Por revistaeyn.com
El liderazgo no comienza cuando una persona asume la responsabilidad de dirigir a otros, sino cuando aprende a liderarse a sí misma. Esta es una de las principales reflexiones planteadas por Jacques Giraud, especialista en desarrollo organizacional, y Lucas Alonso-Munoyerro, piloto licenciado y graduado en Física, quienes destacan la consciencia como una competencia esencial para ejercer un liderazgo efectivo y congruente.
A lo largo del tiempo, el liderazgo ha sido asociado con la capacidad de orientar a un grupo hacia determinados objetivos y resultados. Para ello existen herramientas, técnicas y modelos que ayudan a mejorar la gestión de equipos.
Sin embargo, todos encuentran un límite cuando el desafío deja de estar afuera y obliga al líder a observar su propia conducta.
El enfoque de liderazgo situacional consciente plantea que no todas las personas requieren el mismo tipo de acompañamiento. Dependiendo de sus necesidades y del momento que atraviesen, un líder puede dirigir, persuadir, participar o delegar. Esa misma lógica, señalan los especialistas, también puede aplicarse al liderazgo interno.
Una persona puede necesitar autopersuadirse para acudir al gimnasio cuando carece de motivación o adoptar una actitud más directiva para terminar una tarea que ha postergado durante días. La pregunta entonces es qué tipo de energía utiliza habitualmente consigo misma y si esa misma forma de relacionarse es la que traslada a sus colaboradores.
La creación de consciencia comienza con la capacidad de observarse de manera crítica y curiosa, pero sin caer en el juicio. En este proceso, la humildad resulta fundamental para reconocer comportamientos, creencias y patrones que pueden permanecer ocultos para quien los protagoniza. El feedback de otras personas y el autofeedback se convierten así en herramientas para identificar aquello que desde dentro puede resultar difícil de percibir.
Pero observar no es suficiente. La consciencia también exige actuar con congruencia y mantener una actitud permanente de aprendizaje. Esto implica preguntarse si aquello que se piensa, se dice y se hace está realmente alineado con el líder que se desea ser.
Desde esta perspectiva, mejorar no significa corregirse para ajustarse al estándar de otra persona, sino avanzar hacia una versión más coherente de uno mismo. Por ello, antes de preguntarse qué debe cambiar en un equipo, el líder puede comenzar por cuestionarse: ¿qué no estoy viendo de mí mismo?, ¿qué comportamiento sigo justificando aunque ya no representa al líder que quiero ser?, ¿qué necesito reconocer para empezar a actuar diferente?
Cuando un líder observa, reconoce, acepta y alinea sus acciones, desarrolla también una mayor capacidad para comprender los procesos y dificultades de quienes lo rodean.
En última instancia, su mayor huella no necesariamente estará en las decisiones tomadas o en los resultados obtenidos, sino en aquello que ayudó a otros a descubrir después de haber tenido el valor de verlo primero en sí mismo.