Por revistaeyn.com
La economía mundial cerró 2025 con una capacidad de resistencia que sorprendió a muchos analistas. A pesar de un entorno cargado de incertidumbre —marcado por giros profundos en la política de Estados Unidos y episodios de tensión geopolítica— la actividad productiva y los mercados financieros lograron mantenerse en pie, con la excepción de algunos sobresaltos puntuales.
De cara a 2026, S&P Global Market Intelligence proyecta un escenario similar: un crecimiento global cercano a su ritmo potencial, aunque lejos de estar asegurado.
El principal mensaje de la firma es claro: la solidez observada no debe darse por sentada. Riesgos que antes se consideraban poco probables han ganado peso.
Las fricciones entre Estados Unidos y Europa, con Groenlandia como punto de fricción simbólico, o la posibilidad de nuevas sanciones comerciales vinculadas a Irán, ilustran un entorno donde los choques externos pueden materializarse con mayor facilidad. A esto se suma la duda sobre cuánto del dinamismo actual responde al fuerte gasto asociado a la inteligencia artificial, un impulso que podría estar ocultando fragilidades más profundas.
La geopolítica ha vuelto al centro del tablero en este inicio de año. Los acontecimientos en Venezuela e Irán, así como la postura de Washington frente a ambos, han incrementado la volatilidad en los mercados financieros y de materias primas, señala S&P Global Market Intelligence.
El reciente repunte del precio del petróleo, por ejemplo, contradice parte de las previsiones para 2026, que apuntaban a una mayor oferta, inflación a la baja y un entorno más favorable para la flexibilización monetaria. Aunque S&P no ha modificado de forma sustancial sus proyecciones, reconoce que el margen de error es hoy más amplio.
En cuanto al crecimiento del PIB, el escenario base contempla desaceleraciones en varias economías clave, entre ellas China continental, India, Canadá, Brasil, la eurozona y el Reino Unido. Las causas varían, pero comparten elementos comunes: el impacto rezagado de los aranceles aplicados en 2025 y la necesidad de reequilibrar motores de crecimiento, especialmente en China y Europa.
Aun así, el pronóstico no es de crisis abruptas, sino de una moderación gradual, apoyada por menores presiones inflacionarias y tipos de interés más bajos. La política fiscal, sin embargo, jugará un papel desigual: será un estímulo en países como Estados Unidos, Japón o Alemania, y un freno en otros como Francia y Reino Unido.
Para la economía estadounidense, S&P ha ajustado levemente al alza su expectativa de crecimiento, respaldada por datos de actividad más sólidos de lo previsto. El mercado laboral, en cambio, muestra señales mixtas: creación de empleo débil, pero con una tasa de desempleo que se mantiene contenida, lo que refuerza la idea de un mercado de “baja contratación y pocos despidos”.
Finalmente, los indicadores adelantados, como los índices PMI, sugieren que el impulso global empieza a perder fuerza. Si bien todavía apuntan a un crecimiento cercano al potencial, las expectativas empresariales se han debilitado. Las próximas lecturas serán clave para confirmar si la economía global mantiene el equilibrio o comienza a ceder ante un entorno cada vez más complejo.