversación, un intermediario o incluso un encuentro que no ocurra podrán alterar las expectativas sobre una nueva escalada militar y, con ellas, el precio del petróleo.
Ucrania será el otro frente central. Zelenski buscará reforzar apoyos antes de otro invierno difícil, mientras Lavrov defenderá la posición rusa en una institución cuyo Consejo de Seguridad permanece bloqueado por el veto de Moscú. También estarán sobre la mesa Sudán, Gaza, el avance de los hutíes y la inseguridad alimentaria agravada por las restricciones al comercio en el mar Negro.
El Consejo de Presidentes de la Asamblea General llegó a la cita con una advertencia inusual: el unilateralismo está desplazando al multilateralismo y la ausencia de acuerdos verificables de control de armas alimenta una nueva carrera nuclear. "El riesgo —sostuvo— aumenta con el uso de inteligencia artificial, la discusión más abierta sobre armas nucleares tácticas y la erosión de las doctrinas tradicionales de disuasión".
La IA dejó así de ser solamente un asunto de innovación o productividad. En Nueva York será tratada como una cuestión de seguridad internacional: quién fija sus límites, cómo se notifican incidentes graves y si el mundo puede establecer reglas antes de que los sistemas más avanzados escapen al control efectivo de los Estados.
Agenda en las sombras: comercio, tecnología y zonas de influencia
El primer movimiento de esa agenda paralela ya ocurrió. El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, y el viceprimer ministro chino, He Lifeng, mantuvieron el domingo una reunión de unas ocho horas en Manhattan. Washington calificó el diálogo como “muy exitoso”; Pekín lo describió como sincero, profundo y constructivo.
Las partes avanzaron en dos carriles. El primero es una Junta de Comercio destinada a facilitar el intercambio de bienes no sensibles —productos de consumo, energía, bienes agropecuarios, dispositivos médicos y tecnología no crítica— fuera del núcleo más duro de aranceles y controles de exportación. El segundo es un posible mecanismo de notificación sobre incidentes de IA capaces de afectar la seguridad nacional.
El resultado no equivale a una distensión estratégica. Estados Unidos y China siguen enfrentados por Taiwán, los semiconductores, las tierras raras, las cadenas de suministro y el vínculo de Pekín con Irán. Pero revela un interés compartido: evitar que la rivalidad económica y tecnológica derive en un accidente difícil de contener.
Xi llega a su cita con Trump con una posición negociadora más firme que hace un año. Pese a la debilidad de la demanda interna y la prolongada crisis inmobiliaria, el superávit comercial chino se encamina a superar US$1 billón por segundo año consecutivo. Trump, en cambio, necesita mostrar resultados en comercio y precios antes de las elecciones legislativas de noviembre, mientras la guerra con Irán presiona la energía y erosiona su aprobación.
La conversación bilateral que más puede incidir sobre la economía mundial no ocurrirá, entonces, en el recinto de la Asamblea, sino en Washington. Es quizá la metáfora más exacta del momento: las instituciones multilaterales ofrecen legitimidad y representación; las potencias conservan las palancas de decisión.
América Latina busca espacio entre las potencias
La región llegará con prioridades propias, aunque sin una voz única. Lula abrirá, como es tradición, la ronda de discursos de los jefes de Estado y colocará la soberanía en el centro de su intervención. La presencia de Delcy Rodríguez, con la expectativa de algún contacto con Trump, puede abrir un capítulo relevante para Venezuela. También se espera la asistencia de mandatarios de Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador y Perú, mientras México y Colombia estarán representados por funcionarios de alto nivel.
Para Centroamérica, lo que ocurra en Nueva York y Washington no es diplomacia distante. La seguridad de las rutas marítimas incide en combustibles y fletes; la guerra en Ucrania repercute sobre alimentos y fertilizantes; la pulseada entre Estados Unidos y China condiciona inversiones, infraestructura y exportaciones; y las decisiones sobre IA determinarán el acceso futuro a tecnología, datos y capacidades productivas.
Los países pequeños necesitan reglas multilaterales porque carecen del poder para imponer condiciones por sí solos. Por eso, la crisis de la ONU no es una discusión abstracta para la región: un mundo organizado solamente mediante acuerdos entre potencias deja menos espacio de negociación a Centroamérica y al Caribe.
La sucesión de António Guterres, cuyo mandato concluye a finales de 2026, también se moverá en los pasillos. Su última Asamblea General como secretario general encontrará a la organización bajo presión financiera, cuestionada por su falta de resultados y obligada a demostrar que todavía puede convertir la conversación en acción.
Ese es, en última instancia, el verdadero examen de esta semana para Naciones Unidas: demostrar que puede impedir que un mundo reunido bajo su convocatoria continúe actuando como si estuviera fragmentado.