Por revistaeyn.com
Después de un 2025 dominado por anuncios grandilocuentes y promesas casi ilimitadas, la inteligencia artificial entra en una fase más exigente. El próximo año apunta menos al asombro y más al balance: qué funciona, qué no y quién gana o pierde con su adopción acelerada.
Lejos de ser una historia lineal de progreso, la IA avanza envuelta en contradicciones que revelan tanto sus límites técnicos como las tensiones sociales y económicas que la rodean.
Una de las preguntas más recurrentes gira en torno al empleo. La IA amenaza con automatizar tareas, pero al mismo tiempo abre la puerta a nuevas ocupaciones. Los datos más recientes sugieren que el mercado laboral no se encoge, sino que se reconfigura: habrá millones de puestos que desaparezcan y otros tantos que emerjan.
Paradójicamente, cuanto más sofisticadas se vuelven las máquinas, más valor parecen adquirir las habilidades humanas clásicas: pensamiento crítico, liderazgo, creatividad y empatía. El reto no es solo cuántos empleos habrá, sino quién podrá adaptarse a tiempo.
Otra tensión clave aparece en la productividad. La intuición dice que más tecnología equivale a mejores resultados inmediatos. La realidad es menos amable. Muchas empresas que incorporan IA atraviesan primero una etapa de caída en el desempeño: procesos que no encajan, personal sin formación suficiente y sistemas heredados que chocan con las nuevas herramientas.
Solo con el tiempo, y tras inversiones adicionales, llegan los beneficios. En el corto plazo, la IA puede incluso generar más trabajo, especialmente en tareas de supervisión, corrección y validación.
El tercer dilema se libra en el terreno de la información. La explosión de textos, imágenes y videos generados por IA está saturando el espacio digital. La frontera entre lo auténtico y lo artificial se difumina, y la desinformación se vuelve más barata y abundante.
Sin embargo, este exceso podría tener un efecto inesperado: revalorizar el contenido humano, verificable y transparente. En un océano de material genérico, la confianza puede convertirse en el activo más escaso y más valioso.
La relación de los jóvenes con la IA añade otra capa de complejidad. Aunque la Generación Z usa estas herramientas con frecuencia, también expresa inquietud: miedo a perder capacidad de pensamiento propio, ansiedad frente a un mercado laboral más exigente y preocupación por el impacto ambiental de la tecnología.
Muchos de los empleos de entrada, tradicionalmente clave para aprender y ganar experiencia, están siendo transformados o eliminados. Se espera que los jóvenes lleguen preparados, pero se les ofrecen menos espacios para formarse en la práctica.
Finalmente, está la paradoja energética. La IA consume enormes cantidades de electricidad y presiona infraestructuras ya tensionadas. Pero, al mismo tiempo, puede convertirse en una aliada para gestionar redes más inteligentes, integrar energías renovables y reducir desperdicios.
El desafío es evitar que su crecimiento se limite a aumentar la demanda y lograr que contribuya a un sistema energético más eficiente y sostenible.
En conjunto, estas contradicciones anticipan un 2026 menos ingenuo. La IA seguirá avanzando, pero su impacto dependerá menos de la potencia de los algoritmos y más de decisiones humanas: cómo se regula, cómo se integra y para quién se diseña. El futuro de la inteligencia artificial no será automático; será, sobre todo, una elección colectiva.
Con información del Foro Económico Mundial