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ANÁLISIS. Crisis del poder: por qué la sociedad dejó de creer en quienes la gobiernan

La desconfianza en gobiernos, partidos e instituciones ya no es un malestar pasajero: es un cambio de época. En América Latina, esa erosión se volvió más intensa por la combinación de Estado débil, corrupción y fragmentación social. Este análisis propone siete motores que se retroalimentan y explican por qué la legalidad ya no garantiza autoridad.

2026-01-13

Por Norma Lezcano /revistaeyn.com

Durante décadas, el poder se sostuvo sobre una premisa básica: las instituciones podían fallar, pero seguían siendo creíbles. Hoy, esa premisa se quebró.

Gobiernos electos, partidos históricos, parlamentos, organismos multilaterales, medios de comunicación tradicionales e incluso empresas líderes enfrentan una erosión profunda de legitimidad. No se trata solo de desaprobación coyuntural: lo que está en crisis es la creencia social de que esos poderes merecen autoridad.

América Latina y Centroamérica no son la excepción, sino un laboratorio más de este fenómeno global. Lo que hoy se observa en democracias consolidadas —desconfianza, polarización, voto antisistema, descreimiento institucional—lleva décadas incubándose, con rasgos más crudos y persistentes.

La pregunta ya no es si existe una crisis de legitimidad, sino por qué se volvió estructural.

Cuando la legalidad ya no alcanza

Las sociedades modernas no obedecen solo porque una autoridad sea legal, sino porque la perciben como justa, competente y representativa. Ese delicado equilibrio —lo que pensadores como Immanuel Wallerstein o David Harvey llamarían parte del “orden” que sostiene al sistema— se está resquebrajando.

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La pérdida de legitimidad no responde a una causa única. Es el resultado de siete motores que se refuerzan entre sí, generando una espiral de desconfianza difícil de revertir.

Los siete motores que erosionan la legitimidad

1. El déficit de resultados: el Estado promete más de lo que cumple

La legitimidad moderna se renueva por desempeño. Seguridad, empleo, inflación, servicios públicos, infraestructura, salud. Cuando estos indicadores fallan de forma persistente, la confianza se erosiona.

En América Latina, la situación es aún más sensible: Estados con capacidades limitadas enfrentan demandas crecientes, expectativas infladas y shocks recurrentes. El resultado es una percepción extendida de ineficacia crónica. La política deja de ser solución y pasa a ser parte del problema.

2. La crisis de representación: “no me escuchan”

Cada vez más ciudadanos sienten que nadie los representa realmente. Los partidos se perciben como elites cerradas, intercambiables, desconectadas de la vida cotidiana.

Aquí opera una ruptura clave del contrato social: aunque existan elecciones, la voz social no se traduce en decisiones. Como advierte John Agnew, la soberanía ya no se ejerce de forma clara ni territorialmente definida, y eso debilita el vínculo entre ciudadanía y poder.

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3. Desigualdad e injusticia percibida: el sistema parece “arreglado”

No es solo cuánto se gana, sino qué tan justo parece el reparto. Cuando amplios sectores sienten que el sistema beneficia siempre a los mismos —corporaciones, elites políticas, grupos concentrados— la legitimidad se vuelve insostenible.

David Harvey explica este proceso como una acumulación de frustraciones derivadas de décadas de desigualdad, precarización y desposesión. En América Latina, donde la movilidad social se estancó, esta percepción es especialmente corrosiva.

4. Corrupción y captura institucional: el poder deja de parecer público

La corrupción actúa como un ácido institucional. No solo daña recursos; rompe el sentido de bien común. Cada escándalo refuerza la idea de que el Estado no gobierna para la sociedad, sino para intereses privados.

En América Latina, la captura institucional —por redes políticas, económicas o criminales— convierte a muchas instituciones en estructuras legales sin legitimidad real.

5. Polarización e identidades enfrentadas: la política como guerra cultural

La política dejó de ser un espacio de negociación para convertirse en un campo de batalla identitario. El adversario ya no se equivoca: es ilegítimo.

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Yves Lacoste y Robert Kaplan ayudan a entender este fenómeno desde la geopolítica: cuando los conflictos simbólicos reemplazan a los materiales, las reglas del juego pierden consenso. La polarización no solo bloquea decisiones; destruye la confianza en el sistema que arbitra el conflicto.

6. El colapso del ecosistema informacional: sin verdad compartida no hay autoridad

Las instituciones necesitan credibilidad mínima para que sus mensajes funcionen. En la era de la desinformación, las redes sociales y la fragmentación digital, esa credibilidad se pulveriza.

Hoy, cualquier decisión pública —desde una política sanitaria hasta una reforma fiscal— compite con narrativas alternativas, teorías conspirativas y desinformación viral. Sin un piso común de verdad, la autoridad se vuelve discutible en tiempo real.

7. La soberanía en retirada: el poder promete, pero no controla

Finalmente, existe una contradicción estructural: los gobiernos siguen siendo el rostro del poder, pero ya no controlan plenamente las variables clave. Mercados globales, deuda, clima, migraciones, plataformas tecnológicas y organismos internacionales limitan la capacidad real de decisión.

Autores como Antonio Negri describen este escenario como una soberanía difusa, donde el poder se dispersa en redes globales. Para la ciudadanía, el efecto es simple: el Estado promete, no cumple, y pierde legitimidad.

América Latina: crisis temprana, lecciones globales

En América Latina, estos siete motores no actúan por separado. Se superponen y se refuerzan. Estados débiles, desigualdad histórica, corrupción estructural, violencia y dependencia externa hacen que la crisis de legitimidad sea más profunda y persistente.

Pero también convierten a la región en un anticipo del futuro: lo que hoy viven democracias desarrolladas —desconfianza masiva, voto antisistema, descrédito institucional— en América Latina lleva años moldeando el escenario político.

¿Hacia dónde deriva esta crisis?

La pérdida de legitimidad abre dos caminos posibles:

Re-legitimación, mediante reformas profundas, Estados más eficaces y reconstrucción del vínculo entre poder y sociedad.Deriva autoritaria o fragmentada, donde la desconfianza se canaliza en liderazgos personalistas, instituciones vaciadas o conflictos permanentes.

Como advertía Wallerstein, en las fases de crisis sistémica el resultado no está escrito. Lo que sí es claro es que sin legitimidad, el poder se vuelve inestable, y las sociedades entran en un estado de tensión constante.

Norma Lezcano
Norma Lezcano
Editora adjunta

Periodista especializada en economía y negocios. Consultora experta en Comunicación y Gestión del Cambio en Entornos Digitales. Lideró equipos en medios gráficos de Argentina y Centroamérica. Se desempeñó como investigadora para medios de México. A lo largo de su carrera, trabajó en La Voz del Interior y Perfil Córdoba (Argentina); Expansión, CNNExpansión y BizNews (México), entre otros. También ha sido docente universitaria en temas de Gestión de Contenidos Digitales. Su formación incluye becas y especializaciones en instituciones como el Tecnológico de Monterrey, la Universidad de Columbia y la Fundación Reuters.

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