Por: Revistaeyn.com
La inflación volvió a cambiar el guion de los bancos centrales. Después de un período en el que los mercados discutían cuándo y cuánto bajarían los tipos de interés, la pregunta ahora es otra: ¿hasta dónde deberán volver a subirlos?
La Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) llegará a su reunión del 15 y 16 de septiembre bajo una presión que parecía lejana hace apenas algunos meses. La inflación se resiste a converger hacia la meta del 2%, mientras el encarecimiento de la energía comienza a alterar las expectativas de empresas, consumidores e inversionistas.
El índice de precios al consumidor estadounidense se mantuvo en agosto en el 3,4% interanual. La inflación subyacente, que excluye alimentos y energía por su mayor volatilidad, descendió apenas una décima y quedó en el 2,4%, según la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos.
La lectura no muestra una aceleración generalizada de los precios, pero tampoco ofrece a la Fed la tranquilidad que necesita. La inflación continúa por encima del objetivo y el aumento del petróleo amenaza con trasladarse progresivamente al transporte, la logística, la producción y el consumo.
Después de conocerse el dato, los mercados elevaron hasta alrededor del 90% la probabilidad de que el banco central aumente su tasa de referencia en 25 puntos básicos, desde el rango actual de 3,50%-3,75% hasta 3,75 %-4 %, según la herramienta FedWatch citada por EFE.
De concretarse, sería la primera subida de los tipos de interés en Estados Unidos desde julio de 2023 y marcaría una reversión significativa de las expectativas financieras para 2026.
Europa abrió el camino
El movimiento estadounidense no ocurriría de manera aislada. El Banco Central Europeo (BCE) elevó el 10 de septiembre sus tres tipos oficiales en 25 puntos básicos. La tasa aplicable a la facilidad de depósito pasará del 2,25 % al 2,50 % a partir del 16 de septiembre.
Es la segunda subida del BCE en tres meses, después del aumento aplicado en junio. El organismo justificó su decisión por las presiones inflacionarias derivadas del conflicto en Oriente Medio y por el riesgo de que la inflación permanezca por encima de su objetivo durante un período prolongado.
Las nuevas proyecciones del BCE sitúan la inflación promedio de la eurozona en el 3% en 2026, el 2,5% en 2027 y el 2,1% en 2028. El banco también mejoró sus previsiones de crecimiento, al estimar una expansión del 0,9 % este año y del 1,4 % en 2027. Esa mayor resistencia económica le ofrece margen para endurecer la política monetaria sin provocar, al menos de inmediato, una recesión. El BCE sostuvo, sin embargo, que decidirá sus próximos pasos reunión por reunión.
El dilema es que el aumento actual de la inflación europea proviene principalmente de la energía. En agosto, la inflación general de la eurozona escaló al 3,3 %, pero la subyacente descendió del 2,5 % al 2,4 % y la de servicios se moderó del 3,3 % al 3 %.
Subir los tipos puede contener la demanda y evitar que las expectativas inflacionarias se desanclen, pero no produce más petróleo ni resuelve las interrupciones de suministro. El costo es retirar apoyo a hogares y empresas para combatir una presión originada, en buena medida, fuera de la economía doméstica.
Prueba de fuego para la nueva Fed
Ese mismo debate atravesará la reunión estadounidense. El presidente de la Fed, Kevin Warsh, ha señalado que no tolerará una pérdida de control sobre la inflación y considera que las condiciones financieras no son suficientemente restrictivas.
El encuentro será su primera gran prueba desde que asumió la conducción de la institución en mayo. También se desarrollará bajo presión política: el presidente Donald Trump ha reclamado una política monetaria más flexible para estimular la actividad, mientras la inflación y el costo de vida ganan peso de cara a las elecciones legislativas de noviembre.
La Fed debe decidir si el encarecimiento energético será transitorio o si puede contaminar el resto de los precios. Actuar demasiado pronto podría enfriar innecesariamente la economía. Esperar demasiado podría obligarla después a aplicar un ajuste mayor.
El mercado parece haber tomado posición. Una subida de un cuarto de punto ya está ampliamente descontada. Por ello, la reacción de los inversionistas dependerá menos del incremento en sí mismo que del mensaje posterior de la Fed y de sus nuevas proyecciones económicas.
La cuestión decisiva será si septiembre representa una medida preventiva aislada o el comienzo de un nuevo ciclo de endurecimiento.
Impacto para América Latina
Para América Latina, el giro de los grandes bancos centrales introduce un escenario de tipos elevados por más tiempo. Una tasa estadounidense más alta aumenta el rendimiento de los activos denominados en dólares y puede restar atractivo a los mercados emergentes, especialmente a aquellos con mayor riesgo fiscal o necesidad de financiamiento externo.
Las principales vías de transmisión serían:
Deuda más cara: gobiernos y empresas latinoamericanas enfrentarían mayores costos para emitir o refinanciar bonos en dólares.
Presión sobre las monedas: un dólar fortalecido puede provocar depreciaciones y encarecer las importaciones, especialmente las de combustibles.
Menor margen para bajar tasas: los bancos centrales de la región deberán evaluar con mayor cautela nuevos recortes para evitar salidas de capital y presiones cambiarias.
Crédito más costoso: Panamá y El Salvador, por sus economías dolarizadas, están especialmente expuestos a la evolución de las tasas estadounidenses. En el resto de Centroamérica, el impacto dependerá de la política de cada banco central y de la estructura de los préstamos.
Mayor selectividad inversora: las empresas endeudadas, los proyectos intensivos en capital y las acciones cuyo valor depende de beneficios futuros —como muchas compañías tecnológicas— pueden resultar más vulnerables.
El efecto no será uniforme. Los rendimientos más altos pueden favorecer a los ahorrantes y a algunos segmentos financieros, mientras un dólar fuerte eleva el valor en moneda local de las remesas recibidas por numerosas familias centroamericanas. Pero, en términos generales, el capital internacional se vuelve más caro y selectivo.
El nuevo riesgo: tipos altos durante más tiempo
La decisión que adopte la Fed la próxima semana puede confirmar que el alivio monetario esperado para 2026 quedó desplazado por un nuevo choque energético global.
El BCE ya dio el primer paso. Si Estados Unidos lo sigue, las dos principales autoridades monetarias occidentales estarán enviando una señal común: antes de proteger el crecimiento, están dispuestas a impedir que la inflación energética se transforme en un problema persistente.
Para empresas, gobiernos e inversionistas latinoamericanos, la advertencia es clara. El escenario ya no es el de un regreso rápido al dinero barato, sino el de un financiamiento más caro durante más tiempo, con decisiones de inversión que deberán superar un costo de capital más exigente.
Con información de EFE, Banco Central Europeo y Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos.