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ANÁLISIS |Trump hace del comercio un arma contra la Fed: ¿Realpolitik o golpe de impacto?

El presidente amenaza con suspender el comercio con los países que mantienen superávit frente a Estados Unidos si la Reserva Federal no reduce las tasas. La medida difícilmente corregiría el déficit comercial y podría elevar precios, debilitar el consumo y deteriorar la inversión.

2026-09-04

Por: Norma Lezcano - Revistaeyn.com

Donald Trump encontró una nueva función para la política comercial: presionar a la Reserva Federal.

El presidente de Estados Unidos amenazó con interrumpir el comercio con aquellos países que venden al mercado estadounidense más de lo que compran si la Fed no reduce las tasas de interés.

La advertencia, difundida después de un informe de empleo mucho más sólido de lo previsto, une dos instrumentos que responden a problemas diferentes: las tasas regulan la demanda y las condiciones financieras; el comercio determina, entre otras cosas, el acceso de empresas y consumidores a bienes, insumos y mercados.

“Bajen la tasa o dejaré de comerciar con los países con los que tenemos déficit”, escribió Trump, quien presentó esa posibilidad como una herramienta incluso “mejor que los aranceles”, informaron este viernes las agencias internacionales.

La frase tiene la potencia política habitual del mandatario. Como política pública, sin embargo, abre más contradicciones que soluciones.

Si su objetivo es abaratar el crédito, estimular la inversión y mejorar el poder adquisitivo, restringir el comercio podría producir el efecto contrario: aumentar los costos, alterar las cadenas de suministro y obligar a las empresas a postergar inversiones ante un escenario de mayor incertidumbre.

Una amenaza dirigida a la Fed

La declaración de Trump llegó después de que Estados Unidos sumara 162.000 empleos en agosto, frente a un promedio mensual de apenas 31.000 durante los doce meses anteriores. La tasa de desempleo se mantuvo en 4,1%, de acuerdo con la Oficina de Estadísticas Laborales.

En circunstancias normales, un mercado laboral más fuerte de lo previsto reduce la urgencia de recortar las tasas. Si la economía continúa generando empleo y la inflación permanece por encima de la meta, la Fed tiene margen para esperar o, si detecta nuevas presiones sobre los precios, incluso endurecer su política.

Eso explica por qué la advertencia comercial está dirigida menos a los socios de Estados Unidos que al presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, y al resto de los integrantes del Comité Federal de Mercado Abierto.

Trump sostiene que Estados Unidos, por su fortaleza crediticia, debería tener una de las tasas de interés más bajas del mundo. Pero la política monetaria no establece el costo del dinero como un premio a la solvencia de un país. La tasa debe responder a la inflación, el empleo y las expectativas sobre el comportamiento futuro de ambas variables.

En su reunión de julio, la Fed mantuvo su tasa de referencia en un rango de entre 3,50% y 3,75%. La decisión no fue especialmente moderada: tres miembros del comité preferían elevarla en un cuarto de punto.

El banco central reconoció que la actividad económica seguía expandiéndose a un ritmo sólido y que la inversión y la productividad mostraban fortaleza. Sin embargo, también advirtió que la inflación permanecía por encima de su objetivo del 2%, en parte debido a perturbaciones de oferta que habían elevado los precios energéticos. La declaración de la Fed concluyó con un compromiso explícito de restablecer la estabilidad de precios.

La última medición disponible ubicó la inflación anual en 3,4% en julio. Aunque la inflación subyacente se moderó a 2,5%, el índice de energía acumulaba un aumento de 14,7% y la gasolina, uno de 24,6%, según los datos oficiales.

Trump no amenaza con restringir el comercio porque la inflación esté bajo control. Lo hace precisamente cuando la persistencia de algunos aumentos de precios dificulta que la Fed reduzca las tasas a la velocidad que la Casa Blanca desea.

¿Qué busca realmente Trump?

La ofensiva persigue al menos cuatro objetivos.

El primero es reducir el costo del financiamiento para hogares y empresas. Tasas más bajas aliviarían las hipotecas, el crédito corporativo, las tarjetas y el financiamiento de inversiones.

El segundo es reducir la carga financiera del Gobierno federal. Con una deuda pública superior a los US$40 billones, cada refinanciamiento a tasas elevadas presiona el presupuesto y restringe el espacio fiscal.

