Por Norma Lezcano – revistaeyn.com
Aunque digitada desde Washington, la transición en Caracas pivotea, por estas horas, sobre un trípode integrado por tres figuras femeninas.
Ellas han emergido con roles distintos pero interconectados en el escenario nacional e internacional: María Corina Machado, la líder opositora; Delcy Rodríguez, presidenta interina; y Laura Dogu, representante diplomática de Estados Unidos en Caracas.
Cada una encarna su propia agenda: en un caso, el retorno político; en otro, la consolidación del poder local; y en el rol de la tercera incorporada al juego, la reconfiguración de relaciones exteriores. En medio de ese complejo cruce de coordenadas se está dando forma al futuro próximo de Venezuela.
Acción sin pausa
Aunque no actúan deliberadamente en coordinación, el último fin de semana de enero, estas tres damas empujaron el proceso de transición, en una aparente búsqueda de estabilizar el país sin romper el delicado equilibrio entre poder interno y legitimidad externa.
Por un lado, Delcy Rodríguez anunció este viernes 30 de enero que su gestión impulsará una amnistía general y cerrará la temida cárcel del Helicoide, sede del servicio de inteligencia (Sebin) en Caracas. “Hemos decidió impulsar una ley de amnistía general que cubra todo el período de violencia política de 1999 al presente", informó Rodríguez. La ley, que debe ser discutida en el Parlamento de mayoría oficialista, excluiría a “personas implicadas en homicidio, narcotráfico, corrupción o violaciones graves de derechos humanos”.
¿Qué busca Delcy con esta medida? Hacia adentro, descomprime presión social y reduce el costo reputacional del aparato represivo heredado del chavismo. El cierre del Helicoide funciona como un mensaje: el nuevo poder quiere marcar distancia del período más oscuro del régimen. Quedan dudas de si se desmontarán completamente sus estructuras al no estar acompañada esta decisión (al menos por ahora) por una transformación judicial y constitucional. Daría la impresión de que Delcy, en realidad, está ganando tiempo.
Hacia afuera, la amnistía habla directamente a Washington. No es casual el timing: el anuncio ocurre apenas horas antes de la llegada de Laura Dogu y en un momento en que Estados Unidos necesita mostrar que su intervención produjo “cambios concretos”. Liberar presos políticos, aun parcialmente, es la moneda mínima aceptable para sostener un relato de transición ordenada.
La diplomacia del control
La llegada de Laura Dogu a Caracas no es un gesto de amabilidad con la presidencia interina, sino de auditoría política a su gestión. Dogu llegó a Caracas este fin de semana para reabrir oficialmente la misión estadounidense, cerrada desde 2019.
Dogu no aterriza como embajadora plena, sino como encargada de negocios: una figura intermedia, flexible, con margen para negociar sin comprometer todo el capital diplomático estadounidense. Su misión es específica: verificar cumplimiento, evaluar el estado real del poder chavista post-Maduro y reportar si Delcy es una administradora confiable del proceso.
Con el desembarco de Dogue en Caracas, Estados Unidos ya no opera solo desde sanciones, declaraciones o intermediarios regionales: vuelve a estar en el terreno, observando, midiendo, condicionando.
María Corina: el factor incómodo
En este escenario, María Corina Machado aparece como la figura que desordena el guión. Y ella pone énfasis para que la presidenta interina recuerde que es una pieza del juego, digitada y transitoria.
Este domingo, María Corina afirmó: “No creo que mi vida corra peligro si regreso a Venezuela”, y ello gracias a la “presión que Estados Unidos ejerce sobre el Gobierno interino encabezado por Delcy Rodríguez”, señaló.
“Las cosas están cambiando muy rápido en Venezuela. Si me hubieran capturado antes de irme, probablemente me habrían desaparecido o algo peor”, declaró en una entrevista con la cadena CBS.
Su eventual regreso a Venezuela introduce una variable difícil de administrar tanto para Delcy Rodríguez como para Washington. Machado no encaja del todo en la lógica de “transición administrada”: representa una oposición con legitimidad popular, discurso frontal y expectativas de elecciones reales.
Para la Casa Blanca, su figura es ambivalente. Por un lado, simboliza la narrativa democrática que Estados Unidos dice defender; por otro, puede desestabilizar un proceso que hoy prioriza orden, petróleo y control migratorio.
Que Trump la elogie públicamente, pero al mismo tiempo destaque la “buena gestión” de Delcy Rodríguez, no es contradicción: es ambigüedad estratégica. Washington no se casa aún con ningún desenlace.
Así las cosas, lo que presenta Venezuela es la fotografía de una transición que no es clásica y menos aún es el de una restauración democrática inmediata. Antes bien, parece un modelo híbrido, donde:
-Delcy Rodríguez administra el poder y ejecuta gestos calibrados en una suerte de negociación progresiva con Trump para comprar días de libertad personal y la de su círculo de allegados.
-Laura Dogu, en nombre de Estados Unidos, observará y auditará para ir dosificando señales de legitimación.
-María Corina Machado continuará presionando desde afuera (y pronto, quizá, desde adentro).
Con cada jugada, Venezuela parece moverse hacia una etapa de normalización política mínima, suficiente para reinsertarse en el tablero internacional, pero todavía lejos de una democracia plena.