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ANÁLISIS/ En el G20 se está gestando nuevo diseño para enfrentar deuda global

Estados Unidos pretende convertir el crecimiento en la respuesta a una deuda global que roza niveles récord. Pero detrás de esa propuesta emerge una agenda más amplia: menos regulación, mayor presión sobre China, una gradual normalización de Rusia y nuevas alertas por el efecto financiero de la inteligencia artificial.

2026-08-31

Por: Norma Lezcano - Revistaeyn.com

“El mundo está inundado de deuda y la única manera de salir de esto es crecer”.

La frase con la que el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, abrió la reunión de ministros de Finanzas y presidentes de bancos centrales del G20 fue algo más que una advertencia sobre el deterioro de las cuentas públicas. También funcionó como una declaración de principios sobre el orden económico que Estados Unidos quiere impulsar.

El encuentro, que se desarrolla entre el 31 de agosto y el 1 de septiembre en Asheville, Carolina del Norte, tiene como telón de fondo una deuda global cercana a los US$353 billones, mayores costos de financiamiento, tensiones comerciales con China, el choque energético derivado del conflicto con Irán y la incertidumbre sobre el efecto que tendrá el auge de la inteligencia artificial en los mercados.

Washington propone enfrentar esa combinación de riesgos mediante una agenda basada en crecimiento, inversión privada, energía, innovación y desregulación. Sin embargo, la reunión también está revelando profundas diferencias dentro del G20 sobre Rusia, China y la propia responsabilidad de Estados Unidos en los desequilibrios fiscales y comerciales que cuestiona.

Estas son las cinco señales centrales que dejó planteadas la sesión inaugural del encuentro:

1. El crecimiento desplaza a la austeridad como respuesta a la deuda

Bessent resumió la tesis estadounidense en una fórmula aparentemente sencilla: las economías no podrán reducir su carga de deuda únicamente mediante ajustes fiscales; necesitarán crecer más rápido.

La deuda acumulada después de la crisis financiera de 2008 y la pandemia ha convertido el pago de intereses en una presión cada vez mayor para gobiernos desarrollados y emergentes. También ha comenzado a modificar la percepción de los inversionistas sobre activos considerados tradicionalmente seguros, incluidos los bonos del Tesoro de Estados Unidos.

El argumento de Bessent tiene un componente políticamente atractivo. Crecer permite reducir la relación entre deuda y producto interno bruto sin recurrir necesariamente a fuertes aumentos de impuestos o recortes del gasto. El problema es que el crecimiento no se decreta y tampoco elimina la necesidad de disciplina presupuestaria.

Estados Unidos llega a la reunión después de que su deuda pública superara los US$40 billones y mientras mantiene elevados déficits fiscales. Por eso, la tesis estadounidense también enfrenta una contradicción: Washington pide al resto del mundo corregir desequilibrios mientras sostiene uno de los mayores desbalances fiscales entre las economías avanzadas.

El ministro francés de Finanzas, Roland Lescure, sintetizó el contrapunto al señalar que Estados Unidos, China y Europa tienen, cada uno, “sus propios deberes” pendientes.

La primera señal del G20 es, por tanto, una disputa sobre la secuencia de las soluciones. Estados Unidos propone crecer primero para estabilizar la deuda; otros gobiernos y economistas advierten que, sin consolidación fiscal, un crecimiento financiado con mayor endeudamiento puede simplemente trasladar el problema hacia adelante.

2. Washington quiere exportar su modelo de desregulación

La agenda de crecimiento impulsada por Bessent no es neutral. Está asociada con una visión específica sobre el papel del Estado, la regulación financiera y la empresa privada.

El Tesoro estadounidense identificó como obstáculos al crecimiento la excesiva carga regulatoria y administrativa, los incentivos fiscales mal diseñados, la falta de inversión, la fragmentación de los mercados y las brechas de capacidades laborales.

Para reforzar ese planteamiento, Estados Unidos tomó la decisión poco habitual de incorporar a líderes empresariales en algunas sesiones del G20. Entre los participantes se encuentran ejecutivos como Jamie Dimon, de JPMorgan Chase, y David Solomon, de Goldman Sachs.