El tercero es debilitar al dólar. Una moneda menos apreciada puede abaratar las exportaciones estadounidenses y encarecer las importaciones, contribuyendo potencialmente a reducir el déficit comercial.

El cuarto es político: responsabilizar a la Fed y a los socios comerciales de las dificultades que todavía perciben los consumidores, especialmente en vivienda, crédito y costo de vida.

La amenaza también permite a Trump recuperar iniciativa después de que la Corte Suprema limitara el principal instrumento de su ofensiva comercial. En febrero, el tribunal resolvió que la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional no autoriza al presidente a imponer aranceles.

La sentencia de la Corte Suprema recordó que la facultad constitucional para establecer impuestos y aranceles corresponde al Congreso y que el Ejecutivo no posee una autoridad inherente e ilimitada para hacerlo durante tiempos de paz.

El fallo, no obstante, reconoció que la legislación de emergencia permite al presidente bloquear o prohibir determinadas importaciones y exportaciones cuando existe una amenaza extraordinaria. Trump intenta apoyarse ahora en esa distinción para argumentar que, si no puede gravar indiscriminadamente el comercio, podría restringirlo.

Pasar de esa interpretación a detener el intercambio con decenas de países sería otra cosa. Una prohibición de semejante alcance enfrentaría impugnaciones legales, resistencia empresarial y un costo económico difícil de administrar.

El déficit comercial no es una factura impaga

La premisa de Trump es que un país que mantiene un superávit comercial frente a Estados Unidos está obteniendo una ventaja a expensas de la economía estadounidense. Pero una balanza bilateral negativa no demuestra, por sí sola, que Washington esté perdiendo.

Estados Unidos importa más de determinados países porque sus consumidores y empresas demandan bienes que esos mercados producen competitivamente. A cambio, los países exportadores reciben dólares que luego pueden utilizar para comprar productos, servicios o activos estadounidenses.

La economía estadounidense registró en julio un déficit de bienes y servicios de US$88.600 millones, 24,4% superior al de junio. Las exportaciones bajaron a US$310.700 millones y las importaciones crecieron hasta US$399.300 millones, informó la Oficina de Análisis Económico.

El dato parece respaldar la preocupación de Trump, pero su composición cuenta una historia más compleja. Buena parte del incremento de las importaciones correspondió a bienes de capital: computadoras, accesorios informáticos y semiconductores. Es decir, productos que las compañías estadounidenses utilizan para invertir, ampliar capacidad y desarrollar la infraestructura de inteligencia artificial.

Cerrar ese comercio podría reducir mecánicamente las importaciones, pero también reduciría la inversión que necesita la economía para elevar su productividad.

Además, Estados Unidos conserva un importante superávit en servicios y registra balances positivos con numerosos mercados. Durante el segundo trimestre mantuvo, por ejemplo, un superávit conjunto de US$21.700 millones con América del Sur y Centroamérica.

Por qué los aranceles no resuelven el desequilibrio

El déficit comercial agregado no surge únicamente de las políticas aplicadas por los demás países. También refleja la diferencia entre el ahorro y la inversión dentro de Estados Unidos.

Cuando una economía consume e invierte más de lo que ahorra, necesita financiamiento exterior. Ese ingreso de capital tiene como contrapartida un déficit en la cuenta corriente y, con frecuencia, una moneda más fuerte que estimula las importaciones.

Maurice Obstfeld, ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional y profesor emérito de la Universidad de California en Berkeley, sostiene que las políticas comerciales pueden modificar exportaciones e importaciones individualmente, pero no son el principal determinante de la diferencia entre ambas.

En su investigación “The US Trade Deficit: Myths and Realities”, Obstfeld advierte que déficits fiscales federales más elevados pueden ampliar el déficit comercial incluso si el Gobierno aumenta los aranceles.

La razón es relativamente sencilla: un mayor desequilibrio fiscal reduce el ahorro nacional y obliga a atraer más capital extranjero. Los aranceles pueden desplazar las compras desde un país hacia otro, pero no eliminan esa necesidad de financiamiento.

Para corregir de forma duradera el déficit comercial, Washington tendría que actuar también sobre sus cuentas públicas, el ahorro interno, la productividad y la competitividad de sus exportaciones. Detener el comercio no sustituye esas reformas.

¿Qué ocurriría con los precios internos?

Una restricción comercial alteraría los precios relativos de manera rápida y desigual.

