Por revistaeyn.com
América Latina vive una paradoja persistente: instituciones diseñadas para funcionar como en las economías avanzadas conviven con realidades sociales, productivas y políticas que no logran alinearse con ese ideal.
Para James Robinson, Premio Nobel de Economía 2024, ese desequilibrio estructural explica buena parte del rezago de la región, pero también es una fuente subestimada de innovación y creatividad.
Así lo planteó durante su ponencia “The Latin American Disequilibrium”, presentada en el Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe 2026, organizado por CAF – Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe, que se desarrolla en Panamá.
El desequilibrio entre instituciones y realidad
Robinson partió de un diagnóstico conocido pero formulado desde un ángulo distinto: América Latina no carece de aspiraciones institucionales. Por el contrario, muchas de sus constituciones, marcos regulatorios y discursos públicos se alinean con estándares globales. El problema es la brecha persistente entre esas aspiraciones y la capacidad real del Estado para implementarlas.
Lejos de una mirada fatalista, el economista subrayó que ese desajuste ha dado lugar a formas alternativas de organización económica y social, que permiten a amplios sectores de la población adaptarse, sobrevivir y, en muchos casos, innovar frente a la ausencia de soluciones formales.
Reimaginar el sector informal
Uno de los ejes centrales de la exposición fue la necesidad de repensar el sector informal, tradicionalmente asociado a baja productividad y pobreza. Robinson no negó estas limitaciones, pero propuso una lectura más compleja: el sector informal también es un espacio de creatividad, redes sociales y soluciones prácticas.
A este fenómeno lo describió como el “+1”: una capa adicional de soluciones que emerge cuando el sector formal no llega. Basado en relaciones personales y confianza social, el sector informal:
● facilita el acceso a bienes y servicios a menor costo,
● democratiza el consumo,
● y en muchos casos complementa al sector formal en lugar de competir con él.
Para Robinson, el desafío no es erradicar la informalidad de manera mecánica, sino entenderla, integrarla y aprovechar sus sinergias dentro de estrategias de desarrollo más realistas.
Ciudadanía, cohesión social y capital invisible
El Nobel también destacó lo que definió como un modelo latinoamericano de ciudadanía, caracterizado por una notable capacidad de convivencia e integración cultural. En una región marcada por desigualdades profundas, esta habilidad para “reconocer el problema del otro” constituye, a su juicio, un activo social poco valorado, pero clave para la estabilidad democrática y la cohesión social.
Este capital invisible —redes, cooperación, adaptabilidad— suele quedar fuera de los indicadores tradicionales de desarrollo, pero resulta central para explicar cómo funcionan realmente las sociedades latinoamericanas.
Creatividad bajo restricción: del fútbol a la economía
En un pasaje más simbólico de su exposición, Robinson explicó por qué los latinoamericanos suelen destacarse en el fútbol. La respuesta, sostuvo, no está solo en el talento individual, sino en dinámicas sociales forjadas en contextos de restricción: improvisación, creatividad, trabajo en equipo y capacidad de adaptación.
Para el economista, estas mismas dinámicas están presentes en la economía y pueden convertirse en palancas de innovación, si las políticas públicas logran cerrar la distancia entre el ideal normativo y la realidad cotidiana.
Una mirada menos pesimista sobre el futuro
Robinson cerró su intervención con un mensaje deliberadamente optimista. América Latina enfrenta problemas estructurales profundos —políticos, sociales y económicos—, pero también posee activos únicos, surgidos precisamente de sus desequilibrios.
El desafío, planteó, no es copiar modelos externos de manera acrítica, sino construir soluciones propias, ancladas en la realidad de la región y capaces de transformar la informalidad, la creatividad social y la resiliencia en motores de desarrollo sostenible.
El Foro Económico Internacional de CAF fue inaugurado por Sergio Díaz-Granados, presidente ejecutivo de la entidad, junto a jefes de Estado y de Gobierno de la región, entre ellos los presidentes de Panamá, Brasil, Bolivia, Ecuador, Guatemala y Colombia, además del primer ministro de Jamaica y el presidente electo de Chile, consolidando al encuentro como uno de los principales espacios de debate estratégico para América Latina y el Caribe.