Por revistaeyn.com
Cada inicio de año trae consigo una lista de promesas personales: hacer más ejercicio, leer más libros, reducir el tiempo frente al celular o mejorar la alimentación. Sin embargo, basta con que pasen unas semanas para que muchas de esas metas se diluyan. Lejos de ser una falta de voluntad, el problema podría estar en la forma en que planteamos nuestros propósitos, advierte la neurocientífica Anne-Laure Le Cunff.
Según la especialista, autora del libro Tiny Experiments: How to Live Freely in a Goal-Obsessed World, los objetivos rígidos y de largo alcance suelen fracasar porque parten de una ilusión de control. “Creemos que, si definimos una meta clara y trazamos un plan detallado, el éxito está garantizado”, ha explicado en distintas entrevistas.
No obstante, la vida cotidiana rara vez sigue un guion lineal, lo que provoca frustración y el clásico ciclo de repetir los mismos propósitos cada enero sin resultados visibles.
Ante este escenario, Le Cunff propone un cambio de enfoque: adoptar una mentalidad experimental. En lugar de imponerse metas ambiciosas y permanentes, sugiere probar pequeños hábitos a modo de ensayo, tal como lo haría un científico. La idea es simple: observar qué funciona, qué no y ajustar el rumbo a partir de la experiencia.
Estos “mini experimentos” se construyen con una fórmula sencilla: realizar una acción concreta durante un periodo definido. Por ejemplo, escribir unas cuantas líneas cada día por dos semanas, salir a caminar durante el almuerzo por un mes o dejar el teléfono fuera del dormitorio durante siete días. No se trata de impresionar a nadie, sino de explorar nuevas rutinas de forma realista.
Para que este método sea efectivo, el experimento debe cumplir cuatro condiciones: tener un propósito claro, ser viable con los recursos disponibles, mantenerse en el tiempo establecido y permitir un seguimiento.
Además, Le Cunff subraya la importancia de no juzgar la experiencia antes de concluirla. La incomodidad inicial es parte del proceso y también ofrece información valiosa.
Una vez finalizado el periodo, la persona puede decidir si ese hábito merece incorporarse a su vida diaria. Así, los cambios no se imponen por obligación, sino que surgen del aprendizaje personal.
Este enfoque contrasta con la tendencia a fijarse metas grandilocuentes como “hacer ejercicio todos los días del año” o “leer un libro por semana”. Ese tipo de anuncios, señala la neurocientífica, generan una recompensa inmediata en el cerebro —un pico de dopamina— al recibir elogios externos, pero pueden disminuir la motivación a largo plazo. En cambio, completar un pequeño experimento brinda una satisfacción más saludable: la de haber cumplido.
Al final, el éxito deja de medirse por alcanzar un resultado espectacular y pasa a definirse como la capacidad de aprender algo nuevo sobre uno mismo. En un mundo obsesionado con los objetivos, quizá la clave para cumplir los propósitos de Año Nuevo sea avanzar paso a paso, con curiosidad y sin presiones excesivas.
Con información de CNBC