Los bienes importados afectados se encarecerían o desaparecerían temporalmente. Los productores estadounidenses que compiten con esas importaciones ganarían espacio para elevar sus precios. Y las compañías que utilizan componentes extranjeros enfrentarían mayores costos de producción.

El impacto no quedaría limitado a televisores, teléfonos, ropa o automóviles. Estados Unidos importa semiconductores, maquinaria, medicamentos, minerales, piezas industriales y equipos utilizados por sus propias fábricas.

Una investigación publicada en mayo por economistas vinculados a la Reserva Federal analizó el efecto de los aranceles de 2025 sobre las compras de más de 125.000 hogares. El estudio encontró que, en las categorías con mayor exposición, los precios aumentaron entre 1% y 2%, mientras el gasto real cayó alrededor del 4%.

El trabajo, titulado “Paying More and Buying Less”, concluyó además que los hogares de menores ingresos soportaron una carga proporcionalmente mayor, porque tienen menos margen para sustituir productos o reorganizar su consumo.

La experiencia muestra que el ajuste no ocurre solamente mediante precios más altos. Los consumidores también compran menos, migran hacia productos de inferior calidad o eliminan gastos no esenciales.

Una interrupción completa del comercio sería considerablemente más severa que un arancel. Podría producir escasez, cierres temporales de plantas y una reorganización apresurada de proveedores.

Inflación no es exactamente lo mismo que precios más altos

Existe un matiz importante. Un arancel o una prohibición comercial pueden provocar un aumento único del nivel de precios sin generar necesariamente una inflación creciente de manera indefinida.

Pero ese primer aumento puede convertirse en inflación más persistente si se extiende a salarios, expectativas, servicios y otros costos. El riesgo sería mayor si, al mismo tiempo, la Fed redujera las tasas y estimulara la demanda.

Aquí aparece la principal incoherencia de la estrategia de Trump: pretende utilizar una perturbación negativa de oferta para obligar al banco central a relajar la política monetaria.

Si el comercio se restringe, la capacidad productiva efectiva de la economía disminuye. Hay menos bienes disponibles o se vuelve más costoso fabricarlos. Bajar las tasas en ese contexto puede impulsar el gasto sin resolver el problema de oferta, reforzando las presiones sobre los precios.

En el corto plazo, una ruptura comercial extrema también podría contraer tanto el consumo y la inversión que terminara debilitando la inflación. Pero ese resultado no sería una victoria: significaría controlar los precios mediante una economía más pobre y una demanda deprimida.

Mucha presión, poco diseño

La amenaza de Trump puede funcionar como instrumento de negociación. Eleva la presión sobre la Fed, obliga a los socios comerciales a responder y mantiene al presidente en el centro de la conversación económica.

Pero no constituye, en los términos expresados, una política pública bien diseñada.

Mezcla el déficit comercial con las tasas de interés, atribuye a otros países un desequilibrio que también nace de las decisiones fiscales estadounidenses y propone una restricción de oferta para combatir los costos elevados del crédito.

Trump identifica problemas reales: el déficit, la pérdida de capacidad manufacturera, la dependencia externa y el peso de las tasas sobre hogares, empresas y Gobierno. Su respuesta, sin embargo, privilegia el impacto inmediato sobre la coherencia económica.

La economía real no necesita únicamente medidas fuertes. Necesita medidas cuyos instrumentos guarden relación con sus objetivos.

Suspender el comercio puede reducir las importaciones. Pero hacerlo a costa de encarecer la producción, reducir el consumo y desorganizar la inversión no equivale a fortalecer la economía.

Puede ser una demostración de poder. Difícilmente sea una estrategia de prosperidad.

Norma Lezcano
Norma Lezcano
Editora adjunta

Periodista especializada en economía y negocios. Consultora experta en Comunicación y Gestión del Cambio en Entornos Digitales. Lideró equipos en medios gráficos de Argentina y Centroamérica. Se desempeñó como investigadora para medios de México. A lo largo de su carrera, trabajó en La Voz del Interior y Perfil Córdoba (Argentina); Expansión, CNNExpansión y BizNews (México), entre otros. También ha sido docente universitaria en temas de Gestión de Contenidos Digitales. Su formación incluye becas y especializaciones en instituciones como el Tecnológico de Monterrey, la Universidad de Columbia y la Fundación Reuters.

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