Por: Jaime García (*)
El Índice de Progreso Social (IPS), creado inicialmente por Michael Porter, Scott Stern y Roberto Artavia, es una medida integral del bienestar de las sociedades basada exclusivamente en indicadores sociales y ambientales que, a diferencia de métricas económicas tradicionales como el Producto Interno Bruto (PIB), se centra en el tipo de vida que experimentan las personas en su día a día.
El IPS evalúa el desempeño de 171 países a partir de 57 indicadores organizados en 12 componentes y tres dimensiones fundamentales: Necesidades Humanas Básicas (nutrición y cuidados médicos, agua y saneamiento, vivienda y seguridad), Fundamentos del Bienestar (educación básica, acceso a información y comunicaciones, salud y calidad ambiental) y Oportunidades (derechos y voz, libertad y elección, sociedad inclusiva y educación avanzada).
Más allá de medir resultados, el IPS fue concebido como una hoja de ruta basada en evidencia para apoyar a líderes de gobierno, empresas y sociedad civil en la priorización de inversiones y políticas públicas que impacten de forma directa y sostenible el bienestar colectivo y la prosperidad de las personas.
El contexto global: señales de alarma
Al analizar 15 años de datos, el Índice de Progreso Social 2026 revela una verdad incómoda: el mundo atraviesa un estancamiento en áreas clave del desarrollo humano, y América Latina no es ajena a esta tendencia global.
Desde 2021, el progreso social a nivel mundial muestra señales claras de estancamiento. Esta desaceleración ha sido impulsada por retrocesos en componentes críticos como Salud, Derechos, Seguridad y Calidad Ambiental. Al mismo tiempo, el ritmo histórico de mejora se ha frenado de manera significativa en áreas fundamentales de infraestructura social, como Agua y Saneamiento, y Vivienda.Y de hecho, en el último año, solo 36 países registraron mejoras significativas en su desempeño general, mientras que 50 países retrocedieron, confirmando una tendencia global de fragilidad en el progreso social.
En esta edición del IPS, el panorama global muestra que Europa domina la cima con Noruega (1º), Irlanda (8º), Alemania (11º), Eslovenia (16º), Estonia (17º) y el Reino Unido (18º), mientras que en Asia sobresalen Japón (14º) y Singapur (16º). En Norteamérica, Canadá (22º) supera a Estados Unidos (32º), ubicándose ambos en un segundo nivel de progreso. En África destaca Mauricio (56º), posicionado muy por delante de Sudáfrica (91º), Nigeria (138º) y Etiopía (151º).
América Latina: un balance de claroscuros
Nuestra región presenta un desempeño promedio de 69,81 puntos de 100 puntos posibles, notablemente superior al promedio mundial de 63,75. Pero esta cifra esconde realidades profundamente desiguales:
• Líderes regionales (sobre el promedio latinoamericano y mundial): Chile (79,50), Uruguay (79,33) y Costa Rica (78,85) encabezan el ranking regional, acompañados por Argentina, Brasil, y Panamá. Estos países demuestran que es posible alcanzar estándares elevados de bienestar social.
• Desempeño medio (igual o menor al promedio latinoamericano, sobre el mundial): Colombia (69,81), México (68,73), Paraguay, Perú, República Dominicana y Ecuador conforman un bloque intermedio que, aunque supera el estándar global, aún está rezagado frente a los líderes regionales.
• Grupo rezagado (bajo el promedio mundial): Bolivia (63,24), El Salvador, Honduras, Guatemala, Nicaragua y Venezuela (57,32) enfrentan los déficits más marcados, alejándose significativamente de los estándares de bienestar del continente.
El talón de Aquiles de nuestra región
El dato más crítico para nuestra región, de los 12 componentes del IPS revela una paradoja preocupante: mientras América Latina ha experimentado avances notables en Información y Comunicaciones —con mayor acceso a internet, telefonía móvil y conectividad digital—, la región obtiene su puntaje promedio más bajo en Educación Avanzada, con apenas 43,22 sobre 100.
Esta brecha expone una contradicción fundamental del modelo de desarrollo regional: hemos construido la infraestructura digital del siglo XXI, pero no estamos formando el capital humano capaz de aprovecharla plenamente. Tenemos smartphones en las manos, pero carecemos del talento avanzado necesario para crear las aplicaciones, diseñar los algoritmos o liderar las empresas tecnológicas que definen la economía del conocimiento.
En un mundo donde la inteligencia artificial, la automatización y la economía digital reconfiguran radicalmente las cadenas de valor globales, esta asimetría representa un riesgo estratégico existencial.
La conectividad sin capacidad de creación e innovación convierte a las sociedades en consumidoras perpetuas de tecnología producida en otros lugares, incapaces de capturar el valor agregado que genera la economía del conocimiento.
Implicaciones para las empresas
Para el sector privado latinoamericano, la brecha en capital humano avanzado se traduce en un desafío competitivo cada vez más evidente. La escasez estructural de talento especializado limita la adopción de tecnologías emergentes, frena transformaciones digitales profundas y reduce la capacidad de competir en mercados globales cada vez más sofisticados.
Como resultado, muchas empresas se ven obligadas a asumir internamente la formación de su personal, incurriendo en costos que en otras regiones son absorbidos por sistemas educativos más sólidos. A esto se suma el estancamiento en la calidad institucional y en componentes clave de la dimensión de Oportunidades, lo que incrementa los riesgos operativos, afecta la estabilidad del entorno de negocios y reduce la previsibilidad necesaria para inversiones de largo plazo.
Un llamado a la acción
El Índice de Progreso Social 2026 envía un mensaje claro: el crecimiento económico, por sí solo, no garantiza el progreso. Para América Latina, el desafío es avanzar hacia un modelo que combine crecimiento con bienestar colectivo de manera sostenible.
Esto implica reconocer que la infraestructura estratégica del siglo XXI no se limita a carreteras y puertos, sino que incluye universidades de calidad, sistemas de innovación robustos y la capacidad de formar talento avanzado. La región ha logrado avances importantes en lo básico, pero enfrenta ahora un reto impostergable: fortalecer sus instituciones, cerrar la brecha digital e invertir de forma decidida en las capacidades de su gente.
En ese esfuerzo se define no solo la competitividad empresarial, sino la prosperidad y el futuro de la región.
(*) Director de Impacto & Sostenibilidad (INCAE)