Por revistaeyn.com / Agencias
La transición política en Venezuela entró en una fase decisiva tras una serie de movimientos simultáneos de la administración de Donald Trump, que reflejan tanto la complejidad del escenario interno venezolano como las tensiones entre pragmatismo geopolítico y respaldo democrático.
En menos de 48 horas, la Casa Blanca avanzó en dos frentes que difícilmente pueden coexistir sin fricciones: por un lado, Trump mantuvo una larga conversación telefónica con la presidenta interina Delcy Rodríguez, a quien calificó como “formidable” y con quien abordó temas de petróleo, comercio, minerales y seguridad. Por otro, recibió por primera vez en la Casa Blanca a la líder opositora y Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, a quien dijo haber quedado “muy impresionado” y con quien aseguró que seguirá en contacto.
Ambos gestos, lejos de ser contradictorios, evidencian el intento de Washington por administrar una transición ordenada, aunque políticamente incómoda, en un país fracturado y con fuertes intereses estratégicos en juego.
Delcy: estabilidad, petróleo y control del proceso
Desde la óptica estadounidense, Delcy Rodríguez representa hoy una figura de contención y gobernabilidad inmediata tras la captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero. La reunión en Caracas entre Rodríguez y el director de la CIA, John Ratcliffe, confirmó que Washington apuesta, al menos en esta etapa, por un canal institucional que permita avanzar en seguridad, cooperación económica y reapertura energética.
Según fuentes citadas por The New York Times y CNN, el mensaje de Ratcliffe fue claro: Venezuela no puede seguir siendo refugio de adversarios de Estados Unidos ni de redes de narcotráfico, y el nuevo vínculo bilateral dependerá de resultados concretos. En paralelo, el gobierno interino ha pactado el envío de crudo a EE.UU. y la apertura de la industria petrolera a la inversión extranjera, un giro impensado meses atrás.
Para Trump, la relación con Rodríguez “anda muy bien” y forma parte de una asociación que podría ser “espectacular para todos”, en sus propias palabras. Sin embargo, esta apuesta por la estabilidad también implica costos políticos, especialmente frente a la oposición democrática venezolana.
María Corina: legitimidad y futuro democrático
La recepción de María Corina Machado en la Casa Blanca marcó un cambio simbólico relevante. Aunque hasta ahora había sido excluida formalmente del proceso de transición, Trump no solo la elogió públicamente, sino que confirmó que seguirá dialogando con ella.
Machado, quien vivió un año en la clandestinidad y salió de Venezuela en diciembre para recibir el Nobel de la Paz, fue tajante tras su encuentro con el mandatario estadounidense: Delcy Rodríguez “no está en un acuerdo, solo cumple órdenes”, y no representa al pueblo venezolano. Para la líder opositora, la captura de Maduro demostró que solo una amenaza real y creíble podía abrir la puerta al cambio político.
En Washington, Machado se mostró confiada en que Venezuela atraviesa “los primeros pasos de una verdadera transición hacia la democracia”, aunque evitó hablar de plazos. Su objetivo declarado es regresar al país junto con Edmundo González Urrutia, el candidato que la oposición y parte de la comunidad internacional consideran ganador de las elecciones de 2024.
La entrega de la medalla del Premio Nobel de la Paz a Trump, un gesto cargado de simbolismo político, fue interpretada por algunos analistas como un intento de alinear intereses personales y estratégicos del presidente estadounidense con la causa democrática venezolana, aunque no sin riesgos para la propia Machado.
Equilibrios inestables
El escenario que se abre plantea una tensión central: Delcy Rodríguez y María Corina Machado no pueden coexistir indefinidamente como pilares del mismo proceso de transición. La primera encarna el orden, la administración del poder y la interlocución inmediata con Washington; la segunda, la legitimidad democrática, el respaldo popular y la promesa de ruptura definitiva con el chavismo.
Para Estados Unidos, articular esta transición será una obra de alta diplomacia y realpolitik. Apostar solo por la estabilidad podría erosionar la credibilidad democrática del proceso; hacerlo exclusivamente por la oposición podría generar vacíos de poder y riesgos de desestabilización.
La simultaneidad de los gestos de Trump —la llamada con Rodríguez y el encuentro con Machado— sugiere que la Casa Blanca busca ganar tiempo, ordenar intereses y preparar el terreno para una definición más clara. Pero el margen para la ambigüedad no es infinito.
El desafío para Washington y para Venezuela
Venezuela se encuentra, según coinciden analistas y actores políticos, ante un punto de inflexión histórico. La transición ya no es una hipótesis, pero su desenlace sigue abierto. La pregunta central no es si habrá cambio, sino quién lo liderará, bajo qué condiciones y con qué grado de legitimidad interna e internacional.
En ese delicado tablero, Trump emerge como el árbitro externo más influyente, mientras Delcy Rodríguez y María Corina Machado representan dos caminos que, tarde o temprano, deberán converger o enfrentarse. El éxito —o fracaso— de esa articulación definirá no solo el futuro político de Venezuela, sino también el equilibrio geopolítico en el Caribe y América Latina.