Por revistaeyn.com
Procrastinar suele venir acompañado de culpa. Para muchas personas, aplazar una tarea es casi sinónimo de pereza o falta de disciplina. Sin embargo, la neurocientífica Anne-Laure Le Cunff propone una lectura muy distinta: posponer no es un defecto de carácter, sino una señal de que algo no está funcionando como debería.
Según Le Cunff, doctora en neurociencia y autora de Tiny Experiments: How to Live Freely in a Goal-Obsessed World, el mayor problema de la procrastinación no es el retraso en sí, sino la carga emocional que lo rodea.
Desde pequeños, explica, se nos ha enseñado a interpretar el aplazamiento como un fallo personal. El resultado es un círculo vicioso: cuanto más nos culpamos por no avanzar, menos energía y claridad tenemos para retomar la tarea.
La especialista invita a cambiar el enfoque. En lugar de ignorar esa resistencia interna o intentar superarla a la fuerza, propone escucharla. Para ella, la procrastinación funciona como un mensaje del cerebro que advierte que algo —en el plano mental, emocional o práctico— no encaja en ese momento.
Con esa idea, Le Cunff desarrolló un método sencillo que llama el “triple chequeo”. La clave es preguntarse desde dónde nace el bloqueo: de la cabeza, del corazón o de la mano. Si el problema está en la cabeza, significa que, a nivel racional, no existe una convicción clara de que la tarea valga la pena. Tal vez no se entiende su propósito o no se percibe como alineada con los objetivos generales.
Cuando el obstáculo proviene del corazón, el freno es emocional. La tarea se percibe como aburrida, poco estimulante o incluso desagradable. En estos casos, el cerebro evita el esfuerzo anticipando una experiencia negativa. Finalmente, si el problema está en la mano, el origen es práctico: falta de habilidades, herramientas, tiempo o apoyo para ejecutar el trabajo con confianza.
Una vez identificado el origen del bloqueo, resulta más fácil actuar. Si la duda es racional, Le Cunff sugiere replantear el encargo: redefinirlo, ajustarlo o incluso cuestionar si realmente debe hacerse tal como está planteado.
Si la barrera es emocional, recomienda introducir elementos que hagan la experiencia más atractiva, como cambiar de entorno, trabajar acompañado o convertir la tarea en algo más ligero.
Cuando la procrastinación surge del desbordamiento o la falta de preparación, la solución pasa por pedir ayuda. Buscar consejo, mentoría o formación no es una debilidad, sino una forma eficaz de recuperar el control.
Este enfoque, subraya la neurocientífica, ayuda a desactivar la vergüenza asociada a procrastinar. En vez de quedarse atrapado en el reproche, invita a adoptar una actitud más analítica, casi detectivesca. Ver la procrastinación como un problema a resolver —y no como un fallo personal— puede ser el primer paso para dejar de aplazar y empezar a avanzar.
Con información de CNBC