Por Norma Lezcano – revistaeyn.com
El sistema político de la República Islámica fue diseñado para resistir crisis, pero rara vez ha enfrentado una decapitación simultánea de su liderazgo político y militar.
El punto de inflexión llegó el 28 de febrero, cuando un ataque conjunto de Estados Unidos e Israel mató al líder supremo Ali Khamenei, la figura que durante más de tres décadas concentró la autoridad religiosa, militar y política del Estado.
Tras su muerte, la Asamblea de Expertos designó como nuevo líder a su hijo, el clérigo Mojtaba Khamenei, una decisión interpretada como un intento de preservar la continuidad del régimen en medio de la guerra.
Sin embargo, el nuevo líder ha permanecido prácticamente invisible desde el inicio del conflicto, lo que ha alimentado especulaciones sobre su estado de salud y su capacidad real para ejercer el poder.
A ese vacío se suman ahora los ataques contra otras figuras centrales del sistema.
Israel afirmó esta semana haber eliminado al secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Ali Larijani, y al comandante de la milicia Basij, Gholamreza Soleimani, dos actores clave del aparato político y represivo del régimen.
Si estas muertes se confirman, la cúpula iraní habría perdido en cuestión de semanas a varios de los arquitectos del sistema de seguridad del país.
El verdadero poder: la Guardia Revolucionaria
En ese contexto, la pregunta central es quién controla realmente el poder. Cada vez más analistas coinciden en que el actor que emerge con mayor fuerza es el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), la estructura militar creada tras la revolución de 1979 para proteger al régimen.
Durante décadas, la Guardia Revolucionaria fue mucho más que una fuerza armada: controla sectores estratégicos de la economía; dirige redes militares regionales y opera estructuras de inteligencia y seguridad.
Tras la muerte de varias figuras políticas y militares, informes de inteligencia occidentales señalan que el IRGC está consolidando su influencia dentro del Estado iraní y reforzando el control interno del país.
En la práctica, esto podría significar una transformación silenciosa del régimen: de una teocracia dominada por clérigos, pasar a un sistema cada vez más militarizado.
La segunda fase de la guerra
Si esa transformación se consolida, el conflicto podría entrar en una nueva fase. La doctrina estratégica de Irán siempre ha combinado dos niveles de confrontación: capacidad militar directa y guerra asimétrica a través de redes internacionales. Cuando el país enfrenta una superioridad militar adversaria, históricamente ha recurrido al segundo mecanismo.
Irán ha construido durante décadas una red de aliados armados en Medio Oriente que incluye organizaciones como Hezbollah en Líbano o diversas milicias chiitas en Irak y Siria. Pero su proyección no se limita a la región.
Los servicios de inteligencia occidentales han advertido durante años sobre infraestructuras clandestinas vinculadas al régimen en distintos continentes, incluidas redes en América Latina.
En ese contexto, las recientes advertencias de Teherán hacia Argentina, acusando al país de haber cruzado una “línea roja”, han generado inquietud entre analistas de seguridad.
El recuerdo inevitable es el atentado contra la sede de la comunidad judía en Buenos Aires, conocido como el Atentado contra la AMIA de 1994, que dejó 85 muertos y cuya investigación judicial señaló a altos funcionarios iraníes como responsables.
Un régimen debilitado, pero no derrotado
A pesar de los golpes recibidos, el régimen iraní está lejos de colapsar. La estructura institucional de la República Islámica fue diseñada precisamente para sobrevivir a crisis profundas.
El poder se distribuye entre el líder supremo, el clero político, la Guardia Revolucionaria y múltiples instituciones paralelas. Ese entramado permite que el sistema reconfigure su liderazgo sin desaparecer. Por eso, la pregunta central hoy es qué forma adoptará después de esta guerra.
Si la Guardia Revolucionaria consolida su poder, Irán podría evolucionar hacia un modelo aún más radicalizado y militarizado. Y en ese escenario, la confrontación con Israel y Estados Unidos podría trasladarse cada vez más fuera del campo de batalla convencional.
El riesgo de una escalada global
La historia de los conflictos en Medio Oriente muestra que las guerras rara vez permanecen dentro de sus fronteras.
Un Irán debilitado pero dominado por su aparato militar podría apostar por una estrategia de presión global: ataques indirectos; sabotajes; operaciones encubiertas y activación de redes aliadas.
En otras palabras, la guerra podría entrar en una fase menos visible, pero potencialmente más impredecible.
Por eso, la pregunta “quién gobierna Irán” ya no es solo una cuestión interna del país. Es, cada vez más, una cuestión central para la estabilidad internacional. ¿Dónde y cómo podría manifestarse la próxima fase de esta guerra?, es la incógnita que se abre.