Por: Norma Lezcano-revistaeyn.com
La advertencia de La Habana sobre una eventual agresión militar de Estados Unidos, sumada a la retórica cada vez más dura de Donald Trump, reinstaló una pregunta que parecía enterrada en la Guerra Fría: ¿puede Washington avanzar sobre la isla para acelerar un cambio de régimen?
La respuesta más prudente, por ahora, es esta: una invasión clásica no parece el escenario más probable, pero sí una intervención de hecho por otras vías.
Ese matiz importa. Entre el desembarco militar y la inacción hay una amplia gama de instrumentos: bloqueo energético, presión diplomática, aislamiento financiero, amenazas explícitas y contactos con figuras del poder cubano para forzar una salida política más rápida de la que La Habana está dispuesta a conceder.
Ese parece ser hoy el punto central del conflicto. Cuba intenta vender sus recientes cambios económicos como una apertura controlada, una especie de actualización del modelo para ganar tiempo y evitar el colapso. Pero para Trump eso no alcanza. Desde Washington, la señal es que una “Perestroika cubana” sin reconfiguración real del poder político no resuelve el problema.
El escenario más probable
Pensar en una intervención militar abierta de Estados Unidos en Cuba exige medir costos que no son menores, hasta para la propia Casa Blanca.
No se trata solo del impacto humanitario o del rechazo regional. También implicaría reabrir un frente hemisférico con consecuencias diplomáticas, estratégicas y simbólicas de enorme escala.
Por eso, el escenario más verosímil hoy no es el de una ocupación convencional, sino el de una presión extrema para precipitar una transición desde dentro del régimen.
Eso puede incluir mensajes cruzados con cuadros del poder, incentivos para fracturar lealtades internas y una apuesta a que el deterioro económico haga el resto. En otras palabras: Washington podría buscar que el cambio ocurra en Cuba, pero sin cargar formalmente con el costo de una invasión.
Capacidad de respuesta cubana
La isla conserva algo que no debe subestimarse: aparato militar, servicios de seguridad, experiencia de control político y una larga tradición de resistencia frente a la presión externa.
Eso significa que cualquier intento de forzar un cambio desde afuera tendría costos altos y difícilmente sería rápido.
Pero también hay límites evidentes. Cuba atraviesa una fragilidad estructural marcada por escasez, crisis energética, deterioro productivo y una sociedad exhausta.
Esa combinación erosiona la capacidad estatal para sostener una confrontación prolongada. Dicho de otro modo: Cuba todavía tiene capacidad para resistir y encarecer cualquier agresión, pero no para alterar de manera decisiva la asimetría frente a Estados Unidos.
Factor decisivo: dentro del régimen
La clave no está solo en Washington ni en el poder militar cubano. Está dentro del régimen cubano.
Si la cúpula gobernante concluye que la supervivencia del sistema exige sacrificar figuras, rediseñar la transición o abrir una negociación más profunda, entonces el desenlace podría acelerarse sin necesidad de una acción militar directa.
Ahí aparece el verdadero dilema. Una parte del poder podría ver una apertura negociada como la única vía para evitar un colapso desordenado. Otra parte podría considerar que ceder en exceso equivale a desmantelar el régimen. Esa tensión interna será probablemente más importante que cualquier declaración altisonante de Trump.
¿Transición negociada?
Podría darse. Pero no sería una transición simple, ni rápida, ni necesariamente democrática en el sentido pleno que desearía Washington.
Lo más plausible, si ese camino se abre, es una transición pactada, gradual y muy controlada, donde sectores del poder cubano intenten preservar influencia, garantías y continuidad institucional a cambio de concesiones económicas y políticas.
El problema es que Estados Unidos parece querer velocidad y resultados visibles, mientras La Habana busca administrar los tiempos y conservar el mando del proceso. Cuando una potencia empuja el reloj y un régimen intenta frenarlo, la negociación se vuelve mucho más inestable.
Para Cuba, el mayor riesgo inmediato quizás no sea un desembarco, sino quedar atrapada entre una apertura insuficiente para calmar a Washington y una rigidez interna incapaz de sostenerse mucho más tiempo.