El mensaje es claro: Washington pretende que el sector privado participe no solamente en la ejecución de las políticas, sino también en su diseño.

Bessent puso especial énfasis en flexibilizar las regulaciones que, según su diagnóstico, han limitado la capacidad de los bancos pequeños y comunitarios para financiar empresas y hogares. Es una crítica directa al marco regulatorio construido después de la crisis financiera de 2008.

Aquí aparece la segunda tensión del encuentro. Estados Unidos presenta la desregulación como una vía para liberar inversión y productividad; sus críticos pueden verla como un debilitamiento de las defensas creadas precisamente después de una crisis provocada por la toma excesiva de riesgos financieros.

El G20 comienza así a discutir algo más profundo que las perspectivas económicas: qué parte de la arquitectura regulatoria de los últimos 18 años debe conservarse y qué parte será desmontada para acelerar el crecimiento.

3. China vuelve a ocupar el centro de los desequilibrios globales

La tercera señal será la presión para que China reduzca su dependencia de las exportaciones y estimule su consumo interno.

Bessent sostiene que la economía mundial no puede absorber indefinidamente un superávit comercial chino de aproximadamente US$1,2 billones. Desde la perspectiva estadounidense, Beijing intenta compensar la debilidad de su demanda interna mediante una expansión de sus ventas externas, lo que aumenta la presión sobre fabricantes de Estados Unidos, Europa y otras economías.

Washington quiere que los miembros del G20 revisen sus relaciones comerciales con China y construyan una posición más coordinada frente a su exceso de capacidad productiva.

Pero esa ofensiva también contiene inconsistencias. Estados Unidos pide corregir los desequilibrios comerciales mientras mantiene disputas arancelarias con algunos de sus aliados más cercanos. Además, la presión sobre Beijing se cruza con el conflicto con Irán, porque China continúa siendo uno de los principales compradores de petróleo iraní.

Esto convierte la relación entre las dos mayores economías del mundo en un asunto que ya no puede separarse en compartimentos. Comercio, energía, sanciones, tecnología y seguridad financiera forman parte de una misma negociación.

Para Centroamérica, esta discusión no es lejana. Una ofensiva más coordinada contra las exportaciones chinas podría modificar cadenas de suministro, flujos de inversión y oportunidades de nearshoring. Pero también obligaría a las economías de la región a navegar con mayor cautela entre Estados Unidos, su principal mercado, y China, un socio comercial y financiero en expansión.

4. Estados Unidos ensaya una normalización condicionada de Rusia

La presencia del ministro ruso de Finanzas, Anton Siluanov, produjo la señal política más visible de la reunión.

Siluanov participó presencialmente en un encuentro financiero del G20 por primera vez desde que Rusia invadió Ucrania en 2022. Además, sostuvo una reunión bilateral con Bessent. Según funcionarios estadounidenses citados por Reuters, el secretario del Tesoro le habría comunicado que no habrá alivio económico ni acuerdos adicionales mientras no termine la guerra.

Por tanto, todavía no puede hablarse de una rehabilitación completa de Moscú. Pero sí de la reapertura de un canal y de un cambio en las formas.

La reacción europea mostró los límites de esa aproximación. Funcionarios de varios países se opusieron a que Siluanov apareciera en la fotografía oficial. El ministro alemán Lars Klingbeil calificó su presencia como una señal “preocupante”, mientras Polonia reiteró que no considera a Rusia un interlocutor confiable.

La escena revela una diferencia creciente entre Estados Unidos y Europa. Washington parece dispuesto a utilizar el G20 como espacio de negociación con Moscú, dentro de su estrategia para buscar una salida a la guerra. Los europeos temen que ese acercamiento normalice a Rusia antes de que existan concesiones verificables sobre Ucrania.

Rusia, cabe recordar, nunca fue expulsada del G20. Lo que ocurrió después de 2022 fue un aislamiento político dentro del foro y una reducción de su participación presencial. El regreso de Siluanov no cambia su condición jurídica, pero sí altera su posición diplomática.

La cuarta señal es, entonces, que Estados Unidos comienza a probar cuánto espacio existe para devolver a Rusia a la interlocución económica internacional sin levantar todavía las sanciones. Europa intentará impedir que ese proceso avance sin condiciones.

5. La inteligencia artificial aparece como solución y como nuevo riesgo sistémico

La quinta señal contiene otra de las grandes contradicciones del encuentro. Para Estados Unidos, la inversión en inteligencia artificial puede inaugurar una nueva era de productividad y crecimiento. Para los reguladores financieros, esa misma tecnología puede crear riesgos difíciles de contener.

El presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, sostuvo que la economía mundial podría estar dejando atrás el período de “estancamiento secular” para entrar en una etapa caracterizada por una fuerte expansión de la inversión. Buena parte de ese impulso proviene de la infraestructura necesaria para desarrollar y operar la inteligencia artificial.

Pero Andrew Bailey, gobernador del Banco de Inglaterra y presidente del Consejo de Estabilidad Financiera, llegó al G20 con una advertencia distinta. Los modelos de IA de frontera están adquiriendo mayores grados de autonomía y capacidades que podrían elevar la velocidad, la escala y el costo de los ataques cibernéticos.

En una carta dirigida a los ministros y banqueros centrales, Bailey advirtió que numerosos países todavía carecen de protocolos adecuados para administrar el desarrollo y despliegue de estos sistemas. Un incidente cibernético podría propagarse a través de un sistema financiero altamente interconectado y provocar una pérdida generalizada de confianza.

La IA entra así en la agenda del G20 bajo una doble identidad: es el activo en el que se apoya la expectativa de mayor productividad, pero también una posible fuente de inestabilidad financiera.

Esta dualidad será difícil de resolver. Una regulación demasiado restrictiva podría desacelerar la inversión que Washington considera indispensable para crecer. Una supervisión insuficiente podría amplificar riesgos cibernéticos, concentraciones de mercado y valoraciones financieras excesivas.

Un G20 que no comparte el mismo diagnóstico

La reunión de Asheville muestra que existe consenso sobre la magnitud del problema, pero no sobre la forma de enfrentarlo.

Las principales economías reconocen que la deuda, el menor crecimiento potencial, los desequilibrios comerciales y las tensiones geopolíticas están reduciendo el margen de maniobra de los gobiernos. Sin embargo, divergen sobre las respuestas.

Estados Unidos quiere instalar un nuevo marco: menos regulación, mayor inversión privada, expansión energética, presión sobre China y reapertura selectiva del diálogo con Rusia.

Europa comparte la preocupación por el crecimiento, pero reclama disciplina fiscal y rechaza una normalización prematura de Moscú.

China, por su parte, difícilmente aceptará que su modelo exportador sea presentado como el principal origen de los desequilibrios mundiales.

La frase de Bessent puede terminar siendo el eje de esta etapa del G20: el mundo no puede ajustar indefinidamente una deuda que creció más rápido que sus economías. Pero la dificultad no está en reconocer que hace falta crecer. Está en determinar quién financiará ese crecimiento, qué riesgos se aceptarán para conseguirlo y cómo se distribuirán sus beneficios.

En Asheville, esas preguntas económicas ya no pueden separarse de la competencia entre potencias.

Fuentes consultadas: Reuters, Departamento del Tesoro de Estados Unidos, Financial Stability Board, Associated Press.

Norma Lezcano
Norma Lezcano
Editora adjunta

Periodista especializada en economía y negocios. Consultora experta en Comunicación y Gestión del Cambio en Entornos Digitales. Lideró equipos en medios gráficos de Argentina y Centroamérica. Se desempeñó como investigadora para medios de México. A lo largo de su carrera, trabajó en La Voz del Interior y Perfil Córdoba (Argentina); Expansión, CNNExpansión y BizNews (México), entre otros. También ha sido docente universitaria en temas de Gestión de Contenidos Digitales. Su formación incluye becas y especializaciones en instituciones como el Tecnológico de Monterrey, la Universidad de Columbia y la Fundación Reuters.

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