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Super Bowl 2026: Un campo de batalla simbólico, en tiempos de fractura cultural

Con audiencias récord pero cada vez más fragmentadas, el Super Bowl 2026 muestra cómo la polarización cultural en Estados Unidos impacta en el negocio del entretenimiento: dos shows paralelos, atención dividida y un segundo publicitario que ya no vale por consenso, sino por alineamiento ideológico.

2026-02-07

Por revistaeyn.com

Durante décadas, el Super Bowl fue mucho más que un evento deportivo. Funcionó como un ritual cívico no oficial: un momento de sincronización nacional donde millones de estadounidenses —independientemente de su voto, clase o identidad— compartían una misma pantalla, los mismos comerciales y el mismo espectáculo de medio tiempo.

Ese carácter de “experiencia común” convirtió al Super Bowl en uno de los activos culturales más valiosos de Estados Unidos. No solo por su audiencia masiva, sino porque ofrecía algo cada vez más escaso: atención colectiva unificada.

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Hoy, ese supuesto empieza a resquebrajarse, no solo por cambios en el consumo cultural, sino porque la propia cultura popular comienza a reflejar —y amplificar— la fractura política de la sociedad estadounidense.

Cuando el ritual deja de integrar

La edición de este año marca un punto de inflexión. La elección de Bad Bunny como figura central del show oficial y la organización paralela de un espectáculo “patriótico” alternativo revelan un cambio profundo: el Super Bowl ya no es un espacio neutral, sino un territorio en disputa simbólica.

No se trata simplemente de gustos musicales. Lo que se fractura es la idea misma de que existe una cultura popular capaz de representar a “todos”.

El espectáculo deja de ser un punto de encuentro y se transforma en un marcador identitario: quién lo mira, quién lo rechaza y quién se va a otro lado dice algo sobre cómo se posiciona cultural y políticamente.

Pero esta fractura no es solo cultural. Es, sobre todo, económica.

Cuando el público se parte, el valor también

El precio histórico del segundo de publicidad en el Super Bowl se explica por una razón central: concentración extrema de atención.

Las marcas no pagaban solo por volumen de audiencia, sino por simultaneidad, transversalidad ideológica y conversación común al día siguiente. El punto era: un solo mensaje, millones de personas, un mismo contexto emocional.

Ahora, la aparición de dos shows en paralelo, orientados a públicos ideológicamente diferenciados, introduce una pregunta inédita: ¿qué ocurre con el valor publicitario cuando la atención deja de ser unificada?

Si la audiencia se divide —aunque ambas mitades sigan siendo masivas— el impacto cambia radicalmente. Ya no hay evento cultural total; ya no hay conversación única; ya no hay símbolo compartido.

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Desde el punto de vista del marketing, esto implica una mutación clave, pues se pasa de publicidad nacional a publicidad tribal.

Cuando “sólo los míos están mirando”

En el viejo Super Bowl, una marca podía hablarle simultáneamente a conservadores y progresistas; a urbanos y rurales y a jóvenes y mayores. Hoy, ese mismo mensaje corre el riesgo de alienar a una mitad, ser boicoteado por otra o simplemente no ser visto por todos.

Desde el punto de vista del impacto mercadológico, el resultado no es menor, ya que el CPM simbólico (costo por impacto cultural, más allá de la métrica técnica) cae; la publicidad pierde su función de “lenguaje común” y las marcas deben elegir bando o segmentación extrema. De este modo, el segundo publicitario ya no compra consenso... compra alineamiento.

Super Bowl, espejo del nuevo capitalismo cultural

Lo que ocurre con el Super Bowl no es una anomalía, sino un síntoma de algo más amplio. Es el espejo de la transición de un capitalismo cultural de masas a un capitalismo de identidades.

Netflix, Spotify, YouTube y ahora incluso los grandes rituales deportivos operan bajo la misma lógica: audiencias fragmentadas; algoritmos ideológicos y nichos culturalmente coherentes.

El Super Bowl era el último bastión del modelo anterior. Si, efectivamente, incluso él se fragmenta, el mensaje es claro: ya no existe un “nosotros” cultural suficientemente amplio como para sostener un relato común.

Más audiencia, menos impacto

Paradójicamente, puede que el evento siga rompiendo récords de espectadores, que ambos shows preparados para mañana convoquen millones y la conversación sea intensa. Sin embargo, el impacto cultural neto sea menor. Porque lo que se pierde no es cantidad, sino densidad simbólica: la capacidad de que un mismo momento signifique lo mismo para todos.

El Super Bowl sigue siendo el evento más visto de Estados Unidos, pero ya no es el más compartido. En una sociedad donde la política dividió no solo el voto, sino también el consumo cultural, incluso los rituales nacionales se convierten en campos de batalla simbólica.

Y cuando la cultura deja de unir, el mercado lo siente: la atención se fragmenta, el mensaje se diluye y el segundo más caro de la televisión empieza a valer algo menos que antes. No porque lo vean menos personas, sino porque ya no lo ven juntas.

¿Estados Unidos podrá sostener rituales culturales compartidos o incluso sus fiestas nacionales están condenadas a convertirse en experiencias ideológicamente separadas?

Super Bowl 1990 vs Super Bowl 2026

La comparación histórica ayuda a entender que el problema no es la caída de la audiencia, sino la transformación del significado cultural de esa audiencia.

● Audiencia promedio estimada: 41,6 millones (1990) / +123 millones (2026).

● Costo publicitario (30 segundos): US$45.000 (1990) / US$ 8 millones.

● Estrategia publicitaria dominante: TV en línea tradicional para audiencia masiva con consenso cultural (1990) / Multi-canal (TV, streaming, plataformas digitales) y segmentación ideológica potencial (dos shows simultáneos = dos audiencias).

Como se ve, los números crecen, pero el valor simbólico del consenso —aquello que hacía único al Super Bowl— se erosiona.